28.

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Se acerca

Cada día que pasa
estoy más cerca del día en que te perdí.

Y quema.

Parece una maldita película
que mi cabeza repite
todos los putos días
antes de tu partida,
antes de perderte.

Cada vez que cierro los ojos
me imagino ese 28 de julio.

Despertando por los gritos,
por el llanto,
por la desesperación.

Bajé
y vi aquella escena.

Me dolió.
Me asustó.
Me aterrorizó.

Y después,
por unos minutos,
te vi sonreír.

Te vi respirar.

Y para mí
esa fue la única esperanza
a la que pude aferrarme.

Llamé.
Grité.
Desesperadamente,
pedí ayuda.

Y quienes llegaron
me dieron la noticia
que terminó de arruinar
mi mundo.

Pero yo seguía buscando
una maldita explicación.

Seguía aferrándome
a ese último rayo de esperanza
que me decía
que todavía estabas aquí.

Maldita sea,
todos esos días antes.
Todos.

Hasta el último.

Se repiten en mi cabeza
una y otra vez
y arden.

Me ahogan.
Me asfixian.
Me aplastan el corazón
y no me dejan cerrar los ojos.

Porque son escenas de terror, para mí.

Dan mil vueltas en mi cabeza
y todavía me espantan
con solo recordarlas.

Y cada día que vivo
siempre me falta algo.

Hay un dolor que aprieta el pecho
y una angustia que se atora en la garganta,
como si todavía tuviera dentro
todo lo que nunca pude decir,
todo lo que nunca pude sacar
después de verte morir.

Y entonces aparece la culpa.

Esa maldita culpa
que me pregunta
cómo pude dejarte ir,
cómo pude seguir,
cómo pude reír
después de perderte.

Y me pregunto
si ahora eres incapaz
de siquiera visitarme en sueños.

Y me tortura pensar
que quizá no quieres verme.

Que quizá estás enojada conmigo
porque actúo como si te hubiera olvidado.

Porque sigo con mi vida.
Porque río.
Porque hay días en los que estoy bien.

Como si estar bien
significara que no me dueles.

Como si reír
fuera traicionarte.

A veces siento
que quizá te duele
que no sufra tu ausencia
todos los segundos del día.

Pero prefiero ignorarlo.

Porque si me concentro demasiado en eso,
si dejo que la culpa
termine de entrar,
te juro
que no voy a saber cómo salir.

Me está matando
no verte.

No tocarte.

No olerte.

Me mata la idea
de tener que seguir viviendo
en un mundo
donde tú ya no estás.

Y todos los putos días
es lo mismo.

Despertar
y durante un instante
creer que ahí estarás.

Que todo fue una pesadilla.

Que todavía puedo encontrarte.

Y después recordar.

Y volver a perderte.

Dicen que con el tiempo duele menos.

No sé si es verdad.

Parece doler menos,
sí.

Pero quizá solamente
aprendí a cargar con eso.

Quizá el dolor
no desaparece.

Solo se vuelve parte de mí.

Inmortal de corazónHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora