Desperté llena de energía. Me puse lo primero que encontré en mi armario a toda velocidad. Corrí escaleras abajo, tomé mi bolso, me calcé rápidamente mis gastadas zapatillas de siempre sin preocuparme por amarrar los cordones y partí trotando a la escuela para hablar con Annie.
Entré jadeando al salón y recorrí cada escritorio con la mirada en su busca, hasta que la vi sentada sola a un lado de la ventana. Me apresuré a sentarme junto a ella.
-El sueño ha cambiado -solté. Ella se dio la vuelta para mirarme inmediatamente. Sus ojos destellaban sorpresa y curiosidad. Entonces hizo un gesto con las manos, como pidiendo que siga hablando. Así que le conté toda la historia-. Todo estaba ocurriendo exactamente igual que siempre, pero esta vez en lugar de cerrar los ojos, los mantuve abiertos. Y entonces uno de los lobos se convirtió de repente en un muchacho. Se acercó a mí y dijo algo que no pude entender. Entonces desperté -Annie me miraba con creciente angustia, pero antes de que pudiera preguntarle por qué estaba tan alterada por un tonto sueño, apareció el profesor de historia, quien saludó rápidamente y enseguida comenzó a escribir en el pizarrón. Yo sólo escribía todo lo que había sobre este, sin intentar entender de qué estaba hablando el profesor. Mi mente estaba muy lejos del salón de clases, en el bosque de mi sueño, donde un muchacho capaz de convertirse en lobo me preguntaba algo que no lograba entender. "¿Qué fue lo que dijo?" No podía quitar ese pensamiento de mi cabeza. Finalmente fue la campana la que me trajo de vuelta al mundo real. Bueno, la campana y el brazo de Annie sacudiéndome.
Recogí mis cosas y me levanté del escritorio como un zombie. Annie se apresuró a alcanzarme en el pasillo. Me miraba con interés, como si intentara leer mis pensamientos dentro de mis pupilas. Mi mente seguía trabajando a toda máquina, intentando darle un sentido a las palabras, si es que podían llamarse así, del muchacho-lobo. Cada vez estaba menos segura de que hubiesen sido palabras, y más de que sólo gruñó en mi oído. Todo indicaba que los sonidos guturales que salieron de su boca -hocico, lo que sea- no eran parte de mi idioma. Ni de ningún idioma que hubiera escuchado antes. Pero algo en esos extraños sonidos me era familiar. Sentía que había un diccionario cerrado en algún lugar de mi cerebro, pero no lograba abrirlo por más que lo intentara. Cada ciertos minutos volvía a revivir el sueño en mi mente, intentando transformar sonidos en palabras, sin mucho éxito.
El resto del día transcurrió así. Yo iba de clase en clase sentándome tan alejada del escritorio del profesor como fuera posible para que no notaran que mi cuaderno permanecía cerrado mientras hablaban. Annie sólo me seguía a todas partes y no me quitaba los ojos de encima. No lograba entender cuál era su problema, ya me estaba poniendo nerviosa. En un momento la vi de reojo garabateando desesperada en su cuaderno. Cuando quise averiguar qué estaba escribiendo, apartó el cuaderno con una rapidez impresionante. Lo único que logré leer fueron tres palabras: YA ES HORA.
Eso bastó para dibujar una expresión de terror en mi rostro, pero cuando vi sus ojos supe que no iba a dejar que viera nada más de lo que sea que estuviera escribiendo.
No vi a Annie durante el resto de la semana. No apareció en la escuela y no tenía idea de dónde vivía -otro de los secretos de Annie-, y comencé a inquietarme. ¿Qué le pasaba? ¿Por qué no me dejaba leer los disparates que escribía en su cuaderno? Pero lo más importante... ¿Qué me estaba ocultando?
