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De nuevo, sufre más quien menos lo merece.

Nuestras palabras, nuestro hechos, nuestros gestos... hasta nuestros silencios pueden dañar al ser más querido si no se ajustan a cada momento.

El propio sufrimiento no tiene por qué esconderse. Es más, compartirlo con la persona adecuada puede reducir sus consecuencias. El problema reside en cómo nos controla este dolor, y cómo transforma nuestro comportamiento frente a según qué tipo de personas. Acostumbramos a abrirnos más a la gente que más queremos, y esto significa que, cuando no estemos enteros, nos mostremos por fuera tal y como nos sentimos por dentro, y esto puede perjudicar a nuestro apoyo.

Deberíamos intentar entendernos más, y controlarnos. Deberíamos agradecer que todos tenemos a alguien que nos soporta y nos aporta, sin importar cuándo, dónde, cómo... Pero también ese alguien tiene sus dolores de cabeza, su paciencia y su necesidad. Y esto también deberíamos tenerlo en cuenta.

Si me sonríes, siempre tendré ánimos para devolverte el gesto. Pero primero sonríeme.

801.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora