Capítulo 9.

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Capítulo 9.

Había pasado toda la mañana colocando el árbol de Navidad. Gian no había salido de su habitación en ningún momento, al parecer había decidido hibernar el día de Nochebuena. Después de unos cuantos minutos de ardua búsqueda había encontrado las bolas de Navidad bajo un montón de productos de la limpieza en un armario de la cocina. Había tenido que desenrollar las que se habían enrollado entre ellas y había tenido que tirar alguna que otra que no había conseguido llegar intacta al siguiente año. Había decidido montarlo en una esquina del salón, al lado de la entrada al balcón. Blake había llamado, mientras ponía las luces, para avisarle que finalmente no pasaría ni siquiera a saludar. Al parecer sus suegros eran unos tradicionalistas que no soportaban la impuntualidad ni siquiera por un segundo. Con el árbol ya acabado se dirigió a su habitación y sacó las bolsas que había comprado el día anterior. Entreteniéndose en poner el nombre del destinatario de cada uno de los paquetes y dejándolos a los pies del árbol se tiró hasta que el reloj marcó mediodía.


Agarró entre sus manos el último adorno que quedaba por colgar y se acercó a la puerta de la habitación de Gian. Tocó a la misma y esperó la señal para abrirla y encontrarse con el cuerpo sudado del muchacho saltando una cuerda que no sabía de donde había aparecido. Debía tenerla en la mochila que le trajo Blake, pensó mientras lo veía subir y bajar con sus gemelos contrayéndose a causa del esfuerzo y sus antebrazos bailando al compás de sus saltos.


- ¿Quieres poner el último adorno?- le preguntó, mostrándole la estrella que tenía en la mano.- No alcanzo y sin estrella no hay árbol.


Gian se había mordido la lengua, mientras cruzaba las cuerdas por su cuerpo formando un ocho, para no sugerirle a la muchacha que se subiera a una silla y colocara la estúpida estrella que balanceaba entre sus dedos, como si de una piruleta se tratase y él fuese un niño dispuesto a darlo todo por ella, ella sola. Se había mordido la lengua para no soltarle que a él le importaba una mierda que no hubiese árbol de Navidad. Que lo veía una tontería infantil que parecía encantarle a la castaña. Saltó un par de veces más y dejó la cuerda sobre la cama. Agarró una de las camisetas que tenía más cerca y se secó el sudor de los brazos. Contempló, de reojo, como los ojos ambarinos de la muchacha reseguían, sin perder detalle alguno, el camino que la improvisada toalla hacía. Una vez más aseado que antes, se acercó a la muchacha y, a unos centímetros de su cuerpo, le arrebató el adorno de las manos y se dirigió al salón sintiendo los pasos apresurados de su anfitriona a su espalda.


Se acercó al árbol en un par de zancadas y estiró el brazo hasta que el adorno estuvo encajado sobre la punta del mediano abeto que decoraba el salón. Se giró hacia la muchacha una vez hubo acabado su faena y se sorprendió al ver en su rostro una enorme sonrisa que mostraba toda una hilera de dientes blancos y bien colocados.


- Gracias.


Gian asintió y se permitió a si mismo dirigir una rápida inspección al trabajo que había estado haciendo la muchacha mientras él ejercitaba su cuerpo en la soledad de la habitación. Las bolas eran, en su gran mayoría, rojas y doradas, aunque había un par de ellas de color plateado y azul, todas ellas, eso sí, embadurnadas en cantidades impensables de purpurina. Apenas había colocada dos o tres por fila de ramas, en un intento de no recargarlo demasiado. Las luces, en esos momentos apagadas, serpenteaban a lo largo del abeto, dispuestas a iluminar la habitación cuando su dueña les diera la señal.


- ¿Te gusta?- escuchó que preguntaba la voz de Abby. La muchacha había tomado asiento en el sofá y observaba también al árbol con una sonrisa orgullosa y satisfecha.

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