ERRORES DEL PASADO

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Scorpius Malfoy era el hijo único de Draco Malfoy y Astoria Greengrass-Malfoy, en enero de ése año había cumplido sus once años, lo que significaba que ya era apto para entrar en Hogwarts, tal como lo confirmó la carta que recibió por una lechuza de aspecto severo y oficia, una mañana en medio del caluroso verano que estaba azotando a todo el Reino Unido. Si bien muchos jóvenes magos recibían éste acontecimiento con júbilo, el pequeño Malfoy sentía un poco de terror ante la idea.

Desde chico había tenido que convivir con un estigma, el peso que su apellido tenía en el Mundo Mágico no era del todo bueno. Los Malfoy habían cometido muchos errores a lo largo de varias generaciones y pocos de sus pares estaban dispuestos a perdonarles sus faltas. Quizás era esa una de las causad por las que Scorpius era demasiado callado, no solía relacionarse con los niños de su edad, y sus ojos azules grisáceos siempre denotaban tener un montón de emociones que se inclinaban más a la melancolía que a la alegría. Nunca le había sido fácil vivir con los fantasmas de los errores de la familia de su padre. Scorpius sabía sobre las cosas que su padre había vivido, especialmente tratando de complacer a su abuelo, Lucius Malfoy.

La historia de los Malfoy nunca fue del todo inocente, a varias generaciones se les conoció por su lucha constante de la pureza de la raza mágica, siendo el más ferviente defensor de la misma, Abraxas Malfoy, quien además escribió un libro donde detallaba el linaje de todas las familias de sangre pura del Mundo Mágico. Pero son hechos más recientes los que han oscurecido el apellido aún más. Durante el primer alzamiento de Lord Voldemort, Lucius Malfoy se unió a sus seguidores, permaneciendo dentro incluso hasta casi finalizada la Batalla de Hogwarts. La lealtad que Lucius le profesó a quien por aquél entonces se decía llamar El Señor Tenebroso, casi le llegó a dar el puesto de mano derecha del mismo. Fue por ello que Draco creció en un ambiente donde el linaje de sangre era lo más importante, a pesar de que hubo ocasiones en las que se cuestionó si lo que hacían era lo correcto. Draco hoy estaba arrepentido. Durante los 19 años que habían pasado desde la Batalla de Hogwarts, se había dado cuenta de todos sus errores, los aceptaba y trataba de que su pequeño Scorpius, su más preciado tesoro, no siguiera sus pasos. Jamás se perdonaría que eso sucediera. 

Cuando Draco se casó con Astoria Greengrass, hacía casi 15 años atrás, decidió que lo mejor era alejarse de su padre que aún guardaba sus ideas de la supremacía de la sangre mágica. Había sido devastador lo que había pasado con ellos después de los juicios ante el Wizengamot. Draco jamás olvidaría lo mucho que Harry Potter, a quien había odiado durante sus años de colegial, los había ayudado a él y a su madre. Tenía una deuda de vida con él y eso le hizo darse cuenta lo oscuras que eran las ideas de su padre. Al nacer Scorpius, Draco y Astoria se mudaron a un casa a las afueras del Norte de Londres, ésta era todo lo contrario a la Mansión Malfoy donde él había crecido. Draco había intentado que las visitas de su padre fueran casi nulas, cosa que a veces les resultaba imposible, justo como aquél día. Los tres Malfoy regresaban de un día agotador en el Callejón Diagon, cuando encontraron el portón de la calle entreabierto. Draco sabía que su elfo doméstico jamás podría ser tan descuidado, por eso se puso en alerta y sacó su varita.

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