Capitulo 7. Carta de amor

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     El lunes, a primera hora en la escuela, se celebró un pequeño homenaje en nombre de aquel compañero que había sido brutalmente asesinado ese fin de semana. Desde su lugar en la fila Danielle alcanzaba a ver de reojo como Marco y los otros tres restantes lloraban por su amigo perdido. Era una mañana de frío, por lo que aprovechó para cubrir su boca con su bufanda y de alguna forma ocultar esa sonrisa que no podía borrarse de la cara. En un momento por los parlantes de la escuela se dejó oír una triste canción de despedida, la mala calidad de los aparatos hacían un ruido molesto el cual usó cubrir una pequeña risa, cuidando en todo momento de no explotar y dejarse llevar por el chiste que la escena le significaba. Sobre la tarima dónde la directora de la escuela daba su discurso, Dann la miraba con las mismas ganas de estallar en risas, tapándose la boca con ambas manos y haciéndole señas para que se calmara y guardara silencio, como si entre ambas se lanzaran bromas a la distancia e intentaran no dejarse llevar por la situación.
     El día transcurría prácticamente normal, si bien la muerte de Camilo era un tema bastante serio de conversación, aquel final que tuvo no pareció afectar en gran medida a los demás estudiantes.
     Danielle se sentaba en el último asiento al rincón de la sala, desde ahí podía ver todo lo que sucedía en el salón y además tenía la ventaja de poder ocultar su rostro cada vez que algún profesor volvía a mencionar el tema. Quería disimular la alegría que sentía, pero al mismo tiempo quería que Marco supiera que había sido ella y que pronto iría por él.
     Al toque de campana todos salieron al descanso, Franco acompañaba a Danielle a donde quiera que fuese y no se despegaba de ella. Si bien tener la compañía de él era reconfortante desde que llegó Dann sentía que ya no lo necesitaba, y en algún momento su presencia comenzaba a sentirse molesta. Dann caminaba con ellos, le hablaba pero solo le respondía con pequeños gestos, articular una palabra sería como lanzarla al aire y comenzar a generar sospechas. En un principio no se había dado cuenta, no fue hasta esa noche que caminó con Emilia de vuelta su casa que se percató que solo ella podía verla y escucharla. En un momento le habló y ella simplemente le respondió de vuelta, Emilia le preguntó que con quien hablaba y ella no a tino más que a solo decirle que pensaba en voz alta. Volvió a creer que no era más que una ilusión y que se estaba volviendo loca, pero todas esas sensaciones que le provocaba se sentían tan reales que la idea de que Dann no fuese más que el producto de su imaginación se esfumaba en seguida.
     La campana marcó la entrada a clases nuevamente. Desde su privilegiada posición en la sala aprovechó de hundirse en sus pensamientos y simplemente dejarse llevar por su imaginación. Escuchaba la voz de Dann dentro de su cabeza, ella le respondía en sus pensamientos. En un momento levanto la mirada y la vio sentada en la mesa del profesor acariciando su cabeza calva y jugueteando con los pocos pelos que le quedaban. Danielle tuvo que contener que la risa que le provocaba verla, los gestos y bromas que le lanzaba hacían que poco a poco comenzaran a escapar pequeñas carcajadas más fuertes. Una chica que se sentaba en el pupitre de al lado la miro extrañada, ella se dio cuenta y rápidamente intento mantener la compostura y ocultar su rostro en su cuaderno.
     "Deja de hacer eso o me descubrirán" pensó. Miró a Dann y con un gesto de complicidad movió su cabeza de lado a lado. "No", le respondió. La había escuchado, podían hablar sin necesidad de usar sus propias voces.
     Durante el resto de la mañana no presto atención más que a Dann, hablaron sin parar hasta que finalmente sonó la campana que marcaba el segundo descanso de la mañana. Franco se dirigió al puesto de Danielle para que pasaran juntos el descanso pero ella se levantó y sin decir nada salió del salón. Se mantuvo en compañía de Dann, esquivando a todos quienes se encontraran.
     En el kiosco de la escuela solían formarse grandes aglomeraciones, por lo que a veces los grupos de amigos solían enviar a uno para que hiciera las compras de todos y Esteban no era la excepción, uno de los amigos de Marco y convenientemente el único que no se sentaba con el grupo. Fue al montón de personas que se había reunido para intentar comprar algo, como pudo paso entre todos hasta que lo encontró. Como siempre lo habían enviado solo, así que se puso al lado de él y fingió intentar comprar algo. Esteban notó su presencia de inmediato, Danielle solía un perfume barato que nadie más en el salón usaba y lo habría estado comprando por años, por lo que aquel olor dulce y barato era inconfundible.
     Quien atendía el pequeño local paseaba entre las manos de los desesperados que intentaban de alguna u otra manera el conseguir su objetivo. Por fin llegó a Esteban, Danielle estiraba su brazo lo más que podía para intentar sobre salir entre los demás. Hizo su compra, la miró intentando parecer hostil y tomó el dinero de su mano.
     —No me quedes mirando, hay gente que tiene prisa.
     —Oh, lo siento —dijo fingiendo sorpresa—, emmm... eso... y eso de ahí.
     —Lo que ella pide —agregó a su pedido.
     —Gracias, eres muy amable —le pasaron lo que había apuntado e hizo una pequeña pausa—. Ojala los otros fueran igual de vez en cuando.
     Se quedó en silencio unos segundos, miró a su alrededor y luego intentó ver por encima de la muchedumbre, tomó el hombro de Esteban y lo empujo suavemente hacia abajo, se levantó con la punta de los pies dando un pequeño salto y le besó la mejilla, luego volvió al salón.
No había nadie adentro. Tomó una hoja de cuaderno, sacó los lápices de múltiples colores que tenía una de sus compañeras de clases dentro de su mochila y escribió un infantil mensaje el cual roció con un poco de perfume. La siguiente clase era la de matemáticas, por lo que fue al puesto de Esteban y lo ocultó en su cuaderno.
     Conocía a Marco y sus amigos desde hacía años, se había dado cuenta cómo funcionaba la personalidad de cada uno y por alguna razón sabía bien que hacer para llamar su atención. Esteban era un caso especial dentro del grupo, a diferencia de los otros tres era el único que no participaba cuando la presa era ella, él simplemente prefería vigilar por si alguien venia y, a veces, había caído en cuenta que en más de alguna ocasión había mentido para que la soltaran y escaparan del lugar. Desde hace un par de años había notado que a veces solía mirarla durante el día y tenía un odio especial por Franco, con quien era especialmente violento cuando pasaban juntos mucho tiempo. Parecía la presa más fácil así que por consejo de Dann decidió comenzar con él.
     De vuelta en la sala de clases cada quien sacó su cuaderno, desde su lugar observo como como Esteban leía su pequeño mensaje, no parecía siquiera sospechar de quien le había dejado aquella carta, pero al momento de olerla volteó hacía ella. Tardó un poco en desviar la mirada para que viera que lo estaba observando. La expresión en su rostro era diferente, no miró a sus amigos, releyó la carta. Danielle vio cómo se ocultó tras su libro de clases y la olió otra vez.
En la carta había expresado un serio interés en él, escribió un par de cosas que recordaba de una serie que vio en televisión y pidió una reunión en privado con en el pasillo cuando no hubiese nadie. Termino arriesgadamente con una indicación "Rompe esta carta y tírala en el tacho de basura del salón, así sabré que me aceptas". Lo hizo. Solo quedaba esperar.
     La pausa del almuerzo llegó, era la más larga y la única donde nadie recorría los pasillos, por lo que estarían completamente solos. Esteban llegó al lugar indicado y se encontró a Danielle quien lo esperaba.
     —No pensé que vendrías —dijo Danielle —, por un momento creí que le enseñarías mi carta a tus amigos y se burlarían de mi... pero en verdad eres diferente a ellos.
     —Tenia curiosidad de saber que estaba pasando, ¿por qué yo?
     —Porque sé que no eres como ellos. También he notado que me observas, al principio era extraño, pero... con el tiempo creo que me comenzó a gradar que lo hicieras.
     — ¿Aun cuando pasaban todas esas cosas?
     —Tú eras el único que nunca me había hecho daño. Comprendo que te dejes llevar por los demás, en verdad son tenebrosos. Sin embargo, sé que muchas veces has mentido solo para que me dejen en paz.
     Danielle se acercó más a él, la distancia era tan corta que el olor dulce de su perfume le llegaba suavemente. Tenía unos ojos inseguros y una voz que parecía dudar, notó que ella quería hacer algo pero el miedo no le permitía dar ese paso.
     — ¿Qué significa todo esto? —Preguntó intentando hacerla avanzar más.
     —Por alguna extraña razón, cuando has estado ahí...
     Siguió acercándose hasta apoyar su cabeza en su pecho. La mano de Esteban se posó en su cabello desordenado mientras la otra fue atrapada por las pequeñas manos de ella. No comprendía lo que estaba pasando, pero la sensación en su pecho le hacía entender que era algo que quería que sucediera hace algún tiempo.
     —Por alguna razón cuando tú estás cerca me siento segura —Añadió.
     Se levantó lentamente en la punta de sus pies, pero solo alcanzaba a topar su mentón con su nariz. Esteban se agachó para encontrarse con sus labios, miró el pequeño rostro de ella, sus ojos estaban cerrados y sus delgados labios se estiraban intentando alcanzarlo. Cerró sus ojos y se unió a ella. Su mano recorría su delgada espalda mientras con la otra le presionaba suavemente la cintura. La tensión y dudas que sentía de a poco se fueron disipando hasta que sus lenguas se encontraron y se dejó llevar.
     Un fuerte dolor en el cuello le hizo abrir los ojos de golpe. Danielle lo miraba fijamente mientras su mirada reflejaba una alegría inconmensurable. Intentó apartar su cabeza pero lo tenía sujeto con fuerza. Trataba de empujarla pero sus bazos lentamente perdían las fuerzas y no podía despegarse de ella. El pequeño cuerpo de Danielle lo empujó lentamente hasta que quedó pegado a una pared. Su vista comenzaba a difuminarse, su cuello dolía, un hilo de calor bajaba hacia su pecho y no podía escapar de ella. Un suave frio recorrió su cuello de lado a lado, rápidamente comenzó a ahogarse en su propia sangre mientras su alrededor se alejaba de él. Intentó gritar, pero la cálida mano que antes tomaba la suya se había aferrado a su boca. Los delgados dedos se clavaban en sus mejillas, la desesperación lo hacía retorcerse. Con sus manos libres intentó golpearla pero el dolor de su cuello paso a su pecho una y otra vez, luego a su estómago y otra vez en su pecho. Calló al suelo.
     —Me salpicó —dijo Danielle mientras miraba al vacío de su lado—, no tengo algo como para cubrirlo. Si... ¡Oh! Cierto, tienes razón.
     Poco a poco su vida se marchaba, no veía más que la silueta de Danielle hablando al vacío, dando pequeños saltos y riendo como si estuviera hablando con alguien más. Pronto quedó inmóvil y todo a su alrededor se apagó.
     La hora de descanso acabaría en unos minutos, los estudiantes y profesores se preparaban para recibir sin muchos ánimos el toque de campana que marcaría el regreso a las clases. Franco se encontraba en el segundo patio de la escuela, sentado viendo un partido de futbol entre alumnos de otros cursos. De pronto, el fuerte grito de varias personas lo hizo estremecer. Rápidamente subió las escaleras al primer patio. Ahí sobre la multitud, un cuerpo desconocido colgaba desde una ventana. Camino hacía la escena y se detuvo a medio camino. El rostro desfigurado lleno de cortes no permitía reconocer la identidad de aquel que colgaba amarrado del cuello. Del vientre abierto del cadáver escapaban la sangre y órganos que cubrían el espacio mutilado donde hace no más de un rato se encontraban sus genitales. En su pecho varios cortes le habían desgarrado la piel de tal manera que se lograba diferenciar un gran número "2" aun sangrante.
     Llantos desesperado se dejaban oír entre los gritos, un par de alumnos simplemente vomitaron donde se encontraban. Franco buscaba en todas direcciones pero no había rastro de Danielle por ningún lado.
     — ¿Qué rayos es eso? —dijo una voz detrás de él.
     — ¿Dónde te habías metido? Acaban de matar a alguien
     —Me encerré en el baño, no me he sentido bien hoy y he querido estar sola. Pero escuche los gritos y salí.
     La tranquilidad que mantenía ante la escena lo hizo estremecer, su mirada indiferente se clavaba al cuerpo como si este la tuviese hipnotizada. Sus ojos redondos reflejaban una luz que escapaba por los cristales de sus anteojos. Verla tan indiferente lo ponía nervioso, verla tan serena le daba escalofríos, pero ver aquel brillo en sus ojos mientras observaba el cadáver destrozado colgando de la ventana lo aterraba.

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