CAPITULO SETENTA Y SIETE
Cuando me subí a ese avión hace exactamente tres días, esperaba algo. Me burlé de las escenas cliché, pero aun así esperaba una, la del hombre idiota y arrepentido yendo a buscar al amor de su vida al aeropuerto, justo cuando está apunto de abordar el avión. Entonces él gritaría, ella voltearía y correría a sus brazos. Se dirán que se aman y tendrán su "felices para siempre".
—Entonces, ¿Café solo? — le pregunto a la chica frente a mí.
Lástima que los felices para siempre solo suceden en los cuentos. La vida real es una mierda mucho más grande.
Cuando llegué a casa, luego de un vuelo horrible en el que no dejé de llorar — logrando incluso que una de las azafatas se sentara a mi lado, junto con otro pasajero que también me dio apoyo emocional durante todo el viaje— no pude siquiera hacer otra cosa que no fuera usar a mi mejor amigo como soporte emocional. Tal vez algún día me ría de eso, pero hoy sigue doliendo.
Mi último contacto con Demian — si se lo puede llamar así— fue un mensaje suyo preguntando si llegué bien, que no pude responder. Sabía que si tecleaba algo, no sería un simple sí y prometí que le daría espacio, que lo dejaría y eso he intentado desde ese momento.
Apagué mi móvil una vez que llegué a casa y lloré a moco tendido sobre el hombro de Brass, hasta que me sequé. Hay un punto en el que el ser humano gasta tanto su energía en llorar, que termina por deshacerse de sus emociones. Supongo que eso pasó conmigo. Dejé mis emociones en ese último beso amargo que Demian me dio y resigné lo poco que quedaba de mí cuando me subí al avión.
A la mañana siguiente de llegar a casa, me presenté en mi trabajo, diez días antes de que mis vacaciones terminaran. Le dije a mi jefe que necesitaba ocupar mi mente y trabajar, que ni siquiera me preocupaba perder mis vacaciones. Supongo que me vio lo suficientemente jodida como para decirme que sí. Hago turnos dobles, incluso triples, para agotar mi cerebro y poder dormir, porque no dejo de pensar. Sin embargo, cada noche, cuando termino mi último turno, me desvío del camino a casa y paso por el lugar en donde todo comenzó.
Seks está cerrado. Hay un cartel en la entrada diciendo que abrirán en una semana nuevamente, pero de todos modos, me siento en la entrada vacía, sin importarme lo deprimente que sea y lloro.
Principalmente, porque estoy en el lugar donde todo empezó, sintiéndome desdichada porque se terminó.
Me quedo aquí sentada por un rato, hasta que dejo de sentir lástima de mí misma y regreso a casa. He hecho esto las dos últimas noches, pero hoy algo me impide levantarme y la tirantez en mi pecho es peor que la de las últimas setenta y dos horas.
Algunas personas pasan, ignorándome por completo, hasta que alguien me nota.
—¿Estás bien?— una chica se detiene frente a mí. Debe tener mi edad, el cabello castaño y un embarazo de al menos cuatro o cinco meses—. ¿Alguien te atacó?
Detrás de ella, hay un hombre que luce un poco más viejo, cubierto de tatuajes. Lo reconozco como el hombre con el que Demian habló en la puerta de mi universidad hace unas cuantas semanas.
—Sí, estoy bien— digo, secándome las lágrimas.
El hombre se acerca un poco más, luciendo cauteloso.
—¿Quieres que te llevemos a algún lado? — luego añade—, sé que no nos conoces, pero soy amigo de Demian.
—Lo sé— murmuro, mientras siento que mi pecho duele por la mención de su nombre.
La chica se pone en cuclillas frente a mí.
—¿Llamamos a alguien? —me pregunta.
Niego.
ESTÁS LEYENDO
Sinestesia | SEKS #1
RomanceSERIE SEKS, LIBRO #1 Lianna está a punto de terminar su carrera en psicología, pero su tesis es rechazada. En su intento por buscar información para abordar algún tema controversial, llega a Seks, un club sexual cuyo dueño parece dispuesto a darle u...
