Te escribía a diario.
Estaba convencido de que removía algo en ti. Alguno de tus rincones era feliz cuando yo estaba cerca. Aunque no lo estuviese de verdad.
Todavía creo que queda algo. Pero no sé por qué has decidido esconderlo, evitarlo, apagarlo. Me dueles, y también te dueles a ti misma, no tienes motivos para seguir con este juego sin final.
Pero eres tú la dueña de la partida, o al menos de este turno. Y sigo esperando tu próximo movimiento.
