XXV

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7 de Abril de 2019, San Francisco, California. Superior Courthouse.

Estaba aterrada, no estaba lista para verlo después de tantos años, porque tendría que hacerlo durante la audiencia. Me sudaban las manos.

Ya era la segunda o la tercera vez que había estado allí. Al parecer este tipo de cosas eran más complicadas de lo que te lo contaban en las películas, porque en la vida real no podías librarte de la asquerosa burocracia. Llené papel tras papel, formulario tras formulario. Hice citas, filas y llamadas telefónicas. El estado me había proporcionado un abogado e igualmente me había visto obligada a crear un plan de ataque con él.

Esperaba que no pasara a más, que los abogados pudieran llegar a un acuerdo durante la conferencia judicial y que me escapara de la infortunada situación de tener que ver a Charles a la cara otra vez en la vida.

De cualquier forma, todo se resumía a una cosa: no debía sucumbir ante nada. Escucharía con atención todo lo que el juez explicara en la audiencia, aunque mi abogado ya me había anticipado algunas partes, más no me dejaría manipular o convencer de ninguna otra cosa que discrepara con el razonamiento «Charles Smith es un asqueroso chacal y no merece estar cerca de Marie Blackburn».

Nos hicieron pasar a una sala, sólo mi abogado, David y yo. El suspenso era incómodo y sólo alargaba el enfrentamiento. A los dos minutos, un señor de una pinta impecable entró con una expresión impenetrable; si un yunque se personificara, totalmente se convertiría en este señor. Detrás de él vislumbré el cabello oscuro de Charles. El estómago me dio un brinco y el corazón me latió con fuerza. El hombre yunque —quien, por lógica, identifiqué como su abogado— avanzó y tomó asiento frente a nosotros. Fue cuando por fin el padre de mi hija se presentó frente a mí. Mis ojos se encontraron con los suyos. Me miraba con la burla de siempre y un aire de vencedor, frialdad destellaba en sus iris avellana. Vestía un traje hecho a la medida, su cabello estaba bien recogido en una coleta de hombre que no tenía cuando nos conocimos, pero tuve que admitir que le quedada a su imagen.

—Hola, princesa —saludó mientras se sentaba junto a su abogado. El peculiar acento todavía estaba allí y me pregunté cómo es que alguna vez había encontrado eso atractivo en él. Asco. Sus palabras y la familiaridad con las que las decía me provocaron ligeras arcadas sencillas de disimular.

—No contestes —susurraron David y mi abogado, como si lo hubieran ensayado.

—Qué gran idea. Me alegra que lo pensaran, porque me moría de ganas de ponerme al día —repliqué. Como si no lo hubiese pensado ya. Había hecho mis investigaciones y además ponía atención en las películas. David rodó los ojos por el sarcasmo, aunque el abogado negó con la cabeza para esconder que le hizo gracia el comentario.

Finalmente, el juez entró en la habitación. Nos pusimos de pie por protocolo y dejamos que la sesión iniciara. Charles fue el primero en tener derecho a hablar por ser la persona que presentó la demanda. Genial. Sin embargo, tenía un lado bueno, era como cuando elegían a otro compañero para exponer antes que a ti en la escuela, así podías utilizarlo indirectamente como sujeto de pruebas y tomar en cuenta las observaciones que le diera el profesor para que tu trabajo luciera mejor. Se expusieron algunos hechos para contextualizar, entonces Charles comenzó a atacar.

—Tengo derecho a ver a mi hija —arguyó, interpretando a la perfección el papel de padre arrepentido.

Me tensé en mi asiento. Antes de que pudiera inclinarme a romperle la cara, mi abogado dio una respuesta mucho más diplomática.

—Me parece que fue usted mismo quien se privó de ese derecho, señor Smith.

¡Bien! ¡Por supuesto que lo hizo!

PISTAS DE QUIÉN SOY (Saga Pistas #1)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora