Amelia Müller, de sangre alemana y mexicana toma un viaje arriesgado hasta el continente Europeo para llegar a Múnich, Alemania donde conoce a su tío Blaz, qué junto a su familia y un judío polaco se esconden en una casa, para no ser llevados a un c...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Con el paso de los días Jude se iba adaptando al escondite secreto dando gracias a Dios por las noches en que dormía sin preocupaciones y rezaba pidiendo por aquellos que le cuidaban y de los que se ocultaban como él. Era sin duda alguna un chico carismático y bien educado. Por otro lado Hoffmann comenzaba a visitar muy seguido la casa para estar con su novia, normalmente la visitaba en las mañanas antes o después de su marcha rutinaria y dormía con ella en algunas ocasiones.
Mientras tanto en el trabajo de Heidi las cosas marchaban de maravilla, a su hermano le habían contratado en la cafetería donde ella estaba, y juntos preparaban una deliciosa tarta para el cumpleaños de Lancelot y Derek que estaban por cumplir cinco años; pero no solo ellos festejarían su cumpleaños. El comandante de la Gestapo tenía un hijo que estaba por cumplir 8 años, así que estuvieron preparando su celebración desde hace semanas, a comparación de los otros sitios donde se festejaba en Múnich esté se realizaría en Berlín.
28 de Octubre 1942
D
entro del escondite Lancelot y Derek comieron de la tarta que Heidi les había regalado con el mensaje en letras mayúsculas" FELIZ CUMPLEAÑOS". Recibieron regalos reciclados por parte de Leyna y Zelinda, Jude y Blaz que eran buenos músicos, compusieron una canción llamada "El Escondite Mágico" acompañando sus voces con una vieja guitarra. Los niños se pusieron alegres y estaban agradecidos con los pocos detalles que habían recibido. El sueño de Lancelot era ser piloto de una avioneta, no del partido Nazi cabe mencionar; quería ver el mundo desde lo alto de las nubes. Amelia al escuchar eso le regaló un pequeño avión de juguete y disfrutaron aquella mañana.
Por la tarde Ingo köhler se encargó de llevar a Amelia a Berlín dejándola como de costumbre a su destino.
- Lamento no poder hacerte compañía esta tarde, debo ir al médico. Mi madre está enferma - comentó Ingo apenado.
- ¡No te preocupes! Qué se recuperé pronto. Estaré bien.
Cuando se despidió entro al lugar saludando a las pocas personas que habían llegado. Al parecer era demasiado temprano pero Adolf Hitler estaba presente mirando fijamente por la ventana.
- Mi führer, ¿Dónde está mi padre? - le preguntó acercándose a él y mirando a su alrededor.
- No ha llegado.- respondió Hitler con su mirada seria-. Necesito hablar contigo. Acompáñame.
Amelia preocupada le acompañó hasta el jardín trasero alejados de todos dónde grandes arbustos verdes tapaban la vista del lugar donde se encontraban.
- Mi führer,¿ A dónde nos dirigimos? Estamos muy lejos y esto empieza a ponerme nerviosa.
Hitler se detuvo y la miró durante unos segundos, los segundos más escalofriantes para la joven y rompió la incomodidad diciendo algo que la pondría ansiosa.