Ya era viernes y estuve toda la semana pensando en lobos, muchachos, y lobos que se convertían en muchachos. El viernes era un gran día para mí. El último día de la semana, luego venían dos hermosos días sin gritos, avioncitos de papel volando sobre mi cabeza, profesoras con faldas excesivamente ajustadas, ni parejas besándose sobre el escritorio de al lado. Dos días para mí, mis libros, mi cuaderno, mi pluma y mi roble.
Pero ése viernes no era así. Porque el fin de semana debía trabajar con Sam e investigar sobre algún "animal de nuestro interés". Sam me lo estuvo recordando todos los días, además de contar chistes malos sobre mi abuela que sólo él y yo entendíamos. Él era el único que reía. "¿En qué demonios estaba pensando cuando le dije mi más preciado secreto a ése idiota?" Era lo único que me decía a mí misma. Estúpida.
Finalmente, Sam quedó de ir a mi casa el sábado y se ofreció a llevar su computadora, ya que yo no tenía una. Mi fin de semana se había arruinado.
Al llegar a casa, decidí que debía aoresurar todos mis planes para el fin de semana. Tomé mi libro y me encaminé hacia el jardín. En el camino recogí la manta de mi padre y fui a la cocina por un vaso de agua y una manzana. Desde que mi padre no estaba, había sido muy cuidadosa con el tema de la comida. Mientras menos, mejor. Me las había arreglado bastante bien con la huerta del jardín, y el resto lo había logrado gracias a mi trabajo en la biblioteca de la escuela. Que básicamente consistía en aparecerse un par de veces al mes para hacer inventario de los libros, lo que obviamente no era muy bien pagado. Pero Annie me había ayudado en situaciones de emergencia en que el dinero había faltado y siempre había estado agradecida por eso e ideando la.manera de poder devolverle todos los favores que me había hecho. Por otra parte, cerca de la casa había un pozo hecho por mi padre, por lo que el agua no escaseaba. Sin embargo, hace años que no tomaba una ducha caliente.
Cuando me estaba acercando al ventanal que daba al jardín me di cuenta de la lluvia. Una sonrisa se formó inevitablemente en mi rostro. Dejé la manta y el libro. Salí corriendo y en el segundo en que sentí el césped húmedo bajo mis pies descalzos me sentí más viva que nunca. Inmediatamente comencé a bailar al ritmo de una música inexistente bajo la lluvia. Me embargó un sentimiento de inmensa paz mientras me dejaba llevar por la melodía imaginaria y comencé a moverme casi automáticamente. Sentía la lluvia resbalando por mi cara, empapando mi ropa, revitalizándome después de esa agotadora semana. No sé cuánto tiempo estuve con los ojos cerrados, la cabeza hacia el cielo y lo brazos abiertos. Pero comencé a sentir frío y al abrir los ojos noté que había anochecido. Entré y corrí a mi habitación a cambiarme de ropa. Ya despojada de las prendas húmedas que se pegaban a mi piel, decidí que debía secar mi cabello. O al menos intentarlo. Lo sacudí enérgicamente hasta que me sentí demasiado mareada para seguir. Luego lo envolví en una toalla y me senté en la sala de estar a leer bajo la cálida luz de la lámpara que estaba junto al sofá. Me dejé absorber por la lectura hasta que comenzaron a escocerme los ojos por el esfuerzo de mantenerlos abiertos. Cerré el libro -como siempre, de mala gana- y apagué la lámpara para irme a dormir. Al llegar a mi habitación, liberé mi cabello bastante más seco de la toalla y me metí perezosamente en la cama para al fin dormirme.
Esa noche soñé con lobos, muchachos y palabras ininteligibles. Otra vez.
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Lend
FantasyJulie Collins lleva meses teniendo la misma pesadilla: es perseguida cada noche por lobos. Pero ellos no son solo lobos. Ni esas son solo pesadillas. Ni ella es solo Julie Collins. Las apariencias engañan, y esta vez dejarte engañar... podría costa...