La añoranza en una tina de baño

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Llego a casa, hoy fue un día intenso, creo que simplemente mi cuerpo supo llegar, sin mis instrucciones, a casa por sí mismo.

Simplemente quería, necesitaba, dejar todo el día atrás.

Pensaba en ti, obviamente lo sabes. Siempre estás en mi mente. Al despertar, en el café de la mañana, en los 5 o 10 minutos que tomo a medio día para despejarme del trabajo estirando un poco las piernas después de llevar toda la mañana sentada frente a la computadora revisando y contestando correos.

Durante la comida, sin importar si estoy sola o acompañada, usualmente surge algo y por mi mente está el pensamiento de querer contártelo, platicar de ello y reír o llorar dependiendo de cuál de las dos lo amerite. Recuerdo el contacto de mi cuerpo con el tuyo en el momento de saludarnos o cruzarnos por los pasillos. De voltear a buscarte entre toda la gente alrededor, y encontrarme de lleno con tus lindos y tiernos ojos cafés mirándome. Entonces una sonrisa cruzaba por en medio de nosotros. Creo que a veces la atrapábamos antes de que saliera de nuestros labios, y otras no poníamos tanto esfuerzo en encerrarla.

Moví la cabeza de izquierda a derecha, esperando un crack en el cuello que me liberara del dolor que traía. Lo mismo buscaba cuando estiré los brazos muy arriba para ver si la espalda tronaba y descansaba un poco. Ambos lo hicieron, pero el dolor físico no disminuyó del todo.

Requería un baño relajante. Una lágrima se me escapó y cruzó todo mi rostro. Limpié a esa fugitiva, un poco molesta. ¿Cómo osaba desafiarme y huir de mí de la celda donde la escondía? Pero parece que la muy lista tenía planeado el escape de todas las de su especie. Una a una brotaron lágrimas, decenas, cientos de ellas mientras yo desnudaba mi cuerpo y tú estabas ahí.

Tú estabas ahí. Tal vez no lo sabías. Pero desde hace algún tiempo estás dentro de mí, todo el tiempo. A veces sales, pero casi siempre estás metido en mi cabeza.

Durante el día había querido enviarte algunos mensajes, pero simplemente me quedé en blanco. Toda la poesía melosa ya estaba escrita. ¿Cómo podría expresar todos los sentimientos y sensaciones que despertabas si no encontraba las palabras necesarias? Cómo decirte que te anhelaba tanto que mi voluntad se había esfumado, que todo mi ser te buscaba a tal grado que probablemente hasta mi sombra se había mudado a tu lado.

Intentaba deshacerme de mi ropa. Una a una mis prendas deslizaba hacia el piso. Y en verdad era como si fueran tus manos las que hicieran toda la labor.

Y no era algo difícil. Hacía tiempo habías logrado desnudar mi alma. Mi ropa solo estaba completando la labor.

Deseaba tanto que fueran tus manos quienes delicadamente retiraran mis lágrimas y cualquier barrera que estuviera interponiéndose entre nuestros cuerpos.

Eras tú, tu esencia, quien a través de mi quitaba todas las barreras que me mantenían lejos de ti, capa por capa. Esas que, llenas de miedos, inseguridades, tabués y prejuicios cubrían mi cuerpo, mi mente y la nublaban de modo tal que no pudiera salir de mí misma. Era prisionera dentro de mi propia mente, esa que me impedía escribirte, llamarte, sentirte, quererte.

Mi cuerpo reaccionó al primer instante en el que te pensé. No necesitaba más que tres letras para que mi cuerpo te llamara a gritos y despabilara a mis adormilados deseos, que hiciera que mi piel despertara al primer contacto anhelándote a ti. A tus labios recorriéndola con besos en el cuello, a tus dedos recorriendo mi espalda causando electricidad en mí. A mis manos que inútilmente intentan cubrir mis senos de tu vista cuando conoces mi alma, que es aún algo más íntimo de mí que mis senos que has tocado, besado y apretado contra tu cuerpo cada vez que el sexo completa mis sueños.

Y a pesar de que todo sucede en mi mente, mi cuerpo aun no distingue la realidad de la ficción. Mi piel erizada recibe de buen modo la idea de quitarme la ropa y ante el clima frío y lluvioso que hubo todo el día resiente el cambio de temperatura y pone a todo mi cuerpo en tensión. La última prenda cae al suelo. Está húmeda, ya que es quien sabe mis más íntimos deseos y cómo mi cuerpo y mente se coordinan en tu búsqueda.

Después del baño una zambullida en la tina tal vez me refrescará la mente. Mi cuerpo aún desprende su aroma de iris y pachuli cuando entro en el agua caliente de la tina. Contigo en mente imagino cómo sería sentir el toque de tu piel en la mía. Recorro cada una de las zonas de mi piel, de mi cuerpo que te esperan tratando de decirles pronto, un pronto que ni yo misma conozco cuánto durará.

Y así, después de recorrer mis cansados brazos que aún no te encuentran, mi cansada espalda que no ha recibido tus abrazos cálidos y sanadores, mi pecho que sentía los latidos de tu corazón a la par de todas mis piezas rotas, dispersas uniéndose mientras decías que ahí estarías, mi cintura que rodeabas cuando terminabas de girar mi cuerpo en un paso de baile mientras sonreías y decías que bailarías conmigo en la cena (esta vez sí), imaginando un bello vestido acorde al momento para que tú quisieras que la noche fuera eterna, igual que yo.

De solo imaginar comienza a doler todo el cuerpo, recojo mis piernas y pego mis rodillas en una posición en la que me siento tan pequeña, tan frágil. El agua comienza a completarse nuevamente con lágrimas y siento que inundaré toda mi casa.

Deseo tanto sentir tu mano recorriendo mi cabello como tantas veces lo hiciste, diciendo que todo estará bien. Tus manos rodeando mi rostro y pidiéndome que deje de llorar, cosa que no he podido lograr desde esa tarde de julio.

Porque esa tarde comprobé lo que llevaba algún tiempo sospechando. Mi corazón, mi alma, mi cuerpo, mi voluntad pertenecían a alguien más. Alguien que provocaba sonrisas tontas en mi rostro, alguien que sanaba mi alma, alguien que me enseñaba de música y me hacía recordar otras tantas canciones, alguien que me inspiraba a cantar, que sacaba la mejor versión de mí cuando había tantas veces que no entendía a esa yo que era visible para todo el mundo. Quien le dio un sabor nuevo y especial a mi café de las mañanas. Mi último pensamiento antes de dormir y el primero que cruza por mi mente aun adormilada al despertar.

Descubrí que eran sentimientos reales, poderosos... imposibles. Esos en los que simplemente ya no tienes nada que perder si ya te lo acaban de arrebatar todo alejando a tu ser querido de ti.

¿Qué podía yo perder? A sólo centímetros de ti. Un beso, lleno de lágrimas, de miedos, de tristeza, de dolor... pero de alguna forma, también de amor, de esperanza, de un "es todo lo que tengo para dar, y es para ti".

Y aquí intentando deshacerme de los restos de dolor que deja tu ausencia mi piel, mi cuerpo, mi alma esperan. Esperan por ti.

La CafebreríaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora