Dio Brando es un abogado de 27 años, que tiene que cuidar a sus cuatro hijos: Giorno, Donatello, Ungalo y Rikiel. Ellos le dan aliento para vivir el día a día, puesto que en el amor, no le ha ido muy bien.
∆Stands: Si, pero no tienen mucha relevanci...
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Como cualquier otro día, Dio se despertó temprano, y aunque la pereza lo vencía terminó por levantarse, esa noche apenas logró cerrar los ojos por un par de horas, porque su pequeño Rikiel no parecía querer dormir esa noche. Fue a preparar el desayuno mientras alistaba la bañera; tenía una niñera que se encargaba de sus hijos por las tardes, pero de mañana y al anochecer era él quien los cuidaba, era un trabajo difícil pero no algo imposible, pues él mismo se había propuesto a cuidarlos, darles el afecto que merecen y todo el amor que él nunca obtuvo de su padre, Dario Brando.
Cuando apenas era un niño, lo único que recordaba era recibir maltrato físico y psicológico de su padre, pues él solo iba a su casa para maltratar a su madre y robar dinero para comprarse bebidas alcohólicas, en otras ocasiones también lo castigaba por razones incoherentes, fue así hasta cuando tuvo diez años; posteriormente una de sus tías ayudó a su madre y lograron salir de aquel pueblo e instalarse en Londres. Su madre consiguió un empleo de mesera, luego de farmacéutica y finalmente de secretaria, ese esfuerzo le llevó a recibir buenos estudios y obtener su título, el de un abogado, todo gracias a su madre; hasta ese día no sabía nada de su padre, ni tampoco le interesaba, su madre era lo único que consideraba importante, a pesar de que en algún momento la llamó una mujer estúpida, quizá por la inmadurez y la ignorancia que podía tener un niño.
El desayuno iba a estar pronto y sabía que la bañera estaba lista, era hora de despertar a su pequeño de ojos turquesa; fue al segundo piso dirigiéndose a la habitación de este, abrió la puerta y lo encontró aún dormido —Giorno... Despierta— hablo un poco fuerte buscando que fuese escuchado —Te espero en el baño, no tardes— ingresó a la habitación a buscar en el armario la ropa y zapatos con los que le vestiría ese día.
Por su parte, el pequeño castaño no tenía interés en hacerlo, pero sabía que tampoco podía desobedecer a su padre, quedarse sin su vaso de leche antes de dormir no era algo que le gustara. Con pesadez se levantó de la cama y frotando sus ojos busco la puerta —¿Papá?— llamó esperando respuesta pero este ya no estaba ahí, salió de la habitación y sin saber como llego al baño.
—¿Giogio, porqué tardaste tanto?— dijo tomándolo entre sus brazos para sentarlo junto al lavamanos —¿Dormiste bien?— beso la frente de su niño mientras le quitaba el pijama.
—Hmmm...— asintió frotándose de nuevo los ojos, cuando los abrió bien, vio que ya estaba en la bañera sintiendo las manos de su padre enredarse en su cabello junto al shampoo —¿Realmente debo ir todos los días?— balbuceo
—Sí— dijo tajantemente —Solo son unas horas, no sé porque siempre te quejas
—¿No puedo quedarme contigo?
Suspiro; todas las mañanas, o por lo menos de lunes a viernes, esa pregunta la escuchaba —Mañana es sábado, estaremos todo el día juntos ¿si?— habiendo acabado de bañarlo, lo seco y le colocó la ropa.