Capítulo 3

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Me desperté con el sonido de alguien golpeando la puerta. Sam. Me levanté a toda velocidad, me puse lo primero que encontré sobre la camiseta gastada del pijama y corrí escaleras abajo. Al abrir la puerta, me topé con el chico moreno, de cabello oscuro y cuidadosamente peinado hacia arriba, facciones angulosas y ojos de un color café tan profundo que sentías que podría atravesarte con la mirada. Samuel Rivers, mi mejor amigo desde que tengo memoria, hasta que mi padre se fue. Por un momento sentí una enorme necesidad de lanzarme a sus brazos, hasta que recordé su actual estado de chico-demasiado-rudo-para-abrazarme. Así que me contuve y me obligué a mirarlo con indiferencia. Entonces ocurrió algo increíble. Sam sonrió con timidez y me dijo:

-Lo siento Julie, ¿Te desperté?

-¿Por qué lo preguntas?- Me obligué a decir. Estaba estupefacta con su falta de comentarios sarcásticos. Él dudó unos instantes antes de sacudir sus manos alrededor de su cabeza.

-Tu cabello está algo...- Inmediatamente me llevé las manos a la nuca. Claro, ayer después de mojarme bajo la lluvia, mi cabello se había vuelto una maraña empapada y no lo había cepillado. Rápidamente comencé a intentar desenredarlo con mis dedos, sin mucho éxito.

-Lo siento, me quedé dormida -no pude contener una sonrisa tímida de disculpa.

-¿Otra vez leyendo toda la noche?- Me quedé congelada. Jamás pensé que recordaría algo como eso. Fuimos amigos de niños, pero nunca creí que algo de esa amistad le importara ahora. Al ver que no reaccionaba, Sam me observó un segundo y luego preguntó cortésmente-. ¿Puedo pasar?- Inmediatamente me aparté de la puerta y la mantuve abierta para él, todavía sin saber muy bien qué decir. Él se quedó mirando el interior de la casa con curiosidad un segundo antes de entrar. Cuando atravesó la puerta se me quedó mirando un instante-. ¿Dónde quieres la computadora?

-Déjala donde quieras. Iré a vestirme -tartamudeé y salí corriendo escaleras arriba. Al llegar a mi habitación, me encerré en el baño y busqué desesperadamente mi cepillo de dientes y el último tubo de pasta dental que quedaba. Me lavé los dientes a toda velocidad y casi doy un salto cuando vi mi reflejo en el espejo. Sam realmente tenía razón sobre mi cabello. Era un desastre. Me lo cepillé lo mejor que pude y lo até en una coleta baja. Al salir del baño me dirigí a mi armario y por primera vez me enfrenté al horrendo problema de las adolescentes. "¿Qué me pongo?"  

Sacudí la cabeza para desprenderme de esa ridícula idea. "Es Sam, no la reina de Inglaterra. No tienes que arreglarte" me dije. Tomé unos jeans gastados y una camiseta sencilla -la verdad es que toda mi ropa era vieja y nada extravagante- y me encaminé a la sala de estar en busca de Sam.

Al llegar abajo me lo encontré sentado en el sofá favorito de mi padre con la conputadora a un lado leyendo concentradamente quién sabe qué mientras pasaba sus dedos por su cabello inconscientemente. Un ritual propio de cuando estaba nervioso o concentrado. En una ocasión cuando éramos niños se lo mencioné, pero él negó tener cualquier tipo de "tic". Cuando notó mi prescencia, levantó la cabeza e inmediatamente me hizo un gesto para que me acercara. Obedecí y me senté frente a él en la cómoda silla mecedora que alguna vez perteneció a mi madre, según me habían contado de pequeña. Sam me miró y preguntó:

-¿Y bien? ¿Cuál es tu animal favorito?

-Lobos -contesté sin pensar. Él me miró con curiosidad.

-¿En serio? ¿De verdad te gustan esas bestias?

-Sí, es decir, no. No me gustan, me interesan. De eso se trata el proyecto ¿no?- Le expliqué.

-Supongo que sí...-dudó-. Bien, lobos serán -contestó no muy convencido.

Estuvimos recaudando información durante un par de horas hasta que no pude seguir retrasando la pregunta.

-¿Cómo es que no has contado absolutamente ningún chiste malo y poco original sobre mi abuela?

-¡Eh! ¿qué tienen mis chistes? -Me miró divertido.

-Sólo responde la pregunta, Sam -mi voz fue severa. El humor se esfumó de su rostro.

-Supongo que no quiero molestar con comentarios estúpidos -dijo algo dudoso, casi como una pregunta más que una afirmación.

-¿Ahora no? ¿Y en la escuela qué?- Lo desafié. Necesitaba saber cuál era su problema.

-Yo... No soy yo mismo en la escuela -respondió luego de un largo silencio. Me quedé estupefacta. ¿De qué estaba hablando?

-¿Que no eres tú? ¿A qué te refieres?- Pregunté confundida.

-Es... Complicado.- Dijo al fin. Su mirada perdida en algún punto del jardín contiguo a la sala de estar. Jamás lo había visto tan distante.

-¿No confías en mí, Samuel Rivers?- Le dije fingiendo sentirme ofendida. 

Él me miró claramente afligido. Y rápidamente dijo:

-No, claro que confío en tí. Tú eres la única amistad real que he tenido. No hay nadie en quien confíe más.- Su voz denotaba seguridad. Me quedé sin habla. No podía creer lo que me estaba diciendo. Samuel Rivers, el chico más popular (y por lo tanto imbécil) de la escuela, siempre rodeado de amigos y novias, ¿no confía en nadie más que en mí? Luché por encontrar mi voz mientras él me miraba fijamente, esperando una respuesta.

-Yo... Creí que ya no te importaba. Es decir, tienes tanto de donde elegir. Cada estudiante de la escuela te adora. ¿Qué tengo yo?

-Tú eres la única que me conoce. Al verdadero Sam. No al estúpido chico popular de la escuela.- Mientras hablaba, noté que volvía a revolver su cabello con sus dedos. Reprimí una sonrisa ante su involuntario gesto y me obligué a centrarme.

-Entonces estás diciéndome que no te gusta ser ese chico. ¿Por qué sigues siéndolo?- Entonces alejó su mano de su cabello y me miró fijamente durante un segundo que me pareció una eternidad. Odiaba que hiciera eso, me hacía sentir desprotegida. Como si al mirarme de esa manera pudiera leer mis pensamientos. Cuando finalmente apartó la mirada solté el aire que no sabía que estaba reteniendo. Entonces habló con un dejo de tristeza en su voz.

-Supongo que no creo que a mis amigos les vaya a interesar estar conmigo. Conmigo de verdad.

-Entonces le temes al rechazo. ¿Quién lo hubiera pensado? Samuel Rivers muestra su lado más humano.- Bromeé. Él no rió.

-No es gracioso Julie...

-Bien, lo siento. La verdad es... ¿A quién demonios le importa lo que piensen esos idiotas? Son sólo chicos inútiles de la escuela que no tienen nada mejor que hacer con sus vidas que criticar al que se les pare enfrente.- Sam me miró casi con adoración.

-Julie Collins nos muestra su pasión secreta por la psicología.- Ésta vez él rió.

-Por favor, Sam. Sólo intento dar mi opinión.- Me sonrojé. Él pareció darse cuenta, porque sonrió ampliamente y no pude evitar devolverle la sonrisa.

-Oh, vamos. No puedes huir de tu destino Jules. Y por cierto, tienes razón. Ahora que lo pienso, son unos inútiles sin vida y... lo que tú dijiste. No les haré caso.- Me regaló una amplia sonrisa. Ésta era diferente a las que se le veían en la escuela. Sin rasto de ironía, la primera sonrisa sincera que le veía en mucho tiempo.

-Así me gusta.- Lo alenté.

-Bien. Creo que deberíamos trabajar en esto de los lobos.- Me costó comprender de qué hablaba, hasta que recordé el motivo de su prescencia aquí.

-Oh, claro.- Le dije e inmediatamente me puse frente a la laptop. Él me miró un segundo con interés antes de preguntar divertido:

-¿De verdad todos me adoran?

-¡Sam!- Me eché a reír. Qué chico tan idiota...

LendDonde viven las historias. Descúbrelo ahora