Capitulo 3 |preguntas que no tienen respuesta

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El sonido me atravesó como un disparo.

El celular sonaba con una insistencia absurda, cada timbrazo se sentía como si alguien martillara dentro de mi cabeza. Me revolví entre las sábanas, las piernas enredadas, la garganta seca, y un zumbido constante perforándome el oído.

—¿hola? —murmuré, tallándome los ojos con las yemas de los dedos.

Me levanté a medias, a tientas, con la vista aún borrosa y los pasos arrastrados hasta la sala en donde lo había dejado. Lo levanté y apenas pude articular ese hola seco, más aire que voz. Esperé.

Silencio.
Y luego, el clic.
Colgaron.

Fruncí el ceño, dejando el teléfono en su sitio con una mezcla de molestia y desconcierto. ¿Una llamada muda? ¿Una broma? ¿Un error?, Suspiré profundo, el dolor de cabeza pulsando con más fuerza, como si necesitara recordarme cada trago de anoche. Fui directo al tocador y me vi en el espejo… Y me arrepentí.

Parecía un cuadro de guerra.

El maquillaje corrido por todo el rostro, el rímel como sombra de oso panda, el labial desparramado por una esquina de mis labios. El cabello… bueno, el cabello parecía haber sobrevivido a un huracán. Y aún traía la ropa puesta.
La misma con la que bailé, reí… y bebí hasta perder el control.

—no puede ser... ¿Llegué así a casa? —me pregunté en voz baja, con una mezcla de asombro y vergüenza.

Entonces lo recordé. Liam me había traído.

Lo curioso era que yo no le di la dirección, ni siquiera recuerdo haber dicho nada. Estaba al borde del desmayo en el auto, envuelta en su chaqueta.
¿Cómo lo supo?

—¿como supo Liam en donde vivo?—

La duda me caló hondo, pero no tenía energía para escarbar en eso ahora. Me quité la ropa con desgano, tirándola al cesto mientras limpiaba los restos de maquillaje con una toalla húmeda. El agua de la ducha fue mi única redención. Tibia, constante, casi amable. Me quedé allí más de lo necesario, como si pudiera borrar la noche, la llamada, y esa incomodidad silenciosa que me dejó Liam al desaparecer sin más.

Cuando salí, me até el cabello en una coleta alta, dejando caer los mechones húmedos sobre mis hombros. Caminé hacia la habitación sin prisa, con la mente aún espesa, como si no terminara de aterrizar en el presente.

Y entonces lo vi, el reloj sobre la mesa de noche a un lado de la cama que marcaba las 2:15 de la tarde.

Me detuve y parpadeé unos segundos antes de recordar que tenía trabajo.

—Mierda...— susurré, y luego grité —¡Mierda! ¡Mierda, mierda, mierda!—

Había despretado tarde. Muy tarde.
Y de pronto, todo volvió a caer sobre mí:
el trabajo, las responsabilidades, el caos.
Ese mundo al que siempre tengo que volver aunque lo odie. Me vestí lo más rápido que pude, intentando no tropezar con cada prenda mientras mi mente daba vueltas.

Corrí como si mi trabajo dependiera de ello… porque, honestamente, probablemente un día lo hará.
Revolví el armario, el cajón, el suelo. Buscaba el traje adecuado mientras tanteaba mi teléfono entre las sábanas arrugadas. Marqué el número de mi jefe con el corazón latiéndome en la garganta.

Pero entonces mis ojos se desviaron al calendario pegado con cinta vieja sobre la pared. Domingo.
¡Era domingo!.

Me quedé quieta. Como si el tiempo se detuviera por un segundo.

Una oleada de alivio recorrió mi cuerpo, me hizo tambalearme y casi me desplomé sobre mis rodillas. Me reí. Una risa hueca, nerviosa, ridícula.
—Joder…— susurré —Si sigo así, voy a terminar despedida un lunes que ni existe—

Arcángel Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora