No, no era un tipo callado. Era una tumba.
Creo que prefiero utilizar la otra metáfora por que la palabra tumba me remite directamente a muerte, y muerte, a fantasma, y fantasma, a oscuridad, y oscuridad a cementerio, y cementerio, a tumba... y aquí sí que llegamos a un revoltijo.
H hablaba muy poco, pero reía mucho y creo que eso me bastaba para guardar un cariño especial por él. Pienso que me sentía atraída por H, y con eso me refiero a que me derretía de amor por él sino que llamaba mucho mi atención su manera de hablar y su manera de no-hablar.
A veces pensaba que había un viejo guardado dentro de una cáscara de niño, incluso llegué a imaginar que era un enano, pero evidentemente era demasiado alto para serlo.
Bueno, quizá no era tan alto, pero debía alcanzar al menos 20 centímetros más arriba que yo. ¿Y yo? Pues debo decir que tenía un tamaño bastante compacto y manejable. Me refiero a it que todo me quedaba muy a la mano. Efraín, un antipático compañero de la escuela, solía decir que mi cara estaba relativamente cerca de mi ombligo, mi cuello muy próximo a mis rodillas, mis orejas a suelo...
No lo puedo negar, yo era de las pequeños del curso; la número dos de la fila. Desde siempre fui tamaño mascota.
Conservo todavía los disfraces que usé en las fiestas especiales cuando estuve en el jardín de infantes. Jamás pude ser princesa o rey mago, siempre me tocó hacer de ratón, abeja o pollito, sin olvidar el estúpido disfraz de Pulgarcito que me otorgó el apodo durante unos meses.
Al ver un fotografía en el álbum, recuerdo indignada que, en una de las presentaciones del jardín de infantes, H hizo de príncipe y tuvo que besar a la pesada de Andrea, que hacía de Blanca Nieves, mientras yo miraba el romántico espectáculo disfrazada de enano gruñón.
H era además muy delgado y su cabello es castaño. Tenía dos ojos, una nariz, una boca y dos orejas. Con esto quiero decir que era bastante normal, sin embargo, Andrea, Carolina y Claudia, las detestables, pensaban que era el mejor exponente masculino de la historia de la primaria del Instituto San Isidro.
Para mí, él era H y punto, mi amigo silencioso.
El camino a la escuela y el obligatorio compartir del aula de clases nos convirtieron en buenos amigos. Lo que en un inicio fue un intercambio de saludos, de a poco fue transformándose en palabras, en gestos comunes y en mucha risa. Sin darme cuenta, un día cualquiera yo había olvidado que H era un insoportable niño y lo había adoptado como amigo.
Siempre llamó mi atención su manera de expresarse. Y es que lo hacía utilizando palabras muy poco conocidas para mí; recuerdo que una vez mientras hacíamos una tarea en casa me dijo: -Ant, me gusta mucho que tu madre sea tan desprendida.
Al escuchar esa frase, yo creí que mi madre se estaba desprendiendo en pedazos como una pared, pensé que caminaba torpemente y que daba la impresión de que caería en cualquier momento. Creí, incluso, que su blusa se había descocido y que se le notaba la ropa interior. Imaginé que H se refería a que mi mamá le parecía muy despistada; en fin, no supe que decir.
H me miró y concluyó:
-Quiero decir que tu madre es muy generosa, Ant.
Sí, H me hablaba con palabras muy difíciles, y a veces me sentía tan avergonzada que evitaba preguntar sus significados para no lucir tan ignorante.
Pero hubo algo que no debí dejar pasar... nunca cuestioné su manera de llamarme.
En un inicio, llegué a pensar que lo decía de cariño, incluso me parecía original, todos me llamaban Toni, pero H era el único que había decidido llamarme Ant.
Cuando caí en cuenta de su patraña, fui hasta su casa y toqué la puerta, H abrió y antes de que pronunciara ninguna palabra irrumpí con un ofensivo griterío.
-¿Sabes lo que es esto?- le pregunté, mientras le enseñaba un pequeño libro.
-Sí- dijo inmutable-, es un diccionario inglés-español.
-Pues sí, y ¿sabes lo que encontré en la primera página?
-La letra A, supongo.
-Lee aquí, zoquete, dice: Ant Hor-mi-ga- ¿Tu lo sabías, verdad? Lo sabías y te burlabas de mí, y yo como idiota celebraba tu originalidad, incluso he firmado en mi pupitre como Ant, sin saber que me estabas tratando como un bicho. ¡Te odio!
Fue la primera vez que vi a H reír escandalosamente, mientras repetía la palabra hormiga, hormiga.
-Bien- dijo entre risas-. No me parece del todo descabellado, eres pequeña, delgada e hiperactiva, pero creo que, si elegiste ese camino, deberías investigar un poco más, Ant.
-No me vuelvas a llamar Ant, bicho malagradecido.
-Bicho... bicho... bicho... bonita palabra, me gusta.
Salí como un trueno de la casa de H y pensé que esa sería la última vez que hablaría con él. Sólo que algo retumbaba en mi cabeza: ¿qué quería decir con investigar un poco más? En todo caso, pensé que más valía olvidar aquel episodio si no quería arruinarme el resto de la vida.
Pero no lo logré fácilmente, aquella tarde estuve a punto de llorar de pura rabia, me sentía decepcionada; luego de haber accedido a compartir mi territorio, mi calle, mi parque, mis historias con H, descubría por pura casualidad, que se había burlado de mi.
Si ese diccionario inglés-español no se hubiera cruzado por mis manos, jamás habría entrado en él, no habría rondado por su primera página en la que aparecía en letras negritas, como las hormigas, la horrorosa palabra Ant.
Por un instante, me provocó destruir, quemar, eliminar el diccionario y echar todo al olvido; pero no podía, lo uno porque el diccionario era de mi papá y lo otro porque aún no recordaba la risita burlona de mi vecino al que ya ni siquiera quería nombrar.
Los días pasaron sin que H y yo volviéramos a hablarnos. Si de casualidad nos encontrábamos en la misma acera rumbo a la escuela, hacíamos como si fuéramos dos desconocidos.
Jamás se lo dije, pero aún con la rabia, lo extrañaba.
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Amigo se escribe con H
Fiksi RemajaTener miedo a las arañas, a los fantasmas o a la oscuridad podría ser común para mucha gente, pero... ¿es posible tenerle miedo a la memoria? Esta es la pregunta que se plantea Antonia, la protagonista de esta historia, mientras camina junto a su a...
