Desconocía aquello de llorar todas las noches hasta conciliar el sueño. Y si he de ser sincero, sentía curiosidad por vivirlo. Tener motivos por los que derrochar lágrimas y abrazarse a la almohada; razones por las que sollozar hasta perder el equilibrio. Resistir o ahogarse, y usar la cama como salvavidas.
Lo que verdaderamente no esperaba era asfixiarme con gotas de sal pura, de la que escuece en los ojos, la que contamina mi ser y me pudre. No pensaba que desahogarse podía convertirse en una droga letal, de las que matan por dentro, sin dejar rastro. Nunca hubiese imaginado que la noche podría significar castigo y dolor, putrefacción.
Me estoy perdiendo, y nadie es capaz de salir a buscarme.
La noche es fría.
