Duele.

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Me hicieron creer que no merezco amor,
o que lo merezco, pero mi corazón ya no lo quiere.

Me llamo egoísta por querer estar sola, por obligarme a que no me importe tanto,
al estrujar mi corazón para no sentir,
obligar al resto a verme bien,
sin que sepan que por dentro solo me estoy pudriendo.

Me veo sonriendo frente a todos, cuidando cada gesto para que nadie note el desastre que llevo dentro.
Y me pesa.
Me pesa sentir que lastimo a quienes se acercan, que estarían mejor sin mí.

Me hago la fuerte.
Me cierro.
Me encierro.
Me escondo.

Y, a veces, mi intensidad parece un grito pidiendo atención.
Y sí, es probable.

Porque tengo miedo.
Tengo miedo de sentirme sola.
Tengo miedo a estar sola.
A perder a todos.

Es extraño: la única persona que parece quedarse incluso cuando me hundo es la misma que más daño me ha hecho.
Y ya no la quiero.
Ya no.
Pero me duele no darle lo que espera, me duele no ser lo que imaginó de mí.

Pero es que, de tantas heridas,
ya no tengo más espacio para dejar sangrar.
Ya no queda más rincón en mi alma,
como si cada pérdida hubiera ocupado un lugar que antes era mío.

Y me vuelvo indiferente,
esa falsa calma que parece protección.
Me digo que ya nada me duele,
pero sí duele.
Solo que ya no sé cómo mostrarlo,
como si el dolor hubiese aprendido a esconderse mejor que yo.

Me estoy refugiando en un vínculo que no me ata, y lo sé.
Entiendo que lo prefiero porque no exige, no compromete, no rompe.
Aparento entregarme, pero en el fondo solo me protejo.
Ese sentimiento de tenerte y no tenerte
me hace sentir satisfecha, porque así no tengo que arriesgarme a perder nada más.

Mientras tanto, espanto a quienes intentan acercarse.
Me volví distante, fría, indiferente.
Y no porque no sienta, sino porque me cansé de sentirlo todo.

Ya no tengo amor.
Ya no lo siento en mí.
Ya lo perdí.

Necesito valor,
pero me quiero ir.

Hay días que no quiero estar aquí,
pero soy tan cobarde
y me asusta la muerte.

Tan cobarde para dejar de existir
o, de repente, tan narcisista para dejar al mundo sin mí.

De repente por eso Dios no me escucha cuando le pido que pare,
cuando le ruego que me deje libre,
cuando suplico que deje de doler.

De repente por eso mis lágrimas no lo convencen para soltarme,
y me hace esto, me lastima.

Inmortal de corazónHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora