Ela soñó que un extraño de ojos verdes asesinaba a su hermana gemela y, al despertar, descubrió que no había sido solo una pesadilla más.
***
Luego de la muerte de su hermana en las manos de un desconocido, la vida de Ela se vuelve un caos. Creyendo...
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Desperté con el corazón acelerado y cubierta del sudor frío característico de las pesadillas. No me animaba a abrir los ojos, no después de lo que había soñado. Me aterraba que, al abrirlos, todo fuera real. Las manos me temblaban casi tanto como el resto del cuerpo. Tenía piel erizada por el pavor y el aire frío que entraba por la ventana. Mi respiración era tan acelerada como en la ilusión creada por mi mente.
Se había sentido tan real. El dolor, el pánico. La fotografía tomada por Ada.
Nunca antes había soñado ser mi gemela. Nunca había tenido una pesadilla tan vívida como esa, a pesar de que esos tormentos eran normales en mí. Era la primera vez en mi vida que sentía tanto miedo. Ni siquiera se asemejaba a cuando los perros del vecindario nos habían rodeado a Ada y a mí, dispuestos a devorarnos, o eso había sentido en el momento.
La sensación de ese sueño... era espantosa. Indescriptible en muchos sentidos, pero también muy dolorosa. Porque el pecho me dolía, no donde habían aparecido los supuestos cortes, no. Lo que me estaba dando unas fuertes punzadas era el corazón.
Luego de unos minutos en los que intenté tranquilizarme, por fin me animé a abrir los ojos. Con las manos temblorosas, retiré las delgadas mantas que me cubrían y me levanté con sumo cuidado de la cama. El suelo estaba congelado, algo muy inusual en las últimas noches de verano del pueblo. Aquí siempre hacía calor hasta mediados de otoño, las heladas nunca comenzaban antes.
Soltando un suspiro cargado de molestia, avancé con pasos lentos, así como el monstruo en mi pesadilla, hacia la ventana. En el camino tropecé con uno de los muchos montones de ropa sucia, lo que devolvió a mi mente varias de las imágenes que ya deseaba enterrar.
—Maldición, Ada, podrías dejar más acomodados tus libros —mascullé al llegar a la ventana, que se encontraba detrás de la inmensa pila de libros de mi hermana mayor por diez minutos.
Los empujé todos a un lado, sin darle importancia a las represalias que tomaría mi gemela al día siguiente. Cuando estaba por depositar los ojos sobre la ventana, un sonido a mi espalda me sobresaltó. Pegué un salto en mi lugar, todavía demasiado susceptible por la pesadilla, y giré, veloz, sobre mis talones. La puerta del cuarto estaba abierta, mas no veía a nadie detrás. La cama de Ada estaba vacía.
—¿Ada?, ¿ya volviste de tu fiesta? —indagué con voz temblorosa.
Nada.
—Mika, Luz, ¿son ustedes? —volví a probar, esta vez nombrando a mis primas. No era la primera vez que ellas intentaban asustarme.
De nuevo, nada.
Me acerqué dos pasos, temerosa y esperé. Algo suave y blando rozó mi tobillo. Bajé mi vista con rapidez y, nuevamente, no encontré nada. La puerta frente a mí se cerró con un golpe estridente.
—¡Maldición! —chillé por el sonido. Luego un grave maullido se escuchó a mi lado y el culpable de mi temor saltó hacia mi cama—. ¡Estúpido gato!, ¡me asustaste! —susurré en dirección a la mascota predilecta de toda mi familia—. Por eso no me gustan los animales... —seguí refunfuñando al mismo tiempo que tomaba al felino entre mis manos.