Emma:
Los días junto a Aiden eran de lo más raros. Desde que perdió a su madre ya no era el mismo chico que conocía, y está bien, entendía que él había sufrido posiblemente el golpe más doloroso de su vida, pero cuando cruzábamos miradas, una sensación rara me recorría el cuerpo entero. Intenté que nos sentáramos a hablar en varias ocasiones, pero Aiden no parecía querer ceder y me terminaba aclarando que no tenía ganas de charlas o simplemente me evitaba y me dejaba con las palabras en la boca.
¿Cómo iba a poder ayudarlo si él no me dejaba hacerlo? Yo no podía hacer magia, no tenía una varita mágica escondida en mi pantalón, pero vaya que sí necesitaba una con ese chico. Mis padres también empezaban a notar esa rareza cada que veían a Aiden y, aunque no me lo dijeron personalmente, yo lo sabía porque los escuché hablar en la cocina.
El día del entierro, Aiden salió enojadísimo del cementerio luego de golpear a Peter en la cara, y no supe de él hasta que casi cayó la noche. Con mi madre pudimos mantener calmados a sus hermanos, quienes, cada que pasaba más tiempo, más ganas de ver a Aiden tenían. Cuando lo vi entrar por la puerta de casa, corrí a sus brazos. Me había asustado mucho la manera en la que se había desaparecido. Por un momento llegué a creer que se lanzaría encima de un auto con tal de terminar con su sufrimiento. Por supuesto que ni mis padres ni yo quisimos tocar el tema de los golpes porque no creíamos correcto reprocharlo, sabíamos que él no era malo, sino que se había dejado llevar por el impulso, por el enojo. No era para menos. Yo también me habría puesto igual si veía al tipo que se la pasó golpeándome asistiendo al entierro de mi madre a la que también lastimaba.
Esa noche, Aiden tampoco tocó su plato de comida, pero esperó a que los niños terminaran de cenar para irse a dormir junto a ellos. Quise hablar con él para preguntarle cómo estaba (aunque fuera estúpido hacerlo porque era obvio) y asegurarme de que no necesitara nada, pero me pidió que buscara respuestas positivas de su parte porque no las iba a tener. Me dio un beso en la mejilla y se encerró en el cuarto.
Y esa noche también temí que intentara quitarse la vida.
Desde entonces, es así como los días han estado transcurriendo. Con miedo. Miedo de que se lastime y que no haya vuelta atrás.
Golpeé un par de veces la puerta de su cuarto y me metí cuidadosamente en él. Sus ojos chocaron contra los míos y, a pesar del metro y medio que nos separaba, me di cuenta de sus pestañas mojadas. Hice una mueca involuntaria y luego le regalé una sonrisa pequeña.
—¿Qué sucede? —me preguntó, dándose la vuelta y empezando a acomodar las mantas sobre la cama. Negué con la cabeza, cansada de que me alejara y rechazara mis intenciones de querer darle una mano.
—Verte —respondí, acercándome a él. Le toqué la espalda y se puso un poco tenso. Me observó desde su alta estatura y terminó alejándose de mí y fue hasta su bolso de ropa a cambiarse de remera.
—Es tarde, Emma, quiero dormir.
—Lo sé, pero no hemos pasado tiempo juntos, ni siquiera hemos hablado en días.
—Ahora estoy cansado.
—¿Estás molesto conmigo? —Quise saber, mirándolo cansada.
—No, estoy cansado, quiero acostarme a dormir.
—Siempre que quiero hablar contigo estás cansado.
—Emma, ve a dormir —se dio la vuelta.
—¿Puedo quedarme un ratito contigo? Mis padres ya están descansando, no se darán cuenta de que estoy en tu cuarto. Un ratito nada más.
Miró la hora de su teléfono.
—Es tarde. Quiero dormir.
—¿Tarde? Son las once treinta, hoy es viernes y mañana no te toca trabajar.
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La Tristeza De Sus Ojos #D3
FanfictionAdvierto que la novela tiene contenido sensible. Si vas a leer, lees bajo tu propia responsabilidad. "No tener nada, a veces también es tenerlo todo." © Copyright 2022 PROHIBIDA LA COPIA Y/O ADAPTACIÓN DE LA HISTORIA. DE LO CONTRARIO DENUNCIARÉ.
