Capítulo XVII: La verdad sobre Caleb

3.2K 429 52
                                        

Conseguir un psicólogo de un día para el otro era imposible, lo sabía, pero eso no atenuaba el dolor y el pánico de las pesadillas

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Conseguir un psicólogo de un día para el otro era imposible, lo sabía, pero eso no atenuaba el dolor y el pánico de las pesadillas. No pensar en lo que planeaba para que el demonio no se enterara había sido una de las tareas más difíciles de mi vida. Aunque creía haberlo logrado. Y él tampoco se había aparecido a torturarme.

Bajé las escaleras con paso lento, sin ánimos de ir a la escuela. Me asomé al comedor y descubrí que las gemelas corrían hacia la cocina con una caja en las manos. Fruncí el ceño y las seguí.

—¡¿Qué hacen con eso?! —chille de manera aguda y estridente, presa del pánico.

Mi tía llegó apresurada y reaccionó igual que yo al ver lo que sus preciadas hijitas tenían en sus manos. Luz sostenía la mano con solo tres dedos mientras que su gemela se aferraba con fuerza al resto del brazo. Él había dejado otra parte de Ada.

—¡Suelten eso!, ¡ahora! —les gritó su madre.

Ellas lo bajaron con cuidado y se quedaron allí, la mirada que nos dedicaban trasmitía tranquilidad. Parecían no comprender lo asqueroso y perturbador que era jugar con el brazo de un muerto.

—Te dejaron otra nota, Ela —avisaron antes de que su madre las arrastrara hacia el baño para que se dieran una ducha.

Cuando mi tía las sacó de allí, me incliné sobre la caja y, evitando tocar... el brazo de mi hermana, agarré la nota con mucha repulsión. Estaba cubierta en una pequeña bolsita transparente para que no se manchara.

La saqué del envoltorio y me lavé las manos luego de desecharlo. El agua caliente quemaba la punta de mis dedos a la vez que los frotaba con fuerza y retenía unas arcadas. Desde donde me encontraba, podía escuchar los gritos irascibles de mi tía, ella estaba regañando a las gemelas.

Estaba tentada en llamar a la policía, pero sabía que mi tía se encargaría de eso. Por el momento, lo que debía hacer era abrir las ventanas de la cocina, para ventilar el olor que expendía el cuerpo, y leer la nota que él me había dejado.

Cuando terminé de abrir cada puerta y ventana de la casa, y saqué la caja que contenía el brazo a empujones con los pies. Me senté sobre el sillón más grande de la sala y abrí con cuidado la tarjeta. «Te dejo este regalo luego del que me hiciste al decirme lo de los diarios. Hoy por la noche vas a descubrir otro. Que tengas dulces sueños, bonita», estaba escrito en el papel con una caligrafía excelente. Esa era la información que necesitaba para saber que por la noche las pesadillas regresarían. Él no iba a dejarme en paz.

La mañana en la escuela fue espeluznante. Había seguido el consejo de Alex y había observado los ojos de todos a mi alrededor. Se suponía que el color de ojos verde no era tan común como el marrón, pero esa mañana había comprobado lo contrario.

Vivíamos en un pueblo pequeño, solo había un jardín de niños, una primaria y un secundario, es decir, todos los chicos y chicas de mi edad asistían al mismo colegio. Sabía que el demonio se veía o era uno de ellos, la ropa de la cabaña lo indicaba. No obstante, me había sido imposible identificar sus ojos. Había tantas personas en la escuela con ese color, no del mismo tono ni intensidad. Sin embargo, tampoco podía saber si los ojos de él se veían de ese color tan perturbador por estar resplandeciendo en la oscuridad.

Noche de tormenta (completa)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora