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Son ya las tres de la madrugada y yo sigo aquí, con la mente medio en blanco, sin saber demasiado bien qué tengo que pensar, hacer o decidir. Solo quiero escaparme, otra vez, pero otra diferente. No sé de qué quiero escapar, ni dónde me quiero encontrar. No sé gran cosa, la verdad. ¿Tú sabes alguna? Me harías un gran favor sabiendo cualquier cosa, la que sea, dime alguna. Lo que se te ocurra, pero no me dejes con este desconcierto tan irreal (claro, tengo mucho sueño, quién sabe si realmente estoy soñando). ¿Qué podemos hacer ahora? Esperar, callar y asentir, y dejar pasar el tiempo. No lo podré recuperar después, pero tampoco puedo aprovecharlo ahora. 

¿Dónde puedo llegar a parar con esta niebla tan densa invadiendo mi mente? Date un tiempo para reflexionar y pensar las cosas, te suelen decir. Pero nadie ha dicho que sea trabajo fácil, pasear por alguna playa desierta con gaviotas sobrevolando el paraíso y las olas rompiéndose ellas solas, y pensar quién eres y qué quieres... Eso está muy bien, pero nadie puede asegurarte que a los diez minutos, o a las tres horas de caminar descalzo te venga la inspiración (o vete a saber qué) y te diga realmente quién eres y dónde vas.

¿Adónde voy? Me habré hecho esta pregunta infinitas veces últimamente. Pensaba tener esto bastante claro, pero ahora no sé ni dónde estoy ni qué camino he de seguir. Creo que me he encontrado con un muro altísimo imposible de atravesar, y detrás mío no he tenido la suerte de dejar migas de pan que me devuelvan por el camino correcto.

¿Por qué no calla mi mente? Estoy muy cansado, no solo por las horas que son; estoy cansado de esta situación, de no saber nada. Duerme y calla, diría mi madre para tranquilizarme.

Y las madres siempre tienen la razón.

801.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora