Capítulo 6. Felicidad

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     Fueron un par de horas que estuvo encerrada rebanando cada pedazo del cuerpo de Larry, separando la carne de sus huesos hasta que no quedó más que partes de un esqueleto desarmado regados por la sala. Los órganos estaban guardados en una bolsa y cada trozo de carne cortado iba a parar a un balde con agua donde se lavaba para luego cambiar a otro vacío. Cuando al fin acabó tomó los huesos y los metió a una bolsa de basura, no había prisa para deshacerse de ellos. Fue a un fregadero que se encontraba en un rincón de la sala, tomo la manguera que solían utilizar para lavar los cadáveres de animales faenados que iba llegando y comenzó a lavar su cuerpo.
     El gélido chorro de agua caía desde su cabeza hasta sus pies, todo a su alrededor estaba convertido en hielo —con excepción de ella— pero parecía no importarle. Dann estaba sentada en uno de los pequeños congeladores que había en el cuarto, donde se solían guardar pedazos de huesos que se vendía a bajos precios y que los ancianos solían comprar como ingrediente para preparar sopa a sus perros. Notó que la miraba fijamente mientras restregaba la sangre fría de sus muslos, volteó para mirarla por sobre su hombro y le guiño un ojo mientras le lanzaba un beso al aire. Ambas rieron.
     Un gesto tan simple, una broma como podría ser cualquier otra, coquetear a alguien como si fuese un novio de toda la vida mientras la observaba desnuda; Danielle nunca pensó que algún día sería capaz de hacer eso, pero Dann le transmitía una seguridad que la hacía sentir que era capaz de todo. Aunque se le hacía extraño verla y reír con ella, era como ver a otra persona pero al mismo tiempo era verse a sí misma frente de sí, como si fuesen dos personas distintas, pero a la vez conectadas de una manera tal que se sentían como un solo ser.
     — ¿Y ahora como piensas secarte? —Preguntó Dann.
     Danielle se quedó en silencio y rieron nuevamente.
     Luego de un buen rato abrazadas finalmente pudo volver a vestirse. Salieron a la sala de ventas y trapearon la sangre que había quedado en las baldosas. Danielle abrió la cortina y notó que el sol aún no llegaba al medio día. Sacó el balde con los pedazos de carne humana y trozo a trozo los fue introduciendo a una trituradora, mezclándolos con otros pequeños pedazos de carne de cerdo y ternera. Cuando acabó, sacó la bolsa con los órganos y repitió el procedimiento con la carne ya molida y alguno que otro pequeño pedazo de animal que hubiese ya cumplido un par de días en el congelador escaparate.
     Una anciana de avanzada edad entró a la carnicería, era pequeña y de espalda encorvada; empujaba un pequeño carrito con ruedas que se solía usar en las ferias para transportar las verduras y hacer menos pesadas las compras.
     La anciana le saludó amablemente y le hizo una pequeña compra para el almuerzo del día. Cuando se iba retirando del lugar Danielle la detuvo, ella sabía que la anciana se resguardaba en su casa con un par de perros que protegían su hogar de los bandidos, así que ¿Por qué no compensar el arduo trabajo de los canes? Le ofreció la barata del día, "carne molida con menudencias varias", sobras de días anteriores que no habían podido venderse pero que podrían significar un nutritivo almuerzo para sus mascotas y a solo un cuarto de precio. La anciana no lo pensó y llevó un kilo, la oferta era tentadora y de seguro sus pequeños guardianes lo merecían. Así, finalmente y luego de varios clientes logró deshacerse hasta del último gramo de su padrastro, de una vez y para siempre. "Fue más fácil de lo que pensamos" observó.
     A las ocho ya había oscurecido, era hora de ir a buscar a Emilia y ya no tenía a nadie que la obligase a estar hasta más tarde, el negocio era todo de ella, sabía cómo manejarlo así que podría hacer algo de dinero con él y con los polvos y pastillas que habían quedado en su casa (Si es que su madre no los había encontrado), por lo que durante un tiempo no necesitaría buscar un trabajo. Se tomó de la mano con Dann y comenzaron a caminar.
     A cada paso que daba se iba convenciendo de la idea de que ya no había nadie en casa que supusiera un peligro para Emilia, eso la alegraba, pero más la alegraba aún el hecho de saber que ya no habría nadie que volviera a tocarla.
     A cada paso la felicidad de su cuerpo iba incrementando, los pasos que daban se comenzaron a volver pequeños saltos, el miedo y la desesperación que hace unas horas había sentido se había convertido en alegría y la sensación era tan fuerte que no pudo soportarlo más. Tomó a Dann de ambas manos y comenzó a dar vueltas por la vereda sin nada que las observara más que la luz parpadeante de los focos, luego giró envolviéndose con su brazo como si de un baile se tratara haciendo que la abrazara por la cintura presionando todo su torso contra su espalda. Frotaban sus mejillas como si quisieran fundirse en un solo cuerpo, Danielle tomaba sus manos y la hacía presionarla más fuerte contra sí. Ambas reían a cada apretón que se daban, pero el recuerdo del asesinato que había cometido la hacía reír aún más. El recuerdo del cadáver despezado por el frio suelo de la carnicería la llenaba de júbilo y Dann la acompañaba en cada carcajada y cada sentimiento era correspondido por ella, como si todo aquello que sintiera una creara una reacción espontánea en la otra.
     Casi al llegar a una esquina un muchacho de la misma edad de Danielle la miraba desde el otro lado de la calle. Se quedó observando como la silueta de una muchacha daba vueltas mientras reía y se abrazada a si misma bajo las sombras de los árboles que la luz de los focos no alcanzaban a iluminar. La extraña escena le provocó curiosidad, la risa suave le hizo ver que no se trataba de alguna vagabunda borracha ya que a ellas el mismo alcohol les había deteriorado la voz hasta el punto de hacerlas roncas. La chica comenzó a avanzar mientras seguía girando sobre sí misma, cuando la luz de uno de los focos la alcanzó supo que era Danielle.
     —Hasta que al fin te volviste loca, zorra —Gritó desde el otro lado de la calle.
     Danielle se detuvo de lleno y lo miró con una sonrisa nerviosa, era Camilo, uno de los amigos de Marco con el que solía lidiar cuando ellos estaban aburridos. Hace dos días lo había golpeado en la espalda con el tubo de fierro y tal vez aprovecharía ese encuentro para vengarse. Su cuerpo se sentía adormecido, sentía un poco de miedo por haberlo encontrado pero al mismo tiempo quería seguir riendo. Dann apoyó su mentón sobre su hombro.
     — ¿Recuerdas que te dije que recién habíamos comenzado? —Le susurró.
     Danielle se sentía cada vez más ansiosa, su cuerpo comenzó a tiritar como si no soportara la idea de verlo ahí, de pie, tan tranquilo. Imágenes de él comenzaron a dar vueltas por su cabeza, recordó sus manos tocándola de vez en cuando mientras los otros la sujetaban, los golpes que le habría dado a Franco mientras ella no podía más que solo mirar desde el suelo... quería correr, pero no escapar, más bien correr hacía él y despedazarlo con sus propias manos. Su cuerpo comenzaba a temblar cada vez más fuerte. Giró un poco la cabeza y miró a los ojos de Dann. Respondió su pregunta asintiendo con la cabeza.
     —Te dejé un pequeño regalo en el bolsillo de la sudadera.
     Danielle metió la mano al bolsillo tipo canguro de su sudadera y sus manos dieron con un pequeño objeto de metal, la navaja que solía ocultar en su mochila, la reconoció al instante. Caminó lentamente hasta que llegó a la esquina, miró la distancia entre Camilo y ella: "uno, dos... cinco pasos largos". Sacó la navaja y la oculto tras su espalda, el sonido de la hoja saliendo de golpe impulsada por el resorte hizo ¡Tack! Pero él no se dio cuenta.
Su respiración se aceleró, su cuerpo estaba tenso, temblaba, pero no era miedo, sentía emoción. Dann se acercó suavemente por sobre su hombro, él seguía mirándola, extrañado por el hecho de que ella ni siquiera le respondiera. Dann tomó un poco de aire, el sonido de su respiración hizo que Danielle se erizara de una manera que le agradaba. Estaba lista. Dann abrió lentamente sus labios... "¡Hazlo!"
     Cinco pasos largos, Camilo intentó anticiparse y tomarla pero Danielle se abalanzó sobre el con un salto, usando el impulso de la carrera y su peso hizo que la navaja se clavara sin ninguna dificultad en su pecho. Cayó al suelo con Danielle encima, intento gritar pero antes de que pudiera hacerlo ya le había cortado el cuello y se ahogaba con su propia sangre.
     Danielle miró a su alrededor, no había nadie por esas calles pero era cuestión de tiempo a que alguien se asomara o pasara por mera casualidad. Aún seguía vivo, pero no le quedaba más que unos segundos. Aprovechó su soledad para revisar sus bolsillos y tomó la billetera y el teléfono que llevaba con él, hacerlo parecer un robo serviría para desviar cualquier posible sospecha de simple asesinato al menos por un tiempo. Guardó los objetos en su bolsillo y vio que sus ojos ya se habían apagado, "¿Por qué no darse un pequeño gusto?" pensó, y le clavó la navaja otras doce veces antes de correr del lugar.
     Siguió saltando, siguió bailando, siguió riendo, por fin era dueña de su felicidad y sabía muy bien que si alguien intentaba volver a quitársela podría simplemente deshacerse de esa persona. Ya no había nada ni nadie que le infundiera temor, por fin era libre, por fin podría volver atrás y recuperar a aquella niña alegre que tanto amaba ser, por fin podría volver a ser ella misma. Cantó.
     Franco abrió la puerta, Danielle le sujetó y le beso fuertemente la mejilla. Fue al sofá donde estaba Emilia viendo televisión, estaba más tranquila, su temperatura se había normalizado pero aún guardaba esa expresión de temor y tristeza. Le besó la mejilla y el roce de su suave piel con sus labios la hizo estremecer, la besó otra vez, podía sentir como su calor le quemaba los labios; la volvió a besar, era suave, cálida, sus mejillas redondas y rosadas se sentían como si besara un algodón de azúcar; la besó otra vez, en la frente, la otra mejilla, el cuello... sintió su aroma; le besó el cuello otra vez, no podía parar de hacerlo. El roce de la suave piel de Emilia con sus labios la hizo llorar pero no quería parar de besarla. Quería recuperar en ese mismo momento todos aquellos besos que nunca pudo sentir. Los besos de Danielle le hicieron cosquillas y comenzó a reír, la risa de Emilia y el sonido de los besos de Danielle sonaban en toda la sala. Franco la miraba extrañado, nunca la había visto comportarse así, siempre era fría, distante. Si bien no lo era con Emilia tampoco había tenido algún arrebato de emociones de esa forma con ella. Danielle la rodeó con sus brazos, Mili reía mientras ella lloraba, había sido así desde hace años, pero esa ocasión tenía otro significado.
     Franco prefirió no hacer preguntas. Danielle se llevó a Emilia y caminaron juntas por las oscuras calles, en una esquina vio unos carros policiales con una ambulancia y una aglomeración de gente, Emilia miró curiosa, pero no preguntó nada, siguieron caminando.
     — ¿Papá esta en casa? — Preguntó Emilia, con temor.
     —No, dijo que se iría de viaje, así que no lo veremos en mucho tiempo.
     — ¿De viaje, a dónde fue? —Preguntó intrigada, pero más aliviada.
     —No lo sé, creo que dijo algo de viajar en perro.
     — ¿En perro? Eso es extraño.
     —Y que lo digas.

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