(Re)construyendo mi identidad

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¿Por qué la gente de la ciudad busca la paz en zonas rurales y viceversa? Para responderles esta pregunta tengo que remontarme a mis 8 años.

En una sesión de psicopedagogía, la profesional había preguntado por mi familia y, como si tuviera que graficar un árbol genealógico, se dio cuenta de un detalle.

- Cuando salgas ¿podés llamar a tus papás? -exclamó ella.

- Sí -respondí.

Una vez que mis padres entraron al consultorio, el detalle que la psicopedagoga percibió en mí, se lo transmitió:

- ¿Por qué Juan Ignacio solo conoce a sus abuelos maternos?

- Porque viven con nosotros.

- ¿Y qué hay de sus abuelos paternos?

La pregunta fue directamente a mi papá.

- Porque murieron... bueno, en realidad solo mi mamá cuando yo era pequeño. A mí me adoptaron y por muchos años nunca supe de la existencia de mi viejo.

- ¿Y esto Juan lo sabe?

Mi progenitor negó moviendo la cabeza.

- ¿Cuándo piensa contárselo? ¿Acaso no merece saber la verdad?

Eran muchas preguntas de golpe. Un capítulo que creía tener cerrado, se reabrió como una vieja herida.

Esa misma noche, mi mamá hizo una especie de presentación para que tanto mi hermana como yo dejáramos a que él pudiera desahogarse y sincerarse con nosotros. Si bien me costó entender toda su historia a la primera, fue el tiempo el que se encargó de que pudiera procesarlo.

Diez años después, surgieron unas vacaciones fraternales (lo que al principio sería algo personal de mi papá, decidí acompañarlo para que no estuviera solo) hacia otra provincia. Con la excusa de visitar a unos parientes, el verdadero motivo era conocer a mi otro abuelo.

Luego de medio día de viaje, dejamos nuestras pertenencias en la casa de mis primos, donde nos pusimos al tanto, y emprendimos el viaje hacia la casa de aquella persona que no conocía (solo por foto, porque sabía que estaba vivo).

Una vez en destino, el lugar resultaba acogedor, con los recursos necesarios para subsistir.

- Hola ¿cómo estás? ¡Tanto tiempo! Al final vine con alguien más.

El hombre me miró. Yo también.

- Él es tu nieto Juan Ignacio.

Nos saludamos con un apretón de manos. Esbocé una leve sonrisa mientras él seguía con un rostro extrañado.

Más tarde, la conversación se hizo extensa entre ambos adultos. En cuanto yo pensaba sobre qué hablar.

- ¿Así que tocabas la guitarra?

- Sí.

- ¿Desde chico o ya más de grande?

- Sí, desde hace años.

Silencio incómodo.

- ¿Y ya no tocás?

- No.

Me quedé sin tema. De su parte tampoco demostró interés sobre mi vida y eso si que no me lo esperaba. En ese momento, irrumpió otra persona, conocido de mi abuelo. Ahora éramos cuatro, o tres porque me sentía como un sapo de otro pozo: mi viejo creció acá y se mudó a Buenos Aires siendo adolescente, por ende, esta vida me era ajena. Mis pensamientos no paraban de jugarme en contra y miré mi reloj pulsera. Mi progenitor captó mi indirecta y nos fuimos. Sin embargo, el destino era otro: visitar vecinos que se acordaban de mi papá. Entonces, caminamos para tomar aire fresco, en un espacio sin que deambulara un alma. Un pueblo que cumplía con el cliché de las calles de tierra como sello personal y sinónimo de falta de urbe con la rutina vespertina de la aclamada siesta ante calores sofocantes.

Durante ese día, mis ánimos fueron cambiando, porque con algunos me sentía más a gusto que con otros, compartiendo mate de por medio, hasta que el sol estaba por ocultarse y le manifesté en secreto que quería irme. Él se sorprendió ante semejante respuesta, pero (quiero creer que lo hizo para cuidarme) improvisó en el momento y emprendimos el regreso a la casa de mis primos.

Bastó solo un par de horas para darme cuenta que si bien hay lugares donde reina la paz, existen dos tipos: el físico y el interno. Espacialmente sí, aunque por dentro me sentía observado, como si fuera un invasor en tierras ajenas. Observado por no saber cuáles eran mis intenciones (tampoco me lo preguntaron).

Un viaje que pudo haber quedado trunco. No obstante, me sinceré automáticamente:

- Te pido perdón -le dije a mi papá.

- No tenés por qué.

- Sí, es que no me sentía bien... sé que esto era muy importante tanto para vos como para mí. Pero toda esta situación me superó. Fue demasiado para mí.

- Te repito. No tenés que disculparte. Me alegro que me digas la verdad. No te iba a dejar solo.

Sus palabras culminaron en un cálido abrazo.

Al final, esta experiencia marcó un antes y un después en mi vida. Las personas están regidas por su pasado, aunque está en uno en poder elegir qué hacer con su presente para encarar el porvenir. Un árbol genealógico que se completa para comprender mis raíces. Crecer, sabiendo la historia completa, forma parte de nuestra identidad y hoy me siento orgulloso de quien soy.

Tan Tauro Que DueleHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora