Epílogo
Cuatro años después.
El cielo brillaba en los albores de un nuevo amanecer. El tono dorado y rosa de las nubes se reflejaba en las gotas de rocío que titilaban sobre las hojas de los árboles, lo que provocaba, de cuando en cuando, tenues destellos a lo largo del camino.
El samurái caminaba con paso tranquilo. Apenas levantaba ruido en aquel tranquilo silencio, aunque la tierra sentía sus pisadas y se estremecía de alegría al sentirle. A lo lejos, justo al final de aquel sendero perdido de la mano de los dioses, se alzaba una diminuta casa de tejado rojo y paredes blancas que parecía esperar, anhelante, a que el hombre llegara.
A fin de cuentas, hacía casi un mes que no acogía su presencia entre sus cuatro paredes.
Un mes ya... treinta largos días desde que Tomohisa abandonó su refugio en busca de un alma perdida.
El hombre suspiró, agotado y se llevó la mano a la herida de su costado. No era demasiado grave ni demasiado escandalosa, pero le dolía lo suficiente como para caminar renqueante y entre bufidos de dolor. Si Yuki, su hermano mayor, le viera ahora seguro que tenía algo que decir al respecto.
Yuki...
Una sonrisa de cariño se dibujó en los labios barbados del samurái. Aún le parecía increíble que hubiera aunado fuerzas para hacer lo que tenía que hacer: enmendar uno de los muchos errores de su pasado. Le había costado sangre, sudor y lágrimas pero, al final, se había arrastrado a la ciudad que le vio nacer y, envuelto en secretos y en una capa tan oscura como su pelo, ahogó las calles con sus preguntas y murmullos... hasta que dio con él y se dio cuenta de que no sabía cómo enfrentarse a Yuki.
De hecho recordaba aquel momento como algo irreal y ridículo, pues no había más que mirarles con atención para darse cuenta de que, por fuerza, debían ser familia.
¡Por Izanami, si Yuki y él eran como dos gotas de agua a pesar de los años que les distanciaban!
El reencuentro fue confuso para ambos. En sus corazones albergaban demasiadas preguntas y temores, demasiados recuerdos que no habían compartido nunca y una vida radicalmente diferente que les mantendría separados aunque ellos no quisieran. Aun así, pensó Tomohisa mientras caminaba cada vez con más dificultad, su hermano mayor no dudó en abrirle las puertas de su casa. Allí conoció a Megumi, su mujer, y también a su pequeño sobrino, Daiki. Descubrió entre las paredes de su humilde morada que Kata nunca había sido olvidada y que su historia —su verdadera historia— seguía y seguiría siendo un completo secreto que jamás tendría voz alguna.
Ah... saber que Yuki era feliz a pesar de lo que le había hecho en su niñez le llenaba el corazón de dicha y de un anhelo que no tardaría en mitigar. A fin de cuentas, pensaba, no vivían muy lejos de allí y él se había acostumbrado a andar durante largas horas. Llegaría un momento en el que no podría volver a verlos... y prefería no malgastar el tiempo ahora que sabía lo muchísimo que costaba conseguirlo.
Un gemido de dolor brotó de sus labios. La sangre rojiza que escapaba de su costado empapó sus largos dedos enguantados y le hizo fruncir el ceño, molesto. Si seguía manchando la ropa así Kyomi lo mataría en cuanto llegara a casa... y él no podría quitarle razón pues le había advertido que tuviera cuidado un millar de veces. Y aun así allí estaba él, lleno de polvo, de sangre y de la esencia misma del Yomi arrastrándose de nuevo a sus brazos.
Dioses, pensó, lo iba a matar en cuanto llegara.
Tomohisa alcanzó el edificio cuando el sol iluminó con sus rayos la fachada de su hogar. Sus brillantes rayos acariciaron la suaves y nevadas cumbres de los montes que rodeaban su casa, rebotaron en el lago que dormía aplaciblemente frente a su casa y después se disolvieron al llegar a sus blancas paredes.
Sonrió y se detuvo un segundo para embeberse de la imagen y de la paz que despedía, hasta que el dolor de su herida desapareció y fue sustituido por una necesidad absoluta de llegar a casa.
Así pues, apretó con más fuerza el corte que había recibido en la contienda, y se apresuró a hacer desaparecer los metros que le separaban del lugar en el que quería estar. En cuanto llegó, sus fosas nasales se llenaron del olor a té de sakura. Su dulce aroma le hizo sonreír y llevarse la mano al pecho, en un vano intento de controlar sus frenéticos latidos.
—¿Tío Tomohisa?
