En un mundo donde lo místico es irreal y lo paranormal se convierte en locura, Katherine Felming una joven mujer quien recién empieza su nueva vida en Cambridge descubre que nada es lo que parece y las personas no son quienes pensó que eran.
Tras co...
Hace mucho tiempo, antes de que existiera la Tierra, antes incluso de que el cielo y el infierno se definieran como reinos opuestos, nació Sabina.
No fue creada como los ángeles ni como los hombres. Sabina fue engendrada por dos fuerzas primordiales: el Dios de la Muerte y la Madre Tierra. De uno heredó el poder sobre el final de todas las cosas; de la otra, la capacidad de dar origen, de abrir y cerrar caminos entre planos. Desde su nacimiento fue un portal, un umbral viviente. Donde ella existía, la vida, la muerte y lo imposible se tocaban.
Su poder era absoluto. No necesitaba rituales ni invocaciones. Podía destruir o devolver la existencia con solo desearlo. Cuando ese poder se manifestaba por completo, su forma cambiaba: sus ojos ardían como brasas, su cabello se volvía fuego vivo y marcas antiguas recorrían su cuerpo, similares a las que hoy portan los arcángeles guerreros. No era un demonio, pero tampoco podía ser llamada divina. Era algo anterior a ambos.
Los ángeles la temieron.
Fueron enviados a eliminarla antes de que su existencia alterara el equilibrio del todo. Pero Sabina no fue derrotada. Uno a uno, los ángeles que intentaron destruirla cayeron ante ella. No los mató. Los transformó. Les arrancó su naturaleza original y los rehízo como criaturas nuevas, ligadas a su esencia y a su poder. Así nacieron los Eones de Fuego, seres tan poderosos como los serafines y los arcángeles, pero condenados a depender de ella para existir.
Ese fue el error que marcó su destino.
Los ángeles comprendieron entonces que Sabina no podía ser destruida. Cada vez que moría, volvía a nacer. Su alma regresaba una y otra vez, intacta, inevitable. Matarla solo prolongaba el ciclo.
Por eso tomaron una decisión distinta. Una decisión desesperada.
En lugar de condenarla a la muerte, condenaron su memoria. Capturaron su esencia y la encerraron dentro de un alma humana, frágil y limitada. Así nació Katherine Fleming, una mortal incapaz de recordar quién era, incapaz de invocar su poder, incapaz de abrir el portal que en realidad habitaba dentro de ella.
Para asegurarse de que Sabina jamás despertara, colocaron un sello. Un collar. No era solo un objeto: era un ancla, una prisión, una protección. Mientras lo llevara puesto, el mundo estaría a salvo… incluso de ella misma.
Los Eones de Fuego, privados de su fuente, comenzaron a extinguirse con cada muerte del portal. Por eso la buscan. Por eso la persiguen a través de cada vida. Necesitan que Sabina despierte. Necesitan que el portal vuelva a abrirse.
Porque si el collar es retirado y el ritual completado, Sabina recordará quién es.
Y cuando eso ocurra, no habrá cielo, infierno ni mundo humano que pueda contenerla.
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