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No conozco tu nombre, pero ya tengo adherido tu olor.
No he visto tu rostro, pero vi las estrellas gracias a ti.
No sé quién eres ni de dónde vienes, pero ten por seguro que serás para mí.

Extracto del libro: En la época que eras para mí.

Anónimo.

Benedict regresó al salón de baile con el aliento reducido a nada, tenía que encontrar a esa mujer. ¡Por lo santos que descubriría su identidad! ¿Cómo pudo correr tan rápido? Y además... ¿por qué no llevaba los interiores correspondientes? Pudo ver tanta piel que se lamentó no haber levantado esa falda cuando tuvo la oportunidad.

Estaba seguro que era una dama casada o viuda, sólo eso explicaría su dominio con la lengua y su arte de besar.

Su cuerpo reaccionó con solo recordar como lo estaba poseyendo, esa mujer era fuego puro y él ya quería consumirse en sus llamas. Para su mala suerte, su madre había optado por una tenue decoración, donde las luces regalaban poca iluminación y el misterio flotaba en el ambiente, aún faltaba mucho para media noche —momento en el que todos se quitarían las máscaras— y él no pensaba esperar.

—¿A quién buscas? —Jeremy Hawkins, el Conde de Suffolk y buen amigo, se puso junto a él para seguir su peritaje.

«A mi próxima amante».

—A nadie en especial —Se dispuso a sujetar una de las copas que el mozo le ofrecía.

—Bien, porque aquí no hay nada especial, mi buen amigo —garantizó el rubio de ancha espalda, como sonrisa, y cabellera larga.

—¿Tú crees? Quién sabe y algo nuevo cae en nuestra aburrida temporada.

—No sabría decirte, solo sé que una hermosa española llegó al teatro hace unos días.

—¿Nueva amante, Suffolk? —enarcó su ceja, elevando la comisura de su labio.

—Las mujeres son mi debilidad —fingió congoja.

—Sigue así, y toda mujer de Londres terminará con su casita modesta, bañada en joyas y vestidos. Se puede decir que tus amantes no son muy baratas.

—No es mi culpa que no quieras recibir el amor de esos seres preciosos, Cambridge.

No lo negó. No quería tener que preocuparse por la manutención de una prostituta, cantante o cortesana; aunque... por la mujer que besó hace poco, o más bien que lo besó hace poco, estaría dispuesto a dar una suma generosa. Bebió de su copa con elegancia y un antifaz dorado con plumas rojas captó su atención. Ignorando la conversación que el Conde trataba de mantener, salió casi corriendo hacia la dama que estaba junto a la sala de bebidas.

—Milady —La hizo girar, quedando ojiplático al encontrarse con una mujer tan arrugada como una pasa.

—Oh, milord —se abanicó la matrona más espantosa de todo Londres—. Es un honor poder coincidir con usted, déjeme presentarle a mi protegida, es un encanto, a decir verdad es su primer baile...

Y fue así como Cambridge sufrió la media hora más tediosa y horripilante de su vida, al tiempo que varias damas se pegaban a él como la plaga. Esa mujer... ¿acaso entregó su antifaz apropósito? ¿Sabría que iba a buscarla?



Bah... qué aburrido —refunfuñó Kenny, dando toquecitos en el piso con el pie—. Carecen de gusto musical —siseó, furibunda. Si no hubiera sido por el ligue que se consiguió hace varios minutos, ya se habría arrepentido de estar allí. Y lo peor de todo era que ahora su nuevo antifaz carecía de estilo, pues no podría haberse quedado con el primero. Quién sabe y el bomboncito envuelto la buscaba.

Este siglo no es míoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora