XXVI

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XXVI

Tomohisa fue excluido de la reunión. Izanami no permitió que les acompañara de vuelta a sus aposentos privados y, en cambio, ordenó a dos tengus —yokais, demonios del Yomi, cuyo cuerpo estaba a caballo entre un pájaro y un ser humano— que lo escoltaran hasta la poza.

Aquel lugar, alejado de la sala en la que había dejado a Akira por varios pasillos retorcidos e infinitamente largos, era un recodo de limpieza y luz en mitad de la negrura del infierno. El agua que llenaba la laguna era un brillante y titilante azul, que iluminaba con sus destellos las inmensas paredes cubiertas por miles de grabados.

Se detuvo a contemplarlos en el mismo momento en el que los tengu le dejaron solo, encerrado bajo llave en aquel lugar alejado de todos. Descubrió, al poco, que entre los rostros tatuados en la piedra había unos rasgos que le resultaban inconfundibles: los del dios Izanagi. En su ruta por los grabados se podía adivinar cada paso que había dado en su huida de regreso al cielo.

Fue en ese momento cuando se dio cuenta de que lo que estaba haciendo, de lo que realmente estaba viviendo. ¿Qué hacía él en un lugar tan sagrado como la cuna de Amateratsu y Tsukuyomi? Él, que solo era un mortal enloquecido por amor...

El guerrero se estremeció cuando escuchó el tintineo suave y delicado de las ondas de agua. Su sonido le caló hasta el corazón que, pese a todo, seguía latiendo con una fuerza sobrehumana.

¿Por qué le habían llevado allí? ¿Era esa su manera de decirle que jamás regresaría al mundo mortal? ¿De alejarle otra vez de Akira?

Sacudió la cabeza para disipar la negrura de esos pensamientos y se obligó a contemplar más de cerca los grabados que adornaban aquella sala, pese a que su mente le susurraba con crueldad palabras de desánimo. Mas, ¿qué podía hacer si no esperar? Le había dado su palabra a Akira, le había jurado vehementemente que esperaría allí pasara lo que pasara.

Aunque quizá la espera fuera una eternidad de preguntas sin respuestas y de incertidumbre esperanzada...

Finalmente, tras unos segundos en los que su mente no le dejó en paz, Tomohisa reunió la paz que necesitaba para disfrutar de aquella minúscula isla de belleza que parecía brillar en un lugar tan sombrío como era el Yomi. Sus ojos acariciaron con devoción los rasgos de Izanagi y se enamoraron de cada arista y de cada ángulo que narraba una de las leyendas más contadas en todo Japón: el origen del sol y de la luna.

Si bien era cierto que los religiosos del templo de los Konoe se habían esforzado mucho en inculcarle la belleza de aquella historia, jamás la había sentido tanto como en aquellos momentos: sentía en su piel erizada el dolor que sintió Izanagi ante la muerte de Izanami, al igual que la desesperación que sintió cuando entró en la tierra más oscura de la existencia. Y, a medida que avanzaba, con los dedos prendados de la piedra esculpida, recreó segundo a segundo el miedo del dios, la desazón al descubrir que su mujer se había convertido en pasto de las maldiciones del Yomi... y el terror que le dominó cuando esta, rota la promesa que él le había hecho, juró vengarse de extinguiendo la vida que Izanagi había creado.

Para cuando quiso darse cuenta de lo que ocurría, Tomohisa se encontró inmerso hasta la cintura en la laguna. Allí, justo en el centro, encontró un pedestal de piedra blanca, en cuyo centro brillaba un grabado infinitamente más delicado que los demás: en él se veía a Izanagi llorar lágrimas de tristeza y pesar. Mas... aquel gesto de desesperación se convertía, a lo largo del pedestal, en un nacimiento puro y maravilloso, que había convertido al mundo mortal en la cuna que era: pues, de aquellas lágrimas desesperadas, habían nacido los dioses que ahora iluminaban sus pasos y a cuya guarda se encomendaba cada vez que rezaba.

Solo una noche másDonde viven las historias. Descúbrelo ahora