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—¡MENORRRR! —me gritó Fiorella en la pata de la oreja, alargando la "R"—. ¡Admito que yo no había visto este beta! ¡Se prendió horrible!

 ¡Admito que yo no había visto este beta! ¡Se prendió horrible!

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Los cinco volteamos a verla tipo wtf.

—Verga, relájate, chamita —intentó calmarla el sifrino de Luisfer, haciendo un ademán con la mano.

Estábamos todos, los Rodríguez, 2/3 de los Polito, y Fiorella —ella única y diferente—, en el restaurante de al laito' de la casa de mi tía. Acabábamos de pedir, así que entonces nos tocaba esperar a que nos trajeran el comidero.

Antes de que se vuelvan un culo, les explico:

Cuando yo tenía como diez años, a mi papá le ofrecieron un trabajo en una editorial por allá por Valencia, cosa que le hacía falta porque Ediciones B, para la que escribía antes de eso, tenía tiempo sin quererle publicar un coño. Entonces mis papás decidieron que nos íbamos a mudar pa' allá. El único peo era que mi mamá tenía su trabajo en la Lugo y la Fontana, así que tampoco podía trasladarse los días que tenía guardia —que es cuando te toca ser el médico al que llaman si llega alguna urgencia para que vaya a ver al paciente— de Carabobo a Aragua cada vez que la llamaran. Por eso, cuando tenía guardia —que era entre dos y tres días a la semana—, se quedaba en casa de mis abuelos allá en La Victoria.

Bueno, el punto es que cuando nos metieron en un colegio allá, terminamos estudiando en el mismo que los Polito.

La hermana mediana, Luisa, era más pana mía porque era como más cercana a mi edad, tú sabes, aunque tampoco era que fuéramos las mejores amigas. El menor, Alejandro, 'taba muy bebé todavía como pa' ser parte del grupo. Pero por su lado Daniel y Luisfer eran, nawebona, uña y mugre; y eso que se llevaban un año. Se la pasaban pa' arriba y pa' abajo juntos. Hasta llegó un momento en que pensé que eran maricos y tenían su jujú.

Bueno, tampoco así, ps. Pero ajá, tú me entiendes.

Pasa que el año siguiente Ediciones B le jaló tanta bola a mi papá pa' que se regresara que decidimos devolvernos a Maracay. También influyó burda que ya casi no pasáramos tiempo con mi mamá, además de que ella había perdido pacientes por trasladar el consultorio a Carabobo. Así que nada, dimos media vuelta a la kike Ciudad Jardín.

De todas maneras ambas familias eran panitas, así que nos seguimos viendo.

Y bueno, como los Polito tenían años de haberse mudado a gringolandia, apenas Daniel les dijo que íbamos a estar en Nueva York, empezaron a hacer planes para llegarnos de sorpresa hasta dónde estábamos. De paso que teníamos pendiente celebrarle el cumpleaños a Luisito, que acababa de cumplir veintitrés años hacía casi una semana.

—¿Qué le pasa al amor de mi vida? —le preguntó Daniel a Ranchi hablándole como a un bebé.

—Vuelve el perro arrepentido... —Fiorella puso los ojos en blanco. Parecía el exorcista—. Lucía, párame bolas. —Me metió un pellizco en el brazo que me hizo soltar un chillido.

¡Qué peo contigo, Luke! | lrhHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora