Los pasos retumbaban por los pasillos vacíos, las clases habían terminado hace ya media hora por lo que nadie además de uno que otro funcionario de la escuela quedaban ahí. Una figura de mediana estatura, delgaducha y de ropas descuidadas por el tiempo corría de un lado a otro revisando los vacíos salones. Aquella figura de ya dieciséis años jadeaba cada paso dado subiendo las escaleras, bajándolas, corriendo, tropezando y gruñendo en lamentos por haberse descuidado. A lo lejos, escuchó un grito que provenía de algún lugar de la escuela; "¡Los salones nuevos!" Se dijo, y corrió nuevamente, esta vez más a prisa. Entró a uno de los salones que se encontraban en construcción en el sector más alejado de los terrenos del lugar, ahí, en un rincón, un grupo de cinco muchachos que bordeaban su misma edad se divertían pateando a otro que se encontraba tirado en el suelo. La muchacha tomó un pedazo de tubo de fierro que tenía a su alcance y arremetió contra el grupo, logrando dar un fuerte golpe a uno de ellos en la espalda antes de que los demás se alejaran.
— ¡Esto ya fue suficiente, hijos de puta. Al próximo que dé un paso le parto la cabeza!
Uno de los muchachos dejó salir una risa burlesca mientras los otros simplemente aguantaban la suya.
—Por favor— dijo uno en tono burlesco—, no te enojes con nosotros, mi querida Danili... —El tubo de fierro se dejó caer con tanta fuerza que la baldosa del suelo saltó en pedazos. De no haber sido por aquella suerte de reacción Danielle habría cumplido su promesa de partirle la cabeza.
—Solo una persona puede llamarme así, imbécil. Ahora, Marco, llévate a tus zorras antes de que a ellos también les toque probar su suerte.
La furia en los ojos de la chica destellaba casi hasta las lágrimas, su cuerpo estaba tan tenso que no se permitía temblar. Marco, quien había caído al suelo luego de esquivar ese golpe se levantó completamente enfurecido al ver como su vida casi había sido arrebatada por aquella a quien no recordaba más que como una lata la cual patear desde que iban juntos en los grados inferiores, en la clase de la profesora Sandra.
—Tú, perra... —Dijo entre dientes mientras se levantaba. Del bolsillo de su pantalón sacó una navaja mientras sus compañeros lo observaban atónitos. — ¡Voy a rajarte el coño hasta la garganta!
Sus cuatro compañeros se abalanzaron contra él intentando contenerle. Los fuertes gritos llamaron la atención de un trabajador que se paseaba por las cercanías de los salones mientras esperaba el inicio de su turno. La voz de aquel hombre llamando a lo lejos puso en alerta al grupo, Marco se contuvo y dejó de forcejear con sus compañeros, los cinco salieron corriendo del lugar mientras Danielle seguía rígida sosteniendo el tubo de acero.
—No debiste hacer eso, terca —La voz de aquel muchacho tirado en el suelo no expresaba más que dolor físico. Danielle había aprendido a reconocer el grado de dolor que sentía su amigo con el tiempo, tantas veces escuchándolo quejarse luego de una golpiza le habían enseñado a reconocer la gravedad de los golpes que había recibido. Claro que ella también lo había experimentado en carne propia de manos de la misma pandilla y no solo de ellos.
—Llevan años haciendo lo mismo, —dijo Danielle, al fin dejando las lágrimas brotar de sus ojos— si ellos no hacen algo tenemos que hacerlo nosotros.
La voz de aquel trabajador se acercaba cada vez más, Danielle pudo por fin moverse, ayudó a Franco a levantarse y lo sacó de ahí antes de que los encontraran. Se ocultaron en uno de los salones vacíos y esperaron un par de horas hasta que fuera seguro salir.
— ¿No tienes que ir a trabajar? —Preguntó Franco.
—Puedo tomarme la tarde —respondió Danielle —, después de todo hoy no es un buen día.
— ¿Alguno lo es? —Dijo Franco, dejando salir una carcajada que le dolió en el abdomen.
—Ese lugar insalubre no es más que una fachada —agregó Danielle, riendo de vuelta—, su negocio es venderle porquerías a los drogadictos de la ciudad.
— ¿Cuándo piensas marcharte de ese lugar?
El tono de voz de Franco había cambiado, ya no era gracioso ni doliente. Danielle recordaba bien la última vez que le escucho ese tono de voz, tan serio, y una voz tan gruesa que no parecían los chillidos que dejaba salir siempre cada vez que hablaba. Guardó silencio. Gritos lejanos volvían a su cabeza mientras recuerdos de años anteriores que preferiría dejar atrás nuevamente parecían cercanos. El miedo cada vez que veía la puerta de su habitación abriéndose a mitad de la noche y el dolor luego, cuando esta se iba cerrando. Sentía un dolor que nacía desde lo profundo de su vientre y recorría todo su cuerpo hasta anudarse en su garganta. Iba a llorar, quería hacerlo, pero no lo haría, no otra vez, no por ello.
—Cuando pueda llevarme a Mili —respondió al fin, —apenas tenga la oportunidad de hacerlo y alejarla de ahí.
Danielle se levantó y miró por la ventana del salón, le dirigió una mirada a Franco y le tendió la mano para ayudarlo a levantarse, por lo visto ya podía caminar con normalidad. Salieron de la escuela y cada quien tomó rumbo hasta sus casas, ya casi iba a anochecer, por lo que si se apresuraba podría llegar a tiempo antes de que él llegara.
La pregunta de Franco daba vueltas en su cabeza, no era nada nueva, ya se la había hecho hace un año, aquella vez le respondió de una forma poco agradable y se distanció de él por unos dos meses, hasta que en una situación similar a la de ese día había tenido que amedrentar a Marco y sus amigos otra vez para que los dejaran en paz. Aquella vez había recibido nada más que una bofetada de Marco, lo cual era extraño, quizás porque al igual que hace unas horas ya se habían cansado con Franco.
Caminó por algunos minutos hasta que llegó a su casa. Se detuvo en la reja y vio que las luces aún estaban apagadas, "oh, mierda" se dijo, y corrió en otra dirección. Mientras corría abrió un bolsillo pequeño de su mochila, sacó una navaja que llevaba oculta y la empuño fuertemente, lanzó la mochila a un contenedor de basura y aceleró la carrera. "Tiene que estar ahí, tiene que estar ahí, tiene que estar ahí" se repetía mientras sentía como su pecho se contraía de dolor. Cualquier cosa podía permitir e ignorar, podía soportar todo el dolor que le ofrecieran y ella se mantendría en pie, hasta sonreiría y lo disfrutaría si se lo ordenaban, no dejaría que nada la quebrara, pero había una sola cosa que ella sabía muy bien jamás podría soportar.
Pasadas unas cuadras llegó a un jardín infantil, ahí, en el patio que lograba verse desde afuera de la reja, una pequeña esperaba sentada bajo la luz de uno de los focos del lugar. Danielle entró por la puerta principal y se dirigió a la niña que se encontraba ahí sentada. La pequeña, al verla, gritó de alegría y se lanzó a sus brazos.
—Siento haber tardado —dijo Danielle sollozando mientras la abrazaba, aliviada.
—Hoy la maestra me felicitó porque fui la única que pudo hacer la tarea y... me dio un premio y... Domini se enojó conmigo porque dijo que ella es la más lista del mundo y... yo me puse triste porque se enojó pero después le compartí de mi colación y... no se enojó y... me puse feliz de nuevo entonces porque ya no estaba enojada y... yo ya no estaba triste pero como comí menos quedé con hambre entonces Facu me dio de su pan que él tenía y... estaba rico porque ¡tenía queso! y... el queso a mí me gusta mucho porque es ¡muy rico! y... ¿Por qué estas llorando?
—Porque... verte me pone tan feliz que lloro de alegría —Mintió, aunque para ella no era del todo mentira. Si, la llenaba de alegría ver a su pequeña hermana, tan inquieta, tan alegre, tan como a ella no le habían permitido ser. Pero lloraba porque sabía que todos aquellos pensamiento y todos aquellos recuerdos que vinieron a su cabeza mientras corría, ese miedo al abrirse su puerta y ese dolor cuando se cerraba, todo lo que había vivido hasta ese momento podría repetirse y Danielle sabía que acechaba en las sombras, esperando la oportunidad de que ella no estuviera cerca de su hermana para detenerlo o convencerlo de tomarla a ella a cambio, porque él ya lo había intentado y ella ya lo había hecho.
—Yo también estoy muy feliz de verte y... sabía que llegarías, por eso te esperé.
—Hiciste muy bien en esperarme — la felicitó mientras tomaba la pequeña mano de la niña, se secó las lágrimas y le sonrió, —ahora iremos a casa y te preparare algo muy rico para cenar.
— ¿Pan con queso? —Emilia tenía una enorme sonrisa dibujada en la cara.
—Si... —"ya que remedió" pensó Danielle — Si, pan con queso.
— ¡Yay!
ESTÁS LEYENDO
Sinister
HorrorEn esta pequeña historia seguiremos los pasos de Danielle, una joven de dieciséis años la cual acompañada de un ser creado por sus más oscuros sentimientos decide recuperar aqueños años de su vida arrebatados por los abusos de quienes pronto conocer...
