Capítulo 7

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​Me encontraba en la cocina hablando con un chico que acababa de conocer llamado Yao. Estábamos tomando vodka; ya había perdido por completo la cuenta de cuánto alcohol había bebido, pero en ese momento el adormecimiento se sentía bien, como una anestesia rápida.

​—¿Quieres ir arriba? —me preguntó con una sonrisa sugerente.

​¿Debería ir?

​—Bueno, vamos —acepté, dejándome arrastrar.

​¿Qué mierda estoy haciendo?

​Subimos las escaleras tambaleándonos. Estaba mareada, con las náuseas rondando la garganta; sabía que tomar en exceso había sido un grave error y estaba segura de que me arrepentiría de cada segundo.

​Una vez arriba, entramos a una habitación a oscuras. Yao se acercó de inmediato a mí y comenzó a darme besos húmedos en el cuello. No terminaba de procesar lo que pasaba, pero la sensación física me envolvía. Me recostó sobre una cama de sábanas blancas y frías; se quitó la camiseta de un tirón y luego me quitó el buzo, mirándome con un deseo crudo y urgente. Estaba a punto de desabrocharme el brasier cuando la puerta se abrió de golpe, estrellándose contra la pared.

​—¿Qué haces, hijo de puta? —la voz era un grito afilado, aunque el alcohol me nublaba los sentidos y me impedía reconocerla de inmediato.

​—Nada, nada, yo ya me voy —balbuceó Yao, visiblemente asustado al ver la reacción de quien acababa de entrar, mientras se agachaba apresuradamente para recoger su camiseta del suelo y salir casi huyendo de la habitación.

​—¿¡Qué mierda pasa contigo, Brisa!? —era Luli. Su rostro reflejaba pura desesperación e ira.

Se acercó a zancadas y me arrojó encima el buzo que momentos antes yacía tirado en el suelo de la habitación. Una profunda ola de alivio me recorrió; agradecí en silencio que Luli hubiera llegado justo a tiempo, porque a estas alturas, con los sentidos anulados, ya no habría vuelta atrás.

​—No lo sé, Luli —balbuceé, sintiendo que el cuarto entero se inclinaba—. Me quiero ir a casa. ¿Me puedes llevar? —todo me daba vueltas, una marea pesada amenazaba con desmayarme.

​—Necesito encontrar a Martina. Espérame aquí, no te muevas —pidió Luli antes de girarse y salir corriendo al pasillo.

​No sé cuántos minutos pasaron desde que salió de la habitación. El tiempo se volvió borroso, eterno. Como ella no regresaba y el sueño me pesaba como plomo en los párpados, tomé una decisión impulsiva: decidiría irme sola.

​Grave error.

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