Capitulo 12 | ¿Quien eres?

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Desperté a las siete en punto, como siempre. El sonido del despertador me pareció más agresivo que de costumbre esa mañana, o tal vez era yo quien ya no soportaba el ruido matutino. Me levanté con la sensación de que el mundo seguía corriendo aunque mi cabeza se hubiese quedado atrapada en la noche anterior.

El agua de la ducha cayó sobre mí, tibia e insistente. Cerré los ojos intentando no pensar, hacerlo era peligroso últimamente, era como abrirle la puerta al caos. Y con un trabajo como el mío, una mente rota no era precisamente una buena carta de presentación.

Me envolví en la toalla y fui hasta el armario. Busqué mi traje gris, el mismo uniforme de siempre, de quien finge control cuando su vida es un caos. Apenas retiré la toalla de mi cuerpo y la puerta se abrió de golpe.

—¡Ah! — grité, sobresaltada, apretando la toalla contra mí.

Bea asomó la cabeza con una sonrisa descarada.

—Tranquila, soy yo— dijo con ese tono dulce que usaba para salirse con la suya.

—¿Qué haces aquí? Son las siete de la mañana— pregunté, intentando que mi voz sonara firme.

—Vine a ver a mi amiga, te llamé anoche  para avisarte que volví... ahora entiendo por que tan ocupada— entonces su sonrisa se expande y cuando se acerca empieza a molestarme usando loa ded9s para picarme el costado. Le manoteo suavemente sin entender sus referencias.

—Me refiero a cómo entraste —repliqué, señalando la puerta aún abierta.

—el bombón todo guapo que tienes haciéndote el desayuno me abrió—

Fruncí el ceño. ¿Qué guapo? Por un segundo pensé en James, pero la realidad me golpeó al recordar que James había desaparecido con su existencia. Se refería a Joseph el cual estaba de pie frente a la estufa con una sartén en la mano, descalzo, el su cabello durado ligeramente revuelto y una camiseta blanca que dejaba entrever el contorno de su cuerpo. Parecía demasiado cómodo para alguien que, hasta hace poco, era un completo desconocido.

—El desayuno está listo— anunció con esa voz grave y tranquila que parecía venir de otro tiempo.

Sentí el peso de Bea apoyándose en mi hombro cuando me asomé por el marco de la puerta observándolo, y Dios, tenía que darle la razón a Beatriz, ese hombre era todo lo que estaba bien en éste mundo.

—¿Dónde lo encontraste? — susurró con una sonrisa traviesa, observándolo como si estuviera viendo a un actor de cine.

—él me encontró...— sonreí cual niñita pequeña y avancé hasta quedar frente a él, cruzando los brazos con firmeza. —¿Qué estás haciendo aquí?, creí que te marcharias al amanecer— pregunté en voz baja, intentando no sonar tan alterada como me sentía.

—Protegiéndote— Joseph no apartó la vista del sartén.

—¿De qué? — inquirí al instante.

Levantó la mirada hacia mí, y por un momento, el tiempo se detuvo. Sus ojos tenían ese brillo verde que me resultaba familiar, casi inquietante. Me di cuenta demasiado tarde de que aún solo llevaba la toalla, asique bajé la cabeza apretándola contra mi cuerpo sintiendo mis mejillas arder.

—Come algo. Necesitas alimentarte—dijo, extendiéndome un plato.

Sobre el pan, un contraste de colores, chocolate, banana, fresas, mermelada de uva y semillas. A un lado un homelet de huevo con espinaca fresca. Reconocí aquel desayuno. Mi abuela solía prepararlo cuando era niña, en los días en que las pesadillas me dejaban sin dormir. ¿Cómo podía él saber eso? Por supuesto que podia...

Arcángel Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora