XIII

26 3 0
                                    

—Vamos, niña, que no se tiene todo el día.

Fee dejó un vaso de jugo de naranja junto a mi cama y después de volver a darme lata, salió de mi habitación. Gemí dolorosamente por tener que levantarme temprano un Domingo, pero había prometido que la llevaría a ver a su amiga Danica hoy y estaba segura de que si decidía ignorarla —no había visto el reloj, pero conociéndola y a juzgar por la falta de luz de sol, debían faltar más de tres horas para el amanecer, lo que, si hacías las matemáticas correctamente, resultaba en que su compromiso no tendría lugar hasta las diez de la mañana o sea, en cinco horas—, me tiraría agua helada en la cara o se adueñaría de mi cobija hasta que muriera de hipotermia.

Me incorporé y, deslizando mis pies en las zapatillas, me tambaleé hasta el baño y me lavé la cara, luego tendí mi cama y bajé a desayunar saboreando el jugo de naranja mientras descendía por las escaleras.

—Buenos días, Fee.

Mentiría si dijera que me sorprendió verla peinada, arreglada y... Oh, sí, eso era perfume. Cuando estaba en la Universidad y decidimos evitarnos el gasto de un dormitorio, pues quedaba cerca de la casa de Fiona, hubieron veces en las que me pasaba toda la noche estudiando o terminando proyectos y ella aparecía a las cinco de la mañana, fresca como una lechuga, oliendo a rocío dulzón, como si se hubiese salpicado directamente de una flor de un néctar delicioso a todos los sentidos, con perlas en las orejas, el cabello mojado bien fijo en un peinado cincuentero adornado con rollos victorianos, unos tacones bajos y un vestido de falda amplia que yo utilizaría en una primera comunión si estuviéramos en los ochentas; en caso de que llegara a dormir, cuando apenas estaba abriendo los ojos, ella ya estaba lista para enfrentarse al mundo, justo como ahora, parecía que a ella dormir le parecía inútil, más nunca se había perdido una sóla de sus ocho horas reglamentarias.

Si yo pudiera tener la disciplina que ella tenía, probablemente ya habría conquistado Texas en bicicleta.

Dejé un beso sobre su cabeza e hice una mueca cuando el sabor a fijador de cabello se mezcló con mi saliva.

Me senté en frente del plato que ella había puesto para mí.

—Deja de hacer trabajo —la reprendí mientras ella se agachaba para sacudir unos tapetes y yo metía uno de los deliciosos waffles que ella había preparado—. Estás aquí de invitada, no para hacer de personal de servicio.

—Mah —soltó con un gesto que le restaba importancia a mi comentario, sus pulseras resonaron por el movimiento.

—¡Fiona Monroe ven y siéntate a comer conmigo! Es una orden. Eso lo haré yo más tarde.

—Por el polvo que esto tiene es obvio que no lo has hecho hace mucho —reprobó—. Además, desayuné hace media hora. Cómete eso, que no quiero que lleguemos tarde.

—Faltan más de tres horas para tu cita, mujer. Y no me importa que ya hayas desayunado, te sirvo un café o un postre y te sientas a platicarme algo, una de tus aventuras esas de cuando eras joven. Relájate.

Soltó un suspiro y negó con la cabeza, pero dejó los tapetes en paz y se sentó obedientemente. Le di una sonrisa que devolvió a regañadientes, pero que era sincera.

—Té —indicó, volviendo a su comportamiento autoritario de siempre—, dos cubos de azúcar.

—Va en seguida.

Encontré los ingredientes en mi cocina y puse la tetera a trabajar. Volví junto a ella en lo que la infusión estaba lista.

—Cuéntame cómo conociste al abuelo.

—Te he contado esa historia cientos de veces, niña.

—¡Es mi favorita! —dije a pesar de que ella se mostró algo exasperada por mi clara falta de etiqueta o yo que sé que fuera a pensar una señora de su edad y su calibre.

PISTAS DE QUIÉN SOY (Saga Pistas #1)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora