Ela soñó que un extraño de ojos verdes asesinaba a su hermana gemela y, al despertar, descubrió que no había sido solo una pesadilla más.
***
Luego de la muerte de su hermana en las manos de un desconocido, la vida de Ela se vuelve un caos. Creyendo...
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Habían pasado tres días desde que nos habían descubierto en la biblioteca. Tres días que se habían sentido como una eternidad. Conocía a mi tía, sabía que me iba a castigar, pero nunca había pensado que sería tan inflexible como para prohibirme salir de la casa para otra cosa que no fuera ir a la escuela.
Era agobiante.
Ni siquiera el padre de Alex, famoso por su severidad, había hecho algo así. Y, hablando del moreno, él me había acompañado hasta mi casa rigurosamente desde que supimos lo de mi posible muerte. También había llenado las paredes de mi cuarto con símbolos extraños, había puesto sal en las ventanas, que Max no tardó en lamer, y me había otorgado un pequeño collar del cual colgaba una botellita de plata que contenía agua bendita. Además, había clavado las dichosas cruces sobre el marco de la puerta y la ventana de mi cuarto. Por suerte, eran pequeñas, por lo que mi tía y mis primas no podían verlas fácilmente.
En verdad le tenía cariño a Alex, sin embargo, en estos últimos días su presencia había sido asfixiante. Por un momento, había llegado a pensar que se llevaría a Max, la mascota que había sido de Ada, solo porque había leído en internet que los demonios podían poseer a los gatos con facilidad. Ridículo.
—Elma, cariño —me llamó mi tía desde la planta baja.
Suspiré, en esos tres días también me había convertido en su asistente personal. Me pedía que cocinara, limpiara, de todo. Incluso debía cuidar a Mika y a Luz cuando se iba a trabajar, algo que nunca antes había pasado. En ocasiones anteriores, ella siempre había contratado a una niñera, la única en el mundo que lograba controlar a esas pequeñas bestias.
Bajé las escaleras con paso rápido y me encontré con mi tía esperándome a un lado del último escalón. Detrás de ella, las gemelas me observaban con los ceños fruncidos.
—Surgió una emergencia, debo ir al trabajo, se van a quedar solas. Tiene comida en el horno y pueden ver una película, no se queden despiertas hasta tarde —indicó.
—Pero ya son las diez de la noche, mamá, no puedes ir a trabajar ahora —lloriquearon las gemelas al mismo tiempo.
Puse los ojos en blanco. Las tres sabíamos que no iban a conseguir nada.
—No insistan, niñas, soy médica, las emergencias aparecen en cualquier momento del día —repitió lo que les decía siempre—. Háganle caso a Elma.
—¡Ya tenemos trece, no necesitamos que Ela nos cuide! —hablaron a la vez.
Volví a poner los ojos en blanco. Habíamos tenido la misma discusión los tres días. Ellas no querían que las cuide y yo no quería cuidarlas, pero mi tía no escuchaba las quejas.
—Basta de berrinches, háganle caso a Elma y ya —dictaminó y salió apresurada de la casa.
Una vez que la puerta se cerró, las gemelas se giraron con lentitud hacia donde me encontraba, con las cabezas levemente inclinadas y sus ojos verdes y escalofriantes clavados en mí.