¿Cuál es el momento, en el que decides mandar todo a la mierda y poner en riesgo la vida de ensueño que creías tener? ¿En qué preciso momento te das cuenta, que todo lo que creías bueno, era malo, y viceversa?
Mara Soler, ex miembro reconocido del...
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Habían pasado cuatro días desde la pelea en la celda 234, pero el ambiente se había calmado, considerablemente, debido a que esa misma tarde habían encerrado a Zulema en aislamiento. Gracias a la confesión de Macarena Ferreiro, en lo referente a la muerte de la presa Yolanda Ramos, la dirección de Cruz del Sur había decidido trasladar a la pelinegra a aislamiento hasta que todo se esclareciera, por miedo a represalias contra Ferreiro.
Mara agradecía en cierta manera, esa confesión ya que gracias a ello, consiguió dormir con los dos ojos cerrados, tres noches seguidas. Aunque también admitía, que así, no podía hacer bien su trabajo, puesto que no podía estar cerca de la mora.
—¿Qué pasa tía? —inquirió Rizos, llamando la atención de Mara en el comedor. Se sentó junto a ella, mientras le sonreía.
Mara intentaba hacerse a la idea que tenía que desayunar esa mierda de comida, que le habían servido: una manzana, un pan congelado con una mermelada de fresa, un jugo de naranja de brick y la joya de la corona, una macedonia de frutas, que tenía un color repugnante; lo único que merecía la pena era la manzana, pero se lo tenía que comer todo. Reglas de comedores escolares en una cárcel. Patético.
—Es asqueroso. —dijo mientras removía con su cuchara la macedonia.
—Podría ser peor créeme.
Rizos se había convertido, en la única mujer de esa prisión en la que Mara confiaba. No la consideraba su amiga, ella era de las que creían que allí dentro, la palabra amiga no existía. Pero se había convertido en una persona con la que podía hablar, sin miedo a que le clavase un pincho.
Esa mujer que se sentaba a su lado, era una persona que no paraba de hablar nunca y era algo que Mara agradecía. Aparte de que le hacía pensar en otras cosas; cuando hablaba con ella no hacía falta contestarle, ella sola se montaba una conversación completa. De vez en cuando, asentía o negaba pero el resto del tiempo, eran momentos de la mulata para hablar como un loro.
Ese desayuno no iba a ser diferente. La Rizos hablaba por los codos y Mara se limitaba a escucharla, hasta que fijó su mirada en la entrada del comedor: la mora pelinegra entraba muy tranquilamente por la estancia donde se encontraban.
Mara dejó de escuchar lo que Rizos decía, se mantuvo vigilando lo que hacía en todo momento Zulema. Desgraciadamente, su tranquilidad había acabado, tenía que volver a dormir con un ojo abierto.
—Buenos días. —dijo mientras alzaba sus manos, como si estuviera anunciando, por fin, su llegada después de tantos días. Con una voz tranquila y profunda.
—Se acabó la paz... —murmuró Rizos.
Y tanto que había acabado. Cuando dejas suelto al lobo, Caperucita y su abuelita no tienen sitio para esconderse.
Zulema se acercó a la mesa donde estaba su querida compañera de habitación. En esos cuatro días metida en aislamiento, le habían servido para pensar mucho. Tiró la bandeja de su desayuno en la mesa, con la suficiente distancia para que retumbara el sonido por toda la sala y hacer que Mara diera un pequeño respingo del susto.
—¡Tú! Aire. —ordenó la mora, chasqueando sus dedos a Rizos, para que se fuera.
Rizos no quería levantarse y alejarse de la mesa, no se fiaba de la mora y menos después de enterarse de la "pequeña" trifulca que habían formado las dos presas. Conocía a Zulema y sabía que tarde o temprano se vengaría de su compañera de celda. Mara miró a su amiga para que no se preocupara y le hizo una seña para que las dejara a solas.
—Kayf hal zumiliun fi alzinzanat? (¿Cómo está mi compañera de celda?)
Hablaba en árabe. Una forma de mostrar a su acompañante que no le temía.
—Ahora mejor que has vuelto. Me aburría. —contestó Mara, aunque lo hizo en castellano. La mora sonrió ante la respuesta. Iba conociendo a Mara, empezaba a conocer que le gustaba jugar, y eso a ella le encantaba. El juego era más divertido cuando una contrincante merecía la pena.
—¿Dónde aprendiste árabe?
—¿Importa?
—No, la verdad es que no. —mintió. Claro que importaba. Ese idioma no era común en ese país, no encontrabas a mucha gente a pie que hablara árabe. - ¿cuántos años te cayeron?
—Diez años.
Mara también había mentido en cierta manera. Realmente, le habían caído veinte años pero contando con la reducción de condena que iba a conseguir, iban a ser diez años.
—¿Qué hiciste?
La estaba interrogando. Zulema no hacía nada por hacer, y esas preguntas no iban simplemente en contexto amistoso. Quería saber más de ella. Quería saberlo todo. Para cuando lo supiera todo, poder destrozarla como a una cucaracha.
—¿No soportas no tener el control, eh? ¿Por qué no llamas a tu habibi de nuevo para ver si consiguió algo nuevo?
Zulema apretó la manzana que tenía en su mano con fuerza, pero consiguió mantener la compostura y sonrió.
—Fallo mío. —dijo mientras alzaba una mano, en señal de arrepentimiento.— Se que tengo que aprender a preguntar primero a la persona y lo estoy arreglando. Quiero que nos llevemos bien, somos compañeras de celda.
Mara sabía que le estaba mintiendo. Se rasco la nariz mientras contestaba y antes de hacerlo, se fijó en su mirada; la mora había mirado hacia arriba y a la derecha, eso significaba, en lenguaje no verbal, que estaba accediendo a la parte creativa de su cerebro para poder inventar una respuesta. Es decir, una mentira.
Pero quería seguirle el juego.
Suspiró antes de contestar.
—Corrupción.
—¿Tenemos aquí a un miembro del gobierno, entonces? —preguntó la mora divertida.
—De la concejalía más bien. Era concejala.
Zulema sabía también que le mentía. Quizás ella no conocía el lenguaje no verbal pero no era tonta. Una concejala, de un ayuntamiento cualquiera, no se comportaba como lo hacía ella, de forma controladora y salvaje. No se enfrentaría a la abeja reina de la cárcel. Una concejala no estaría acostumbrada a la violencia y no se movería tan bien entre delincuentes y asesinas.
Pero lo dejó pasar. Le venía bien que creyera, que había enterrado el hacha de guerra con ella. Haría que bajase la guardia.
—Ya puedes dejar de investigar sobre mí. Ya lo sabes todo...
La mora apretó sus labios, formando una línea perfecta. No sabía nada. Seguía igual que al principio. Le faltaba saber la verdad.
—¿Amigas?
Zulema extendió su mano.
—¿De verdad? —dudó Mara. La última vez que habían estrechado la mano, solo pasaron unas cuantas horas para que la atacara de nuevo.
—¡De verdad!
Entonces ambas dos estrecharon, nuevamente sus manos. Ambas mintiendo a la contraria. Ni querían ser compañeras, ni querían ser amigas, ni querían enterrar el hacha de guerra. Pero ser amigas era lo más viable. Se mantendrían juntas y se vigilarían más de cerca.
Era increíble lo diferente que creían que eran, pero lo iguales que eran en la realidad.