Capítulo 7.
Era de esperar. Estadísticamente siempre le pasaba. No solo porque hubiese abierto la ventana una noche de frío y lluvia, sino porque siempre, cuando se acercaban las Navidades, su cuerpo se descomponía y acababa cogiendo un resfriado que la mantenía en cama un par de días, incapaz de moverse ni para ir a comprar un regalo al centro comercial. Era sábado. Apenas quedaban cinco días para Nochebuena y ella se encontraba escondida entre las mantas con fiebre. Ya había llamado al trabajo diciendo que no podría ir en un par de días y, después de una pequeña discusión con su jefe, su voz gangosa junto con la ayuda de Betty, consiguieron que esa vez no le descontara dinero de su sueldo. Después de unos minutos de indecisión, agarró las mantas y, envolviéndose con ellas, se acercó al lavabo y buscó unas pastillas capaces de quitarle el dolor de garganta y mucosidad que llevaba. Agarró una cápsula junto con un paquete de pañuelos y se dirigió a la cocina.
— ¿Qué haces aquí?— escuchó que le espetaba una voz. Paró su caminar hacia la cocina y dirigió una mirada llorosa a Gian, quien la observaba desde su sillón particular.
— Buenos días.— susurró ella con voz enferma y sin responder a su pregunta. Su aspecto desaliñado junto con su voz nasal seguramente habían sido suficientes para responder la pregunta. Cuando se aseguró de que el muchacho no iba a volver a dirigirle la palabra, retomó su camino a la cocina, donde sacó un vaso de agua, lo llenó y se lo bebió junto con la pastilla previamente machacada con una cuchara. Siempre le había resultado difícil tragarse la pastilla entera de una vez y el hecho de masticarla con los dientes le producía arcadas desde que había comenzado a tomarlas.
Se preparó una taza de chocolate ardiendo y se dirigió a paso tambaleante, debido a las mantas, hacia el salón donde, sorprendentemente, Gian continuaba observando un partido de fútbol. Se tumbó todo lo larga que era, que tampoco era mucho, en el sofá vacío y comenzó a pegarle pequeños sorbos a la taza que tenía entre las manos.
— ¿Podrías bajarle un poco el volumen a la televisión?— rogó cuando el martilleo incesante en su cabeza se agravó. Observó complacida como el muchacho apretaba los botones del mando y el volumen de la caja cuadrada empezaba a disminuir.— Gracias.— susurró, dejando la taza en la mesita que tenía frente suyo. Acomodó mejor las capas sobre su cuerpo, el cojín bajo su pesada cabeza y se dispuso a dormir de nuevo. Notaba el cuerpo destemplado y los huesos como si fueran adoquines de hormigón. Los párpados le pesaban pero era incapaz de conseguir dejarse llevar por los brazos de Morfeo. Su cabeza palpitaba burlonamente, como si su corazón hubiera subido a ella y hubiese decidido que aquel era su sitio, no en el lado izquierdo de su tórax. Soltó un suspiro agobiado mientras daba vueltas y vueltas sobre el sofá.
Cuando estuvo harta de removerse, agarró un pañuelo del paquete que ocultaba sobre su pecho y se sonó la nariz. No le gustaba estar enferma. La hacía sentir débil y no le gustaba sentirse débil. Odiaba no poder respirar bien o que le costase tragar. Detestaba no encontrarle sabor a la comida o no saber si tenía frío o calor. Odiaba sentir su frente perlada en sudor cuando el calor de las mantas le comenzaba a agobiar pero aún así no era capaz de quitárselas porque sabía que tendría mucho frío. Odiaba el sabor de los medicamentos y el sonido que hacía al sonarse la nariz. Gimió, sintiendo que sus ojos se ponían llorosos y ocultó la mano que había sacado del fuerte, de nuevo bajo éste. Tenía mucho frío.
— ¿Estás bien?— preguntó un rato después Gian, que había estado observando todo en silencio. El partido de fútbol había acabado hacía unos minutos atrás y desde ese momento estaban pasando anuncios en la cadena.
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Isolato
Fiksi RemajaSin apenas pestañear, Abby aceptó la disparatada propuesta de su hermano, consiguiendo con ello que su vida, sus pensamientos y muchas otras cosas más cambiaran de la noche a la mañana. Créditos de la portada a @La_tequila. Muchísimas gracias por el...