La aflautada voz de Kyomi atravesó el silencio del amanecer. Su tono distaba mucho de la sorpresa, pero sí había un matiz ansioso en este. De inmediato el hombre se giró y abrió los brazos para acoger a la muchacha entre estos.
—Kyomi... —susurró y la abrazó con más fuerza, mientras ella reía contra su pecho y lo estrechaba con ansia—. Por los dioses, has vuelto a crecer. ¿Cómo es posible? —preguntó y se apartó un segundo para observarla con detenimiento. Su rostro redondo era tan similar al de su hermana Cho que era una tontería negar que era hija suya. Incluso los hoyuelos de su sonrisa eran similares—. Si sigues creciendo a esta velocidad no voy a poder cogerte en brazos —gruñó a modo de broma y volvió a reír—. Estás preciosa.
La adolescente enrojeció vivamente y volvió a enterrar la cabeza en su pecho. Tomohisa aprovechó para acariciar su larga melena oscura, con mimo y cariño, mientras recordaba cómo hacía lo mismo cuando Cho era una niña y aún compartían vida. Se preguntó entonces si ella estaría viéndoles desde alguna parte y si sería feliz sabiendo que la había rescatado de las garras de Ibuki, su padre. Le había costado una eternidad encontrar a la joven entre las calles y los prostíbulos, pero Tsukuyomi seguía de su lado y le había bendecido al cabo de unos meses de búsqueda. El resto, pensó, mientras abrazaba a la joven, había sido mucho más sencillo: le había ofrecido una vida lejos de su padre y sus malos hábitos, una vida de familia que jamás pensó en tener y un lugar donde crecer sin temor a no llegar a los veinte. Y a ella, que conocía su historia gracias a los susurros de su madre en sueños, le faltó tiempo para aceptar y abandonar la ruinosa vida que conocía.
De eso, pensó, ya hacía casi un año.
—¿Dónde está? —preguntó Tomohisa, finalmente, cuando el tiempo del reencuentro se agotó y ellos se separaron.
—Te está esperando —contestó—. Ha ido a dar un paseo por la orilla del lago. Con ella —añadió y sonrió mientras regresaba al interior de la casa—. Pero antes de irte aséate, no querrás que te vean así... ni que te huelan.
—Kyomi, muchacha... llevo un mes sin verle. No soportaría diez minutos más.
—Oh, sí, sí que podrás. Mi tío no es uno cualquiera. Además, ¿es sangre eso que veo? ¡Desnúdate ahora mismo!
Resignado, el samurái se echó a reír y se dejó guiar de vuelta al hogar. Allí bebió té dulce, se bañó y permitió que su sobrina le cosiera las heridas. Después se vistió con ropas de campesino, tomó aire profundamente y echó a andar en dirección al sendero que bordeaba el lago.
El viento sacudía las copas de los melocotoneros y llenaba de pequeñas flores rosas cada paso que daba. Su corazón, estremecido por latidos que ni la muerte había conseguido detener, vibraba al son de una voz que no escuchaba aún, pero que llevaba tan dentro de sí mismo que era incapaz de olvidarla. Una voz que jamás lo había abandonado y que ahora susurraba hermosas historias al oído de una mujer ciega y deforme que disfrutaba de la última caricia del verano.
El sonido de sus pasos interrumpió la voz de Akira, que levantó la cabeza y sonrió al ver al Tomohisa. Sus miradas se encontraron, sus latidos se acompasaron como si fueran uno solo y la paz regresó a sus almas, como si nunca se hubiera marchado.
—Honorable abuela, Tomohisa ha llegado. Ha vuelto a casa por fin.
La mujer no contestó. Su lengua hacía tiempo que no respondía. La magia que había empleado en el Yomi se había llevado mucho de sí, incluida el habla, pero había dejado un remanente de tiempo que ella pensaba agotar allí, en aquel rincón oculto del mundo.
Y mientras el hombre llegaba a su lado y cogía su mano con ternura, Etsuko sonrió y se dejó arrullar por el viento lleno de flores de melocotón, por la voz de su nieto junto a su oído, por la piel cálida de Tomohisa en su mano... y por la felicidad que estremecía su viejo corazón.
Porque por fin, después de tanta desidia y odio, después de tanto dolor, su familia se había reunido de nuevo.
Y ya nada, nunca, los separaría.
FIN.
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Solo una noche más
RomanceJapón, periodo Sengoku. Tras el levantamiento y la traición de los samuráis de la familia Konoe, nada tiene sentido para Tomohisa. Su vida, ligada íntimamente al damyo de la familia, Konoe Akira, no merece la pena si él ya no está. Aunque hay maner...
