El lector de la plaza llamada Libertad

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Desde que tengo memoria, suelo ser muy observador, pero soy de esas personas que lo hacen sin que la otra se dé cuenta. Como es el caso de un hombre mayor, que me cruzo en la plaza de mi barrio cada vez que me toca hacer algún mandado. Siempre en el mismo lugar, no importa los grados que haga (a excepción de la lluvia) ni que estemos en plena pandemia, él está sentado en uno de los bancos, concentrado en su lectura, cuyos rayos solares apuntan hacia las páginas como si fuera un portal a un nuevo mundo. Y visto desde afuera, ante mi alma lectora curiosa, quiero saber qué lee. Con el correr del tiempo, pude averiguar que cada semana es un libro distinto. De su catálogo solo percibí como autor destacado a Wilbur Smith, sin embargo no me daré por vencido en toparme con algo que ambos hayamos leído y poder alegrarme. He perdido la noción de la cantidad de veces que quise arrimarme a esta persona y entablar una conversación, por más banal que sea. En cambio, mi timidez termina ganando y sigo mi camino. ¿Cuál es su nombre? ¿Acaso vive solo y pasa sus mañanas leyendo? ¿Es jubilado? ¿Viudo? ¿Tiene familia? Tantos interrogantes que mi cabeza formula por el simple hecho de no vencer mi miedo a ser sociable a los desconocidos, por más que seamos vecinos. ¿Es normal que los lectores les cuesten socializar? Desde el secundario, he hallado lectores de distintas edades en los recreos y el mismo interrogante resurgía. Ahora, diez años después, un escenario nuevo, solo nosotros dos, generaciones diferentes con un tema en común y una irrupción que tiene que surgir para iniciar el comienzo de una inesperada charla. Porque ni el barbijo tendría que ser un impedimento. Es ahora o nunca.

Tan Tauro Que DueleHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora