Hoy tampoco me he despertado con ganas de mucho. Antes tenía miedo al tiempo, no quería verlo pasar tan fugaz por mi vida, sentía la necesidad, la obligación de aprovecharlo al máximo. Cada día me animaba comprobar que eran pocos los minutos que se perdían con el viento.
Hoy el tiempo me pesa, me estorba, pasa por mi vida como ciudadano por la calle. No se para a saludar, a hacer acto de presencia aunque sea.
Estoy separado del mundo, de mi mundo, y lo único que me acerca a él es el paso (rápido) del tiempo. Los días, las horas, los minutos se hacen pesados, aburridos, lentos... Me desespero esperando a que llegue la noche, para poder dormir y así acelerar el movimiento del reloj. Cada día que pasa ya no se convierte en miedo al final, sino en desesperación por el principio. No sé si esto es bueno: ya no me aterra dejar cada vez más pasado atrás, y tener menos futuro por delante; pero desperdiciar los días sentado en mi cama, soltando lágrimas, o palabras sin sentido, sin que nadie las escuche, sin nadie que las aprecie, que las abrace...
Siento que el pesimismo me invade. ¡Qué sensación más horrible! Nunca he sido así. No entiendo por qué el destino, o lo que sea, me ha traído aquí, me ha alejado de mi ser, me ha desterrado a la indiferencia. Echo tanto de menos todo...
Te echo tanto de menos.
