One shots, historias cortas de Calle y Poché
Algunas tienen +18.
Algunas son gip.
Casi todas de mi autoría, hay algunas que son adaptaciones.
Ninguna tiene final triste.
Parte 2, hay otro libro de one shots caché en mi perfil. No son correlativos.
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Me sorprende lo fácil que resulta todo, sobre todo teniendo en cuenta lo novatas que somos ambas con el tema. Está Poché, que no tiene ni idea de a qué atenerse. Estoy yo, una vampira pésima, tal y como sabe todo el mundo. Y, aun así, incluso sin saber lo que tengo que hacer, sé exactamente lo que tengo que hacer.
Sé que tengo que recorrerle la base de la garganta con la nariz para encontrar el punto justo.
Sé que tengo que detenerme allí donde el aroma de su sangre es más dulce y su piel, más fina.
Sé que tengo que posar los labios sobre su carne y abandonarme a un breve instante de muda gratitud. Y, sobre todo, sé sin ningún atisbo de duda, ni miedo ni vacilación, cómo tengo que morderle.
Puede que no haya usado nunca los colmillos, pero los tengo bien afilados y los guía el instinto, no la experiencia. Tras un breve y a la vez eterno instante de absoluta confusión, la sangre de Poché invade mi boca. Es totalmente distinta a todo lo que he probado hasta ahora. Y no porque únicamente me alimente de bolsas refrigeradas y su sangre, en comparación, me resulte tan abrasadora como el fuego. Creo que tiene que ver con el hecho de que...
El hecho de que es Poché. Y su sangre sabe a sangre, sí, pero también tiene un toque especiado, un toque a cobre, y me produce una sacudida en la parte posterior de la lengua. Su sangre tiene el mismo sabor que su aroma, sus sonrisas y el contacto de sus manos sobre mi piel. Su sangre es ella, y me la estoy bebiendo.
Es el momento más delicioso, impactante y trascendental de mi vida. Y entonces las primeras gotas llegan a mi estómago y todo cambia. A pocos metros de nosotros, suceden cosas. Las oigo como si me encontrara muy lejos, sumida en una bruma onírica: unos gritos ahogados; unos murmullos que incluyen las palabras «mujer», «Poché» y «alimentando»; una disculpa apresurada y temerosa; y una puerta que se cierra de golpe. Pero en lo único que puedo pensar es...
—Calle —gruñe Poché.
Me invade una sensación de calidez maravillosa y febril. Estoy vacía. Y a punto de estallar. Y mareada. Licuándome. Y siento que necesito, necesito, necesito. Necesito más. Necesito que Poché esté más cerca.
—Calle —dice de forma entrecortada. No sé cuándo ha pasado, pero mis manos han subido hasta sus hombros. Gimo pegada a su cuello, incapaz de contenerme. Quiero meterme bajo su piel. Quiero que ella se meta bajo la mía. Quiero darle todo lo que me pida.
—Joder. —Siento su respiración entrecortada en la piel. Aunque creo que me entiende, porque hace exactamente lo que soy incapaz de pedirle: baja la mano por mi columna hasta cogerme del culo y me estrecha contra sí mientras yo lo rodeo con las piernas. Noto los pechos doloridos y sensibles, la entrepierna me palpita y una voz apremiante en mi interior me dice que debería parar, que estoy bebiendo demasiado. Esta enmudece en cuanto Poché hunde los dedos en el espeso cabello de mi nuca y me ordena —: Bebe más.