Ava y Theo no tienen nada en común.
Son dos páginas con historias diferentes, dos notas totalmente opuestas y dos estrellas alejadas la una de la otra.
Pero se encontraron el uno al otro y se convirtieron en dos páginas de un mismo libro, en dos no...
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Ava se detuvo frente a la Cada Black. Seguía siendo exactamente igual a como la recordaba: grande, imponente y única.
Después de cinco años, era la primera vez que volvía a Londres.
El viento primaveral le removía suavemente el cabello, pero ella no se movía. Solo observaba la fachada, como si la Orden de Fénix fuera a atravesar la puerta. Como si el tiempo jamás hubiera pasado.
Pero eso no ocurriría.
Cinco años. Había pasado tanto y al mismo tiempo, parecía que todo hubiera sido ayer. La batalla, las pérdidas, la huida. Italia se convirtió en su refugio y su hogar durante todos esos años. Ahí encontró consuelo, ahí se reconstruyó. Ahí Theo la sostuvo en los días más oscuros y Maia estaba creciendo rodeada de amor y memorias cuidadosamente preservadas.
Pero ahora estaba de vuelta, aunque fuera por un corto periodo de tiempo.
Finalmente, Ava soltó un suspiro y se atrevió a entrar a la casa. Kreacher no tardó en aparecer frente a ella, asustándola como siempre. El elfo la observó con sus grandes ojos acuosos, sorprendido al principio.
―Ama Avalyn, el amo Sirius la esperaba ―dijo con la voz ronca pero firme.
―¿Dónde se encuentra él, Kreacher?
―Está en su cuarto, ama Avalyn. El amo Potter está en la cocina.
―¿Le puedes avisar a Sirius que estoy aquí? Iré a la cocina, ahí lo espero.
El elfo asintió y antes de que ella pudiera agradecerle, ya había desparecido.
El interior de la casa estaba igual de oscuro y lúgubre que antes, pero ahora había cierta calidez en él. Algunas fotos colgadas y libros abiertos. Era un hogar que seguía reconstruyéndose.
Ava avanzó hacia la cocina, sonriendo al reconocer la figura de Harry inclinado sobre un periódico sobre la mesa.
El sonido de sus pasos hizo que Harry levantara la mirada y al verla, sus ojos se iluminaron. Recuerdos del pasado lo golpearon, la idea de un amor que no había sido correspondido. Que quizá él había idealizado demasiado en aquella época.
Por un momento, volvió a sentirse como el chiquillo de quince años que se quedaba embelesado viendo a la hija de Sirius Black, tan creativa y bella. Casi no había cambiado. Su cabello rubio, algo más corto que antes, caía con gracia sobre sus hombros y sus ojos azules brillaban de una forma que él no había visto jamás. Por un momento, pareció quedarse sin aliento.
―Ava... ―dijo en un susurro sorprendido, poniéndose de pie de inmediato.
―Hola, Harry ―dijo ella sonriendo con suavidad―. Que gusto verte.