Capítulo treinta

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Aiden:

Le obsequié una fingida sonrisa a la mujer de estatura media y de unos treinta y tantos para que el supervisor de caja no me dijera nada más. Si algo no me gustaba, era sonreír sin ganas. ¿Por qué tenemos que hacerlo? ¿Por qué nos fuerzan a sonreír cuando no lo sentimos? A eso se le llama falsedad. Porque, por más que curves tus labios para dar una buena imagen, en realidad, para los ojos de universo, no estás dando una. Estás siendo falso. Y en mi caso, obligado. 

Desde que llegué al trabajo y tomé asiento en mi caja asignada, mi mala cara llamó la atención del supervisor. Pero no es que era intencional no sonreír, me dolía mucho la cabeza y lo del embarazo de mamá rondando por mi mente no me dejaba tranquilo. Anoche, prácticamente no dormí nada pensando en cómo es que haría y en qué otros sitios podía entregar mi curriculum. Llegar al trabajo sin haber dormido nada no es bueno porque, cuando tienes a supervisores tan molestos y que te reprenden por lo más mínimo, te encuentras con menos energías para soportarlos y corres el riesgo de que se te escape algún insulto ofensivo que haga que se quejen con el de recursos humanos o con el gerente y que hagan una equis en tu expediente por mala contestación a tu superior. 

Fingí otra sonrisa cuando le llegó el turno al siguiente cliente. Más que una sonrisa era una mueca, y eso claramente las personas que pasaban lo podían notar. 

—¿Cuántos años tienes? —me preguntó el hombre de pelo negro—. Te ves muy joven. 

—Tengo dieciocho —respondí.

—Entonces sí, eres muy joven, pero es bueno que quieras trabajar. Y es bueno que hayas conseguido trabajo. 

—En realidad, existen miles de otros lugares en los que me encantaría estar en este momento —solté sin pensar. Mi tono no fue brusco ni nada parecido, fue normal, pero aun así me arrepentí porque tuve miedo de que el supervisor me escuchara y me dijera algo. Sé que él tampoco quería estar trabajando en un supermercado, pero si me hubiese oído me habría dicho que mi comentario estuvo de más, que los trabajadores de allí teníamos que aparentar ser personas emocionadas y agradecidas por el trabajo que teníamos. 

Yo estaba agradecido, pero emocionado... no. 

Saludé y deseé un buen día al hombre. 

Las palabras en el supermercado generalmente eran rutinarias. Siempre decía exactamente lo mismo. 

Mi mente viajó hacia Emma. Anoche me la pasé genial con ella, su familia y mis hermanos. Me llenó de emoción el ver que Nick y Cassie estuvieron en un ambiente cálido, uno en el que la tranquilidad estaba antes que el odio, los gritos y la incertidumbre. Fue una noche distinta, una que, siendo sincero, nunca pude tener. 

Pero ahora mi mente llegaba a otro punto en específico; nuestro beso. Estaba confundido. No sabía bien qué quería hacer. Porque ahora que el día había cambiado y que la excitación y el dejarnos llevar quedó atrás, mi cargo de consciencia me golpeaba para hacerme nidos en la cabeza. 

Maddie me envió muchos mensajes desde ayer en la tarde y hoy también, pero no he podido contestarle porque, cada vez que quiero hacerlo, pienso en lo que hice con Emma. No voy a decir que fue sólo un beso, porque aunque no haya pasado a otro nivel, ese beso trajo consigo muchas cosas. Confusiones, más que nada. Maddie no era mi novia, pero teníamos algo, y ahora esperaba que fuera lunes para contarle a Maddison lo que ocurrió. No le metí los cuernos, pero sí le fallé. Y tenía que decirlo, porque no me gustaba la idea de guardármelo. 

Con Emma no sabía qué iba a hacer. Ella dijo que no, pero me daba miedo que la amistad que formamos terminara marchitándose por culpa de un beso que no me resistí a darle. Por cómo me respondió pude detectar que le gustó tanto como a mí, que lo disfrutó y que el momento se guardaría en su mente de por vida. Pero no podíamos tener algo. No así como así. Primero teníamos que ir viendo cómo iban las cosas. Además, no podíamos empezar algo tan rápido después de Madison. No sería correcto. 

La Tristeza De Sus Ojos #D3Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora