Capítulo 14

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Hayley y yo estábamos de pie en el pasillo, frente a una puerta de madera cercana a la habitación de la chica a mi lado. Llevábamos ahí paradas varios segundos cuando ella al fin habló.

-Anda, toca. Debe estar aquí, es su día libre.- Me animó. Yo inhalé todo el aire que mis pulmones pudieron sostener y, suspirando pesadamente, golpeé la superficie áspera frente a mí con mis nudillos varias veces. Esperamos durante un eterno instante por alguna señal de vida tras la puerta cuando esta emitió el típico ruido de cualquier puerta al ser abierta desde adentro, poco antes de que un rostro desconocido se asomara tras esta. Era una chica. Llevaba el pelo negro con algunos reflejos rojos ondulado que le llegaba hasta los hombros recogido con un cintillo oscuro y su tez era bastante pálida. Sus labios eran de un tono rosa claro y sus pómulos estaban ligeramente sonrosados. Pero lo que no podía dejar de mirar eran sus ojos. Eran grises, realmente claros, pero a la vez oscuros. Me hechizaron en el momento en que los vislumbré. Sentí que volaba, volaba a través de esos ojos de un color tan imposible como el aire. Aire, sentía que flotaba por los aires y no tocaba tierra jamás, era hermoso y a la vez horrible. Era una sensación única. ¿Es que ninguna de las personas a mi alrededor podía tener un color aburrido de ojos? ¿Tal vez un tono opaco y sin gracia? Primero teníamos a Sam, cuyos ojos color marrón oscuro creaban un pozo sin fondo en el que vivía cayendo; luego Hayley y Annie-Susan, de ojos de un verde tan encedido como mi jardín trasero luego de una lluvia; Caleb y Dublin, de dos océanos en el rostro cada uno, podría nadar en ellos toda mi vida; y ahora llegaba esta chica, cuyo nombre era desconocido para mí, y me hacía volar y flotar y sentir como el viento se arremolinaba en torno a mí, siendo que estamos en un espacio cerrado sin viento. "Fantástico." El único que parecía tener unos ojos relativamente normales era el chico tierno que conocí en el laboratorio, el colado por Hayley, Nico. Obviamente sus ojos eran preciosos, de un color miel realmente brillante, pero no me dejaban hipnotizada como los de el resto de la gente anteriormente mencionada. Su mirada era en cierto modo más... humana. Era algo bastante complicado de explicar. No me había dado cuenta de lo estúpidamente retardada que seguramente me veía en ese instante hasta que Hayley interrumpió mi ensoñación.

-Oh, Kim. ¿Está Susan ahí dentro?- La chica que recientemente había sido agregada a mi lista mental de gente con nombre como Kim frunció el ceño y abrió totalmente la puerta para dejarnos entrar, no sin antes examinarme de pies a cabeza con ojo crítico.

-Está dormida.- susurró. 

-Perfecto- respondió la chica a mi izquierda con una sonrisa maliciosa impresa en el rostro. Yo entré con algo de duda detrás de ella y la seguí hasta la cama donde solo se podía ver un bulto bajo las sábanas y frazadas. Un bulto que subía y bajaba, repirando profundamente de una manera tan tranquila que solo se logra a través del sueño. Hayley comenzó a acercarse sigilosamente hacia el bulto, procurando hacer el menor ruido posible. Yo solo me quedé parada junto a Kim, observando la escena. 

-¿Qué es lo que va a hacer?- susurré a la chica a mi lado. 

-Tienes que ver esto.- Su respuesta fue acompañada por una sonrisa malévola que casi me hizo apartarme de ella por seguridad.

Los movimientos de Hayley poseían la fluidez y el sigilo de un peligroso animal salvaje a punto de lanzarse sobre su presa. Y eso fue exactmanete lo que ocurrió antes de pudiera darme cuenta. La alta chica se armó con una almohada que no había visto en su mano instantes antes y salto sobre el pacífico bulto gritando:

-¡DESPIERTA DE UNA VEZ, PEDAZO DE VAGA PEREZOSA! ¡TIENES VISITAS ESPERANDO POR TI!- Mientras regañaba a su hermana, no paraba de darle unos golpes con la almohada que parecían letales en el rostro, una y otra vez. Observé al bulto que era Annie-Susan sacudirse desesperadamente intentando sacarse a Hayley de encima y gritando maldiciones que eran ahogadas por los golpes de la almohada. Yo no sabía en qué momento había empezado a reír, solo sabía que ahora no podía parar. Kim, a mi lado se encontraba en mi misma situación y por un segundo ambas nos miramos con lágrimas en los ojos, sosteniendo nuestros estómagos por las dolorosas carcajadas. Luego de un rato, Annie-Susan logró tirar a su contrincante, que no paraba de reír tampoco, al piso y le gritó todavía con la voz ronca por el sueño:

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