cap 32

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Capítulo 32 

Justin estaba acostado junto a Caitlin, medio dormido, sus piernas contra el satinado trasero de la joven. La piel de ella era una de las siete maravillas del mundo. Se acercó un poco más a la joven, de nuevo excitado, la ***** chocando suavemente contra el final de la espalda de ella. Por un instante pensó en Parsifal. Si encontrara la manera de reconstruir este momento en un juego de realidad virtual, podría comprar el imperio de Bill Gates en pocos meses.

Justin sonrió. La última noche —y las otras dos que había pasado con Caitlin— había sido increíble, y había coronado toda una serie de noches triunfales. Se podría decir que Caitlin era Waterloo, y que él era el Duque de Hierro.

Su ***** se volvió a mover. Justin se figuraba que en su vida no iba a haber un momento más perfecto. Con todo, faltaba algo. No sabía por qué, pero pensó en la Biblia: no porque Caitlin fuera una bendición, aunque su apariencia era sin duda angélica, sino por la manera en que se hablaba del sexo en la Biblia. En el libro sagrado, cuando los hombres se acostaban con las mujeres, las «conocían». Ahora lo entendía, porque el acto de montar a Caitlin, de ver su belleza desnuda y abierta ante él, era un acto de conocimiento. Y cuando la penetraba, sentía la emoción de la posesión, de un conocimiento más profundo y prohibido. Pero él no conocía a Caitlin, no la conocía de verdad. Puede que algún día llegara a conocerla, pero no sabía con qué se iba a encontrar. Ahora solo sabía que ella era exquisita, y que moverse con ella, en ella y sobre ella se había convertido en un pas de deux más erótico y hermoso que cualquier ballet. Pero Justin también sabía que estaba acostado junto a una extraña. Y que él era peor que un extraño para ella: era un impostor.

Abrió los ojos, se sentó y se desperezó. Caitlin se puso boca arriba y mostró no solamente su rostro encantador y su espléndido pelo color trigo maduro desparramado sobre la almohada, sino también sus pechos, absolutamente perfectos. Era asombroso, pero Justin de inmediato estuvo otra vez preparado para hacerle el amor, como si tres veces no fueran suficientes.

En verdad, y para ser honesto, el sexo había sido bueno, pero no fabuloso. Caitlin estaba acostumbrada a que la satisficieran, y no era tan buena amante como Demi, por ejemplo, pero con solo mirarla Justin se sentía más que compensado. Y ya estaba preparando otro encuentro cuando sonó el teléfono.

Justin había llevado a Caitlin a su casa, saltándose las reglas. ________ no lo hubiera aprobado, y aquí estaba su castigo. Por un momento pensó en no contestar, pero no quería que Caitlin pensara que por ella lo dejaba todo, o nunca más volvería a salir con él. Esperaba que no fuera Demi. A la segunda llamada contestó.

—Hola, Justin. ¿Sabes qué día es hoy? —preguntó una voz de hombre, y a Justin por poco se le cae el teléfono.

—¿Papá? —fue lo único que pudo decir.

Hacía al menos dos años que no tenía noticias de su padre. La última vez había recibido una postal de Puerto Rico, y luego una carta enviada desde San Francisco, donde le pedía que invirtiera cien mil dólares en una empresa que estaba intentando poner en marcha con otros dos fracasados. Justin no había acabado de entender en qué consistía el proyecto, pero le había enviado un giro postal de mil dólares y una nota deseándole buena suerte. Desde entonces no había sabido nada de el.

—Papá… —repitió. Caitlin se dio la vuelta y apoyó la cabeza en su brazo para mirarlo. Pero Justin ahora no quería que lo miraran. Se sentó y le dio la espalda.

—Hoy es mi día, Justin. Es el día del Padre. ¿No te acuerdas? Y yo soy tu padre.

Su tono era suplicante, pero también agresivo, y Justin se sintió incómodo. ¿No era demasiado temprano para beber? Justin aún no tenía reloj, pero era temprano, demasiado temprano para estar borracho. Claro que Justin no sabía en qué país estaba Jeremy, ni siquiera en qué hemisferio, y mucho menos qué hora era allí. Puede que en Singapur fuera la hora del aperitivo.

CHICO MALO BUSCA CHICAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora