XII
Pasaron tres largos días hasta que Tomohisa se recuperó de su experiencia en el Yomi. Las heridas que había sufrido allí, aunque no eran físicas y no se trataban con ungüentos, le laceraban de tal manera que apenas tenía fuerzas para levantarse.
Cho se marchó antes de que fuera capaz de ello. Había intentando quedarse a toda costa, pero ni siquiera Etsuko y su conocimiento acerca de los viejos rituales pudo impedir que el Yomi la reclamara. Así que fue ella quien ayudó al antiguo samurái durante su periplo por recuperar esa parte de cordura que había perdido al atravesar el reino de los muertos.
Mas, cuando la serenidad regresó y su mente pareció clarificarse, no tardó en rechazar cualquier debilidad que aún perdurara en su cuerpo, para así levantarse una vez más con la firmeza de antaño. A fin de cuentas... aún quedaba un corazón que arrancar.
—No te será difícil encontrar a Hanako. Sigue viviendo en nuestra antigua casa, donde ahora es dueña y señora. Pese a lo sucedido, aún mantiene el apellido familiar.
Un gruñido brotó de labios de Tomohisa, que bebió largamente del brebaje que le tendía la anciana, mientras su mirada paseaba por los coloridos frascos que esta reservaba para su viaje al Yomi.
Se estremeció de pavor ante la idea de volver a caminar entre sus sombras, pero la necesidad que tenía de sacar a Akira de allí era mucho más perentoria, inmensamente mayor que cualquiera de sus propios miedos. Por eso, en cuanto fue capaz de pensar con claridad, se despidió de Etsuko y guió sus pasos en dirección a la apacible ciudad donde había vivido los mejores años de su existencia.
El camino, a pesar de ser largo, pareció un puñado de segundos repletos de luces y sombras, de amaneceres y oscuridad tachonada de estrellas. El Yomi, en parte, tuvo mucho que ver en aquella irreal sensación, pues a pesar de todo su susurro seguía rondando a Tomohisa.
El recuerdo de Hanako y Akira era un lastre que arrastraba desde hacía tiempo, a pesar de que entendía los motivos por los cuales el samurái se había acostado con ella. Los entendía, sí... pero eso no le eximía de un dolor perpetuo en el corazón, que parecía pulsar con cada latido.
Recordaba aquel momento con total claridad, como si solo hubieran pasado unas horas y no varios meses. Él acababa de regresar de una misión que lo había alejado de la familia Konoe durante las dos semanas más largas y lluviosas que Tomohisa recordaba. El grupo que lideraba lo seguía jubiloso, pues la empresa en la que se habían embarcado había resultado ser una magnífica oportunidad para fomentar el crecimiento del clan: entre los tesoros que habían recuperado de las ruinas del castillo de los Shimada habían hallado lo que parecía un huevo de dragón azul, una criatura muy admirada y honrada en aquella zona de la isla. La euforia que sentían ellos resultaba embriagadora, pero no se parecía ni remotamente a la que sentía Tomohisa al saber que se reencontraría con Akira.
Ni siquiera le importaba el honor que iba a recibir, ni los halagos de sus familiares. Desde hacía tiempo, lo único a lo que le encontraba sentido era a lo que el uno sentía por el otro.
Mas, cuando alcanzó la puerta de los aposentos de Akira y escuchó los suaves susurros del sexo en su interior, toda su alegría se esfumó, como si jamás hubiera existido. Aquella imagen le perseguía desde entonces, pues había sido el principio del fin. Y había sido culpa suya.
Tomohisa suspiró y se detuvo al principio del camino que subía hacia la casa de los Konoe. Su mirada reparó en las vigas nuevas y en las paredes derruidas que iban a ser reconstruidas en breve: desde donde estaba podía ver el campamento de constructores, presumiblemente contratados por Hanako, que a esas horas descansaban bajo el frío nocturno.
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Solo una noche más
RomanceJapón, periodo Sengoku. Tras el levantamiento y la traición de los samuráis de la familia Konoe, nada tiene sentido para Tomohisa. Su vida, ligada íntimamente al damyo de la familia, Konoe Akira, no merece la pena si él ya no está. Aunque hay maner...
