quince

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Isabella.

reí ante las palabras de Ignacio

— estás loco— hablé.

— uy dale bebé— se subió un poco y me besó.— un poquito.— bajó sus besos hacia mí cuello.

lo separé de mí y lo miré mal.

— no intentes comprarme— reí.

Nacho se volvió a arrodillar en frente mío y puso una mano en mí pierna; me miró e hizo un puchero.

mordí mí labio inferior y negué con la cabeza.

— no— dije cruzandome de brazos.

Ignacio rodó los ojos y suspiró.

— está bien— acotó mientras acariciaba mis muslos.

sus manos pasaron por debajo de mí pollera y sus dedos tocaron los bordes de mí tanga.

se agachó un poco y besó mí rodilla, después mí muslo derecho, poco a poco se iba acercando hacia mí feminidad.

moví mí cadera en busca de más, me encantada lo que estaba haciendo Ignacio y eso me molestaba.

ya rendida puse mí mano en el pelo del morocho. Éste me sonrió y bajó lentamente mí tanga.

la dejó en algún lado de la habitación y pasó un dedo por encima de mis pliegues, cerré mis ojos mientras exhalaba.

mojó sus labios con su lengua y se acercó más hacia mi feminidad; pasó su lengua dónde antes había recorrido su dedo; me estaba torturando, y feo.

— Nacho— hablé bajo.

— tratá de no Gemir— me sonrió. Metió dos dedos dentro mío y comenzó a moverlos.

solté un suspiro pesado, se me estaba haciendo difícil. Comenzó a acelerar sus movimientos, mordí mí labio, tratando de que no se me escape ningún gemido, pero fue en vano.

— te dije que trates no hacerlo— la voz de Ignacio salió ronca.

— p-perdón— tiré mí cabeza hacia atrás.

la puerta sonó sacándonos de nuestro momento

— ya vino la pizza— habló Natalia

Nacho aclaró su garganta y habló;

— ya bajamos— se paró y me miró— te salvaste.

reí y me paré

— voy al baño— me acerqué a la puerta y la abrí.

me metí al baño e hice lo que tenía que hacer, me lavé las manos y abrí la puerta, ahí estaba Ignacio.

— me imagino que te vas a lavar las manos, ¿no?— miré con asco sus manos.

el morocho rodó los ojos y entró al baño.

me siento feliz, y no es por el momento que acabo de pasar con Nacho, tampoco es porque no tengo tanga puesta, es porque por ésta vez, puedo ser yo misma.

me acerqué a la mamá de Ignacio y ella me sonrió

— ¿todo bien?— preguntó.

asentí.

— ¿la ayudo en algo?

— no hace falta— dejó la bebida sobre la mesa.

Nacho apareció y nos sentamos a comer.

— ¿qué edad tenés?— preguntó.

— ma, no empieces— se quejó el orejón.

— quiero saber— se encogió de hombros.

— tengo diecisiete— respondí.

—vos y mí hijo, ¿qué son exactamente?— preguntó.

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