23.6

11 0 0
                                        

Creo que hemos llegado a un punto en el que debería dejar de quejarme y avanzar mi historia. Siento que mi vida está paralizada, quieta ante tanto sufrimiento y tanta incertidumbre, tanta nostalgia. ¿Dolor? Ni siquiera sabemos qué es eso... Dicen que sienten dolor como quien dice que tiene hambre después de comer. ¿Y qué quiero yo ahora? ¿Hay algo que sepa en estos momentos? Estoy en un callejón sin salida, o eso parece, o eso quiere creer mi subconsciente. Si ni este apuesta a mi favor...

¿Dónde queda la alegría que me caracterizaba hace apenas un rato? Años atrás verme entristecer significaba que algo grande acarreaban mis hombros. Ahora una sonrisa es un regalo, pero de esos que nadie es capaz de regalarte.

Querer sonreír debería ser motivo suficiente para hacerlo. Y aun así, pocos lo hacemos últimamente. Yo disfrutaba, y disfruto de cada día que vivo contento, motivado, con alegría, o sin ella, pero sin nubes grises en mi cabeza. Despejarse y pensar en poco, en lo suficiente, fuera problemas y fuera incomodidades. Vivir el presente, el ahora, no el después o el dentro de unos meses.

Adoro tener días buenos, donde me sonrío a mí mismo, me abrazo a mí mismo, y me felicito por hacerlo. Me demuestro que necesito poco más que a mí para poder disfrutar de un día sin altibajos. Pero claro, yo mismo soy también quien rompe la barrera de la calma y lo remueve todo. Y lo hago a veces siendo consciente de ello. Muchas veces sabemos que ciertos comportamientos o pensamientos únicamente nos llevan a la destrucción de nuestra moral, pero no nos detenemos. No tenemos barreras suficientemente fuertes como para defendernos de nuestro propio ataque.

Nosotros mismos somos nuestro peor enemigo, al igual que nuestro superhéroe. El problema llega cuando no sabemos cómo controlar a cada uno. Y teniendo pocos motivos y pocas fuerzas para luchar, el villano se apodera rápidamente de nuestra mente y nuestro cuerpo.

Y ahí me encuentro yo, sumido en la eterna pesadilla del malvado que pretende arruinar la ciudad. Mi ciudad. Y qué triste no tener a nadie capaz de salvarte de ti mismo. O estar lejos de ellos. O un poco de las dos cosas. No sé muy bien qué es lo que tengo, o lo que ya he perdido. ¿Te he perdido? Porque no te encuentro.

He entrado en un bucle sin sentido aparente, me he encerrado en esta cueva tan triste y oscura, no llega la luz de fuera, solo veo nubes negras que amenazan con descargar su mal humor y empeorar un poco más esta situación. Al menos dentro de la cueva no me mojo, puedo estar tranquilo, sin compartir mi miedo con nadie. Sin compartirme con nadie...

Entre tanta soledad, me entra frío,

y me apago.

801.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora