EL CONSEJO ESCOLAR

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Draco Malfoy se encontraba leyendo en la cama un libro sobre los distintos usos de las Runas Antiguas a modo de encantamientos protectores. A su lado, su mujer leía atentamente el Diario El Profeta, el cual no había podido leer en la mañana mientras ambos desayunaban, Astoria había tenido que atender un par de llamados de emergencia en San Mungo, donde ella trabajaba proporcionando pociones y antídotos para los Medimagos. Normalmente ese día siempre era muy ajetreado para los dos adultos, ya que por las celebraciones del día muchos magos y brujas terminaban haciendo cosas indebidas, por un lado San Mungo terminaba atestado de niños con dolores estomacales causados por tanto dulce, y por otro –que era parte del trabajo de Draco– los adultos solían cometer infracciones al Estatuto del Secreto.

De hecho en los últimos meses Draco había tenido mucho trabajo en la oficina del Ministerio donde trabajaba en el Departamento de Regulación Mágica. Y es que los grupos de fanáticos, en su mayoría hijos de muggles, estaban generando uno que otro disturbio debido a la campaña que presentaba uno de los candidatos a Ministro de un partido político al que eran seguidores. El mismo grupo, rezaba a favor de que el Estatuto del Secreto, que había sido impuesto hacía unos siglos atrás, se anulara. Según el discurso de ese partido era necesario que se dejara de tener miedo hacía los muggles como lo habían tenido sus antepasados, que ya no estaban en una era de oscuridad como en aquella donde la cacería de brujas estaba a la orden del día. Algo que Draco no estaba muy de acuerdo, por la experiencia en su vida sabía que ir a un extremo de las cosas podía llegar a desencadenar en una serie de eventos desagradables como lo eran las Guerras.

No era que él estuviera en contra de los derechos de los nacidos muggles, al contrario, se había maravillado con las cosas que parecían hacer las personas no mágicas sin ayuda de la magia, y eso que él era conocido por su poca predisposición a las sorpresas. De hecho le habían fascinado de tal forma algunos de esos artilugios que hacían los muggles, que había adornado su casa con ellos, obviamente cuando sus amigos les visitaban (o incluso su padre), Archie se encargaba de esconderlos en su cuartito, ya que eran cosas simples y pequeñas como un teléfono, una radio con reproductor de una cosa llamada mp3 (aún no sabía muy bien que era aquello, que a su juicio sonaba como una especie de enfermedad de un grado específico, pero era una teoría que no podía comprobar pues aún nadie en su casa se había enfermado con alguna dolencia que pareciera muggle) y un reloj despertador. Todos habían sido en parte regalo de su cuñado, y es que Daphne Greengrass se había casado, par sorpresa de muchos de sus excompañeros slytherins, con un muggle americano.

Draco suspiró profundamente, recordando un incidente con una tetera y varios muggles involucrados que había tenido que atender esa mañana, cuando de pronto en la ventana se escucharon los clásicos picoteos de una lechuza. Extrañado dejó su libro de lado y volteó a ver a su mujer. Astoria lo miró con preocupación, era muy extraño que recibieran cartas a esas horas, faltando poco para que el reloj marcara la medianoche. El mago se levantó apresurado para dejar pasar al animal, que a los segundos de entrar soltó un sobre de aspecto oficial y por el sello, provenía de Hogwarts.

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