Veinticinco: Profesor sorpresa

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Narra Ignazio.

5 años después.

Me vi en el espejo una última vez. Estaba muy nervioso, lo estaba desde que me habían dicho que iría a Londres a ayudar con unas clases de piano a un grupo de niños de la Royal Academy.

Habían pasado tantos años... tantas cosas...

Aun llevaba una foto vieja de Leanne en mi billetera. Quise tirarla muchas veces, pero nunca pude, ni siquiera cuando mi novia me amenazó con que si no lo hacía, me dejaría.

Y me dejó, obviamente.

La última vez que la vi fue el día siguiente a nuestra ruptura, cuando accidentalmente me la encontré en la feria del centro comercial. Estaba dolido, y no quería hacer nada, pero mis padres me obligaron a acompañarlos a comer. Ella por su parte, se veía triste, mientras llevaba, junto a su madre, un montón de bolsas, entre las que distinguí ropa para frío. Aquello me dejó muy en claro que se iría, y al contrario de estar feliz por ella, estaba triste, de no verla nunca más. Me había enamorado muy rápido, y cometí una gran estupidez dejándola ir.

Supe que se fue, y nunca me perdoné por ello. No tuve el valor de llamarla o escribirle, sabía que lo había arruinado todo y no tenía caso, lo único que lograría sería amargarla, entristecer su presente con mi recuerdo.

Lo intenté un par de veces, incluso tuve una novia, Melissa, pero no duró. No cuando seguía pensando en Leanne. Hice de todo por olvidarla, o por llenar el vacío, pero no pude.

Todo el mundo comenzaba a creer que me volvería loco, a tal vez un suicida, pero nunca fue así, yo simplemente la extrañaba.

7 meses después de su partida, me mudé a Italia, buscando un nuevo comienzo, un lugar donde cada calle no me recordara su sonrisa.

Una vez allá, cambié la ingeniería por lo que realmente amaba: música.

Adquirí reconocimiento poco a poco, hasta llegar a ser uno de los mejores pianistas jóvenes de Italia.

Era fantástico, hacía lo que me gustaba y vivía bien.

Sin embargo, existía aún un vacío, que ninguna de las mujeres que conocí pudo llenar.

Al final, básicamente me rendí. Nadie era como ella, y seguramente no lo sería nunca.

Ella por su parte, tuvo éxito, y eso en el fondo, me hacía pensar que había hecho lo correcto.

Se volvió famosa, era una gran violinista, carismática y talentosa.

Había visto un par de fotos suyas en la prensa o en los reportajes matutinos, pero trataba de evitarlos a toda costa, verla era doloroso.

El día que me propusieron ir a Londres a ayudar a una clase en la Royal Academy, mi corazón brincó de felicidad. No sabía si ella aún estaba ahí, seguramente ya se habría graduado e ido a otro lugar, pero la esperanza se mantenía viva allí, y me había propuesto buscarla. Necesitaba verla de nuevo, así tuviese que buscar debajo de cada piedra de Londres.

Salí del hotel y tomé un taxi hasta la academia, al llegar, me conseguí con un enorme edificio clásico y montones de personas de todas las edades entrando y saliendo.

Entré por la puerta principal y me dirigí a la administración.

Era bastante grande, y tuve que caminar más de lo esperado. Al llegar, me conseguí con que no había nadie, por lo que decidí dar un par de vueltas y conocer el lugar.

Una niña de unos diez años pasó corriendo frente a mí, la visión fugaz de su rostro se me hizo extremadamente conocida, pero ¿De dónde?

Revisé mi muñeca, habían pasado 15 minutos desde que fui a administración, y tuve tiempo de ver un poco del edificio. Me dirigí de nuevo hacia allá, con la esperanza de recibir indicaciones de mi estancia allí.

Paura D'Amare [Ignazio Boschetto]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora