Capítulo XI: Desaparecido

3.2K 444 82
                                        

En el momento que terminé de leer la nota, el color abandonó mi ser

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

En el momento que terminé de leer la nota, el color abandonó mi ser. La mente se me había quedado pausada en las palabras que afirmaban que el dedo era de Ada. Quería creer que no podía ser posible, ya que la policía no había reportado nada sobre que habían saqueado su tumba. Por unos segundos, se me nubló la vista y perdí el equilibrio.

—¡Ela! —chilló mi tía y corrió en mi auxilio.

Me llevó hasta el comedor e hizo que me sentara en la silla de la cabecera de la mesa. Tenía unas inmensas ganas de vomitar y el corazón seguía latiéndome desbocado. Creía que iba a desmayarme.

—Elma, respira hondo, estás hiperventilando —me informó mi tía y recién ahí fue cuando noté que los pulmones se habían rebelado en mi contra—. Muy bien cariño, sigue así —me incitó ella.

Podía ver por el rabillo de mi ojo como las gemelas fruncían el ceño y murmuraban entre ellas.

—Dame esa nota —pidió mi tutora, sin darme tiempo para reaccionar.

La arrancó de mis manos, tal cual como lo harían sus hijas, y leyó en voz alta lo que habían escrito. El color también le abandonó el rostro. Sus iris grises revolotearon por toda mi cara. Ella estaba intentando comprender por qué alguien me había mandado eso.

—Elma, ¿quién te envió esta amenaza? —inquirió con voz nerviosa.

—No lo sé, tía —musité y no era del todo mentira.

No sabía cómo se llamaba, solo que tenía ojos verdes y una risa macabra.

—Elma es muy importante que me digas quién te mandó esto —insistió ella.

Quise poner los ojos en blanco, mas no lo hice, carecía de la energía necesaria para aquello.

—Lo digo en serio, no sé quién me mandó esa nota, si lo supiera, ya estaría llamando a la policía —solté de malhumor.

Yo no era la que estaba ocultando cosas. Bueno, sí lo estaba haciendo, pero porque ella se negaba a hablar conmigo de lo que sucedía.

—Espero que me estés diciendo la verdad, Elma, no quiero perder a otra sobrina —respondió con la voz cargada de angustia.

Llegué a apreciar como en sus ojos brillaba el dolor y la culpa, o eso fue lo que interpreté. Suspiré y seguí a mi tía con la mirada. Ella se había acercado al teléfono fijo de la cocina, estaba hablando con alguien.

—La policía viene en camino —anunció al finalizar la llamada.

Las gemelas volvieron a acercarse a la caja, lo que provocó que su madre actuara con velocidad y la sacara de su alcance. Nadie sabía lo que esas niñas eran capaces de hacer con el pedazo de un cadáver.

—No puede ser de Ada, ¿no? —pregunté aún con el estómago revuelto.

Ella no fue capaz de mirarme a los ojos y eso respondió mi pregunta. Por supuesto que era de Ada, no podía ser diferente luego de la pesadilla que tuve.

Noche de tormenta (completa)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora