Moonwalk

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Escucho pisadas. Me giro. Es la misma chica. Lleva el mismo abrigo amarillo brillante, largo que va desde el cuello hasta los pies, y de manga larga pero ahora incluso el manguito, como si estuviera cubriéndose totalmente de una helada. Ahora se ve abrigada, nada que ver con cómo se veía a medio día. Se acerca y se sienta junto a mí con las piernas juntas.

Creo que no me pasará nada si dejo que esta chica medio rara, medio extraña y muy amable se quede a mi lado. O más o menos cerca. A decir verdad ella se queda a cierta distancia de mí.

–¿Encontraste tu centinela? –le pregunto.

–No. Para nada. ¿Te comunicaste con tu padre? –pregunta ella.

–¿Mi padre?

Ella apunta al cielo.

–Para todos nosotros, para los que somos inmortales, el Hombre de la Luna es tu padre. Eres considerado hijo de la Luna. Lo cual no es nada raro, tienes mucho de ella en ti. Te revivió, te devolvió la vida y te dio esos poderes, además de la inmortalidad –dice ella.

–Tal vez para ustedes El Hombre de la Luna sea mi padre, pero yo sólo he tenido uno, aunque no puedo recordarlo para nada, pero mi padre es aquel que vivió en mi tiempo, es el que fue padre de mi hermana –le digo.

–Entiendo. Deja que te llamemos Hijo de la Luna, te pega el apodo –dice ella con una sonrisa–. Eres todo blanco, pálido en realidad, así que... bien puedes pasar por el de la canción. ¿No la has escuchado?

Niego con la cabeza.

–Bueno, no tengo bonita voz como mi mamá, pero la canción dice así en una parte: De padre canela nació un niño, blanco como lomo de armiño, con los ojos grises en vez de aceituna.

Me quedo solamente mirándole sin entender. Ella suspira resignada cuando se da cuenta que no importa que haya cantado, yo no entiendo. La verdad es que quiero que siga cantando, de alguna manera su voz me recuerda a algo.

–A ver dime, ¿de qué color tienes la piel? –pregunta.

–Ehmm ¿blanca? –pregunto respondiendo al mismo tiempo.

–¿Y los ojos? –vuelve a preguntar ella.

–No son grises, son azules. Tú tienes ojos grises en realidad.

–Da igual, estás blanco como armiño. Sé que es una canción, y que el hecho de que seas considerado como el Hijo de la Luna no es precisamente por ello, pero por cómo eres, creo que te va bastante bien el apodo. La gente puede pensar en ti como el niño de esa canción –dice ella.

–Hablando de otra cosa, de verdad que no tienes buena voz –le comento burlándome–. Espero no estés pensando dedicarte a eso –le digo y ella hace una mueca inflando las mejillas–. Tu ropa parece rusa, ¿eres de ahí?

–Un poco cerca, pero podemos vivir en cualquier otro lugar, solamente que vivimos en una aldea un poco cerca a Rusia –responde.

–Te queda bien –le comento mirando a otro lado.

–Gracias –dice ella con voz tímida–. Hace frío.

–No es verdad.

–Tú siempre tienes el frío en ti. ¿Cómo vas a saber lo que sienten los otros? Pero yo soy la Primavera. Así que me da frío estar aquí. De hecho tengo más frío desde hace rato. Hasta tengo los labios helados –dice poniendose los dedos sobre ellos–. ¿Quieres ver?

–¡No quiero saber de eso! –le digo poniéndome de pie rápido antes que quiera volver a besarme la mejilla.

Si no me equivoco es ella la que es cálida, así que el calor que sentí antes fue su culpa, no quiero sentirme así otra vez. No es que el calor no me haya gustado anteriormente, pero al parecer siempre he sido más de frío. Su calor fue extrañamente incómodo.

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