» capítulo 5

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Era domingo por la mañana, venía saliendo de la clínica. La terapia iba bien, los avances eran evidentes y los riesgos muy pocos. Caminé a través de toda la avenida sólo para comprar unos nuevos lienzos con mi paga de ayer. Necesitaba lienzos y nuevos pinceles, o y pintura negra. Tenía una gran idea en mente.

Una noche estrellada en la quinta avenida de Nueva York. Pintaría todos los edificios y las luces y las pantallas. Y muchísimos autos así como personas. El doctor decía que pintar me ayudaba a estimular mis canales. Crucé la calle, la mayoría de las veces miraba a mis pies al caminar, era una mala costumbre, lo sé. No es la primera vez que por estar viendo cómo se mueven choco con alguien. Hoy no sería uno de esos días. Decidí dedicarme a observar las tiendas.


En los aparadores había ropa tan linda, sí hubiera sabido desde antes que existía todo eso, lo hubiese tenido. Es una lástima que mi situación económica no me de los lujos de comprarme ropa tan cara. Crucé nuevamente la calle y llegué a esta tienda. Me paré frente al aparador a admirar el vestido de mis sueños. Siempre estaba ahí, era rojo intenso, rojo coqueto y atrevido. Jamás usaría algo así. Era bastante corto y era de diseñador, eso significaba sólo una cosa: $$$.

Seguro costaba al menos unos 600 dólares o más. De nuevo me miró la dueña del local admirándolo. Seguro en su cabeza pasaba algo como: "Ahí va de nuevo... Lástima que es pobre". O algo así. Me miré en el reflejo del cristal, el rojo resaltaba en mi piel, era cómo sí lo tuviera puesto.

Decidí desviar la mirada y caminar unos cuantos locales más hasta llegar a las pinturas.

Miré a los señores Liberatti, eran una pareja de pintores italianos. En el cumpleaños 46 de mi padre le regalaron una de sus pinturas gracias a unos favores que les hizo.

"Zazil-Ha", dijo el hombre alzando sus brazos.

"Hola señor Liberatti", le dije sonriente.

"Rudolff, Zazil-Ha, Rudolff", me repitió por enésima vez con su acento italiano.

"Lo siento, es que... No lo sé", reí un poco encogiéndome de hombros. No solía llamar a los adultos por sus nombres. Mi padre me enseñó mucho a respetarlos. Y no es porque sea una grosería decir sus nombres, sólo es raro. Aun cuando ellos me piden que deje de hacerlo.

"Está bien, está bien", puso sus manos en el mostrador. "¿Qué llevarás hoy?".

"Sólo vengo por dos lienzos y unos cuantos pinceles nuevos", saqué de mi bolso mi pincel número nueve. Èl abrió su boca asombrado y me arrebató el palillo de mis manos.

"¿Qué es esto? ¿Tu cepillo de dientes?", negó. "Il mio amore, dale los pinceles que necesita", le dijo a Clara su esposa.

Fui con la señora y le pedí tres pinceles mientras, Rudolff me preparaba mis lienzos. Finalmente Clara me obsequió un pincel más y le pedí un tubo de pintura negra. El señor Liberatti me tendió los lienzos y le pagué.

"Muchas gracias", les dije y ellos menearon su mano.

"¡Ciao!".

Sonreí grande.

"Ciao".

Caminé a la estación de autobuses más cercana y al llegar uno, me subí para que me dejara a unas calles de la casa. Mi padre hoy tenía turno completo así que no esperaba que llegará a dormir esta noche. Hoy por supuesto era día de comer basura. Podía comer pizza o hamburguesas, o hot dogs o pollo frito de KFC. Aunque también podría ir a visitar a mi amiga Stefany. Probablemente eso sea bueno, hace semanas que no voy con ella. La invitaría a comer.

Airplanes » l.hHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